domingo, 3 de octubre de 2010

Thayer, W., Naufragio sin espectador

Thayer, W., El fragmento repetido. Escritos en estado de excepción. Santiago: Ediciones Metales Pesados, 2006, pp. 327-340.


Naufragio sin espectador
Apatía neoliberal, ataraxía escéptica,
crispación mesiánica[1]




“El barco parecía suspendido por magia sobre la superficie interior del remolino (skeeptos) de amplia circunferencia (...) En las fauces de la sima me sentí más sosegado que cuando no hacía más que acercarme al abismo. Habiendo desechado toda intención y esperanza de salvarme (...) me sentí liberado y experimenté el deseo de explorar (...) Una curiosidad innatural había sustituido mis terrores primitivos (...) y aumentaba a medida que me aproximaba más y más a mi espantoso destino (...) Abrí los ojos por primera vez ante las maravillas que tejían las murallas del embudo (...) Contemplé entonces constelaciones de  cosas que flotaban en nuestra compañía (...) Miré a mi alrededor la vasta tolvanera de ébano líquido que nos arrastraba, y noté que nuestro barco no era el único objeto abrazado en el espiral. Por encima y por debajo de nosotros veíanse restos de innúmeros navíos, gruesos maderos de construcción, troncos de árboles, juntamente con muchos otros objetos más pequeños, barriles, duelas y minucuas infinitas”.[2] 

“El hombre corriente, en un día corriente, vuelve al trabajo aturdido, como si de la mañana hasta la noche y la noche entera hubiera metido la cabeza en una burbuja donde las válvulas de escape de mil buques lanzaran su vapor, todas a la vez, neutralizándose las unas y las otras, sin que ninguna deje huella especial y se incorpore a una experiencia. Esta imposibilidad de traducirse las excitaciones en experiencia es lo que vuelve insoportable y a la vez llevadera la vida cotidiana. Entonces, al actuar, la gente lo hace anestesiada, respondiendo sin pausa a la lluvia incesante de estímulos desde una sensibilidad quemada”.[3]

“Su accionar parece, más que nunca, condicionado por instintos de masa ajenos al animal. Allí donde el oscuro instinto animal encontraba una salida ante el peligro inminente, esta sociedad en la que cada cual tiene en mente su ciega subsistencia, se acomoda insensiblemente a cualquier peligro con torpeza animal, pero sin ese saber torpe de los animales”.[4]


1. Entre los nombres que tientan designar la (in)mediatez que nos envuelve, neoliberalismo suele ser el más frecuente. Si en el rayado urbano el nombre neoliberalismo aún designa una ideología, en este escrito nombra la verdad de cualquiera. El neoliberalismo sería la verdad no ideológica de las ideologías. También la verdad no ideológica de la ideología neoliberal.
2. Esto no quiere decir que la ideología neoliberal, o cualquiera, sea mentira. Sólo indica que la ideología, su apertura, sean cuales sean sus líneas de intencionalidad, constituye un horizonte que tiende a la weltanschaung total, lo que Hannah Arendt llamó la “dominación total”, o lo que C. Schmitt, autorizándose a la vez en el discurso propiamente fascista de Mussolini y de Gentile, y en el concepto jüngeriano de “movilización total” llamó el Estado Total como Estado-Sujeto de la nación, de la humanidad, de la clase, de la raza o del partido, queriéndose como sujeto absoluto, soporte y fin de la representación, la certidumbre y la voluntad[5].
3.- Verdad no ideológica de la ideología designa, en cambio, una “apertura”, sin horizonte, sin encuadre, sin mediación general, plegada al mosaico de la facticidad. Remite a una “apertura” a la que ninguna ideología puede acceder desde su intencionalidad; que sólo puede insinuarse en la interrupción de la intencionalidad ideológica.
4. Verdad no ideológica de la ideología designa para “nosotros” la transición, llevada a cabo por las dictaduras conosureñas, hacia el final de la Guerra Fría, cuyo horizonte se expone como el de una facticidad sin contención (katekhon).  En su libro Teoría del partisano (1962), C. Schmitt sugería ya el debilitamiento extremo de los principios de contención de los conatos imperialistas planetarios en curso, luego del final de la segunda guerra  mundial: “Las cuatro Convenciones de Ginebra del 12 de agosto de 1949 son labor de una conciencia humana, y un desarrollo humanitario que merece nuestra admiración. Otorgando al enemigo unal enemigo una porción de humanidad y también de legitimidad en el sentido de reconocimiento, permanecen fundadas en la tradición del derecho internacional clásico, sin el que tal humanitarismo habría sido improbable. Su base estodavía la fundación estatista de la guerra, orientada hacia su contenimiento, con claras distinciones entre guerra y paz, y entre guerra civil y guerra entre estados, entre enemigo y criminal, entre militar y civil (...) Al suavizar estas distinciones e incluso al cuestionarlas, abren la puerta para un tipo de guerra que destruiría intencionalmente tan claras divisiones. En ese punto muchas reglas de compromiso cuidadosamente formuladas empiezan a aparecer como puentes frágiles sobre un abismo que oculta metamorfosis portentosas en los conceptos de guerra, paz y el partisano”[6]. Actualmente  las barreras de contención  parecen crisparse en y formar parte del choque de fuerzas, desapareciendo estas en la indiferenciación entre excepción y regla, lícito e ilícito, hecho y derecho, performatividad e imaginación
5. Con la noción verdad, entonces, no remitimos a un más allá (metá) ni a un sustrato (hypokeimenon) por detrás (adela) de las ideologías. Tampoco a una mediación general que, acogiendo ilimitadamente la facticidad jalonada de lo ideológico, lo contuviera (katekhon), así como Thales de Mileto creía contener la catarata incesante de los fenómenos en una misma y tranquila cosa articulada en su sentencia: todo es agua, todas las cosas son una sola cosa.
6. El neoliberalismo como verdad no ideológica de las ideologías, no trasciende un ápice las ideologías. Sin regirse por ninguna en particular, se despliega en las turbaciones y agitaciones (taraxías) constantes de lo ideológico, en el mismo sentido en que el cuerpo de Frankestein, no siendo anterior a los trozos que lo componen, se activa multiplicándose en ellos en un parasitismo reversible entre cuerpo y trozo. El neoliberalismo como verdad no ideológica de la ideología no preside, no precede, ni sucede a los archivos que lo pueblan. Comparece, en cada caso, en la intriga, el cruce, la interrupción  de ellos, excediendo sus dialécticas particulares. Su horizonte de fenómenos diversos y dispersos en tipo y tecnología es informe y discontinuo; propenso al aflojamiento, a dejarse afectar a infectar. Lo caracteriza un eclecticismo del límite, aunque en cada caso su imaginación sin regla disponga bandálicamente (con ímpetu de bando) exigencias excepcionales, y se module cada vez, in situ (nun), según inmunizaciones y protocolos estrictos; ninguno de los cuales se eleva como ley general o principio permanente que regule las constelaciones contradictorias de sus pliegues. Su performance, premiando, castigando, conminando a elegir, suspendiendo en la inminencia, o todo eso a la vez —como en La lotería en Babilonia—, entona el estribillo escéptico nada es más (ou mallon),  ninguna cosa es más que otra —incluido el estribillo.
Visto desde la luna, “sus agitaciones innumeras hacen pensar en un enjambre de moscas o moscardones que se atormentan entre sí, luchan, se roban, juegan, brincan, caen y mueren”, como escribía Erasmo[7]. Desde las superficies planas de la contingencia diaria (en donde se ubica también la fotografía satelital de la tierra) lejos de cualquier paranza de espectador, nada resulta indiferente, y milímetro a milímetro todo gesto recupera una singularidad profana.
7. Tiempo atrás F. Fukuyama afirmaba que al actual orden mundial le era esencial la democracia. Tal esencialidad exigía el fin de las tiranías y de las narraciones de sentido como principios de regulación de la facticidad. Nada es esencial a la facticidad neoliberal. “Funciona” con cualquier cosa, como sugería Guattari, con soberanías y capillas de diverso signo, con dietas dialécticas o escépticas, con guerras civiles religiosas planetarias (Nancy), con dictaduras de diverso signo, con el avance de la democracias liberales, con democracias policiales; con disolución del Estado en medio de la proliferación de estados de excepción que son índices del fortalecimiento del Estado (Agamben); con la invaginación entre producción y guerras de expropiación de los lugares donde están las fuentes nutricias que sustentan la producción; con guerras sin muertos, y muertos sin guerra; con campos de concentración, zonas de detención como Guantánamo, con cárceles como la de Abu Ghraib y “las cárceles secretas de la CIA en territorios fuera de la jurisdicción de Estados Unidos que lesionan la validez práctica de las Convenciones de Ginebra de 1949”[8]; con empresas carcelarias de alta rentabilidad como en Corea y México; gethos poblacionales, condominios rutilantes, guardianes y ejércitos privados, transnacionales; con y sin derecho nacional; con y sin derecho internacional, como proliferación fáctica de la norma; como anarquía de la norma en el mercado de la norma, sin norma general del mercado, a cualquier escala y en cada caso.
8. La multiplicación del Estado social de Derecho, el avance de la democracia liberal, el prestigio del discurso sobre los derechos humanos, el crecimiento de la riqueza mundial por obra y gracia de la globalización económica, no hacen más que confirmar la tesis VIII de W. Benjamin[9]: es la tradición de los oprimidos, de los desaparecidos, de los expropiados y conducidos a condiciones biológicas de vida, la que nos muestra que los sistemas jurídicos en que habitamos constituyen el estado de excepción permanente, la anarquía de la voluntad de poder desencadenada. Interroga, por otra parte, la relación entre el “verdadero estado de excepción”[10] y el neoliberalismo.
9. La facticidad neoliberal desplegándose a través del choque de las cámaras oscuras de las ideologías en que ella misma se exalta, enerva la cotidianeidad del fragmento, ofreciendo, a la vez, variados tipos de katarsis a las que cada pequeño y mediano empresario (pyme[11]), según el estado de su economía, recurre para sacar la cabeza de la inmediatez fenoménica, conduciéndose más allá (meta) de las turbulencias, a sosiegos trascendentales o quietudes ataraxicas[12], las que cumplen una función análoga a la de las pragmáticas ideológicas, las performances de las iglesias, a través de las cuales la facticidad neoliberal se despliega.
10. La potencia mostrativa del neoliberalismo no tiene canon, carece de “mundo”. Se genera, en cada caso, en el choque y montaje de varios. Y si un “mundo” es siempre una diversidad “com­posi­ble” de cualidades —“composibilidad” que se­gre­ga cualquier conato existencial de otro mundo o serie que amenace sustituirlo— el neoliberalismo constituye órdenes, habitáculos  provisorios sin mundo.
11. En este sentido no sabemos qué es el neoliberalismo. Carecemos de ideología para saberlo. Las ideologías y juicios con que intentamos subsumir su fenomenalidad en un saber general, constituyen otros tantos fenómenos a través de los cuales se traza su verdad no ideológica y sin juicio. A la performance de su verdad se suman las ideologías y sentencias indiferentes (adiaphora), inciertas (astathmeta) e indiscernibles (anepikrita), neutrales (arrepsia) y vacilantes en su referencialidad. Nada afirman (aphasia) cuando afirman o niegan; nada determinan (ouden orizo). Lo que decimos o escribimos, la lírica interrogativa del ¿cuál es su naturaleza? ¿En qué disposición estamos nosotros respecto de ello? ¿qué podemos esperar que se siga de aquellas disposiciones?, se suma al canto de sirenas del intercambio mundial que, rotando sideralmente con la superficie del planeta, desprende en fuga y dispersa en el vacío ese vapor calórico que llamamos pathos[13], y que los astrofísicos nominan basura cósmica, milagro, o ambas cosas a la vez.
12. A diferencia de la especulación (skepsis[14]) aurática del escéptico (skeptikos), que vigilante, especulativo y encuestador, coteja la variedad vacilante del torbellino (skeeptos) contradictorio de los fenómenos sensibles (aistheta), del ánimo (pathos) y del pensamiento (noesis) en los que se halla inmerso; fenómenos que en la simultaneidad del escudriño, se vuelven equivalentes (isostheneia), se neutralizan (arrepsia) alcanzando, primero, la perplejidad (epokhe) del juicio, y luego (meta), la imperturbabilidad (ataraxia) del ánimo, que le sigue como su sombra; la escepsis neoliberal especula, encuesta, vigila y hace vacilar de facto, con indiferencia ciega, de cualquier modo posible, según el momento (nun), sin contemplaciones, los cuerpos, las almas y las pragmáticas de las cosas, humanos incluidos, como una imaginación concreta cuyas fantasmagorías fácticas se interrumpen en posiciones contrastadas, haciendo que lo que aquí y ahora resulta excremencial, allá ahora, sea un banquete de corte.
13. Pero a diferencia del escepticismo, la especulación (skepsis) neoliberal pareciera no posibilitar pausa alguna del arbitrio y del pathos. La potencia efectiva de usar o poner a trabajar de indefinidos modos posibles, de combinar, ensamblar, invaginar, modular, sedimentaciones cotidianas, regímenes tecnológicos, series de composi­blidad y de incomposibilidad, eclosionándolas en una “transcom­posibilidad”; a la borrasca efectiva de sus materias quemadas  por infinitos flechazos, no le sobreviene el afortunado azar de la ataraxía ni de la filantropía[15]. Mientras el neoliberalismo apáticamente tortura la cotidianeidad del fragmento, sus micross o medianos empresarios, por más tranquilizantes que consuman, no configuran ataraxía alguna. Más parecen apañarse como lo enunciara Pascal: “la apatía está llena de inquietud (taraxia)”. El afortunado salto más allá (meta) de las confrontaciones, no ocurre. No ocurre la milagrosa calma atonal (metriopatheia) en que se sustenta el autodominio en la tempestad (skeeptos) cambiaria de los fenómenos. No hay la salvadora ebriedad flotante donde nada es grave en medio de la gravedad, y se respira irónico, lejos (meta) de las intenciones, en el amén escéptico, a recaudo de las pasiones ciegas.
14. En el enunciado el neoliberalismo es la muerte de las ideologías, o la verdad no ideológica de las ideologías, resuena este otro de W. Benjamin: la verdad es la muerte de la intención. La reivindicación de los fueros de la verdad contra la intencionalidad no alude, en Benjamin, a la simple negación de la intencionalidad ni a la apertura de un ámbito más allá (meta) o detrás (adela) de las intenciones, liberado de ellas. La verdad, como muerte de la intención, no las trasciende (meta) un ápice y se expone en las gradaciones diversas y dispersas de sus cruzamientos.
Las constelaciones de sentido e intencionalidad, en su choque, constituyen la verdad, no como un ámbito tranquilo que supere y tranquilice sus particulares agitaciones. La verdad se sustrae a la intencionalidad y al juicio disponiéndose lejos de sus corrientes, pero en el cruce de varias”.  “Benjamin, dice Adorno, se mantuvo firme en el principio de que interpretar fenómenos de modo materialista significaba mostrarlos disponiéndolos en su singularidad, contrastándolos entre sí, sustrayendo al material fáctico de toda consideración o juicio general”[16].
El ensayo sobre “Nápoles” se abre con el siguiente montaje: “un clérigo era conducido en un carro a través de las calles acusado de indecencias morales. En medio de maldiciones lo seguía una multitud vociferante. Al llegar a una esquina apareció un cortejo nupcial. El clérigo se levanta de inmediato, hace el signo de la bendición, y la turba malediciente cae de rodillas”[17].
Exposiciones como estas, sin moraleja, sin pié de página que intencione el ensamble de elementos en un sentido privilegiado, perturbaba a Adorno: “la omisión de la teoría influye sobre lo empírico (...) pues priva a los fenómenos (...) de su verdadero peso histórico (...) Su método micrológico nunca asimila la idea de la mediación universal”[18].
15. Que el dolor no tenga intención, que carezca de sentido o mediación general, es lo insoportable del dolor, escribía Nietzsche[19]. “Hay que hacer la opresión real todavía más opresiva, la infamia doblemente infamante, al quitarle las ilusiones de un sentido general, añadiendole al dolor la conciencia de su banalidad, obligándole a danzar con su propia melodía”, escribía Marx[20]. “Es difícil imaginar algo que se oponga más encarnizadamente a la totalidad orgánica, a la mediación o intención general, que ese fragmento amorfo y estricto en que consiste la imagen gráfica alegórica, la imagen dialéctica, habitadas ambas por un principio destructor de la totalidad y la unidad, que da siempre testimonio de lo inconcluso como inquietud petrificada[21]. Se trataba para Benjamin de exponer minuciosamente, como en una instalación, el material histórico, tecnologías, fibras de diversa procedencia, citas de libros, postales, afiches, diseños arquitectónicos, modas, avisos, plumeros, peinetas, fotografías viejas, replicas escultóricas, botones y cuellos de camisas, mercancías descartadas o de una demanda inminente, metonimias de mundos de vida lejanos que en su choque con tecnologías inmediatas, hacen catástrofe, producen memorias y pensamientos más rápidos que intención. Leyendo Calle de dirección única, E. Bloch comenta: “he aquí una inauguración comercial de filosofía con los más recientes modelos primaverales de la metafísica en los aparadores”[22].
16. La co-implicación de citas y fenómenos montados simultáneamente, cortados los unos con los otros, pero sobre todo la co-implicación del límite en ellos, co-implicación que Benjamin expuso en La obra de los pasajes, no es una mera enumeración del material fáctico como sanciona Adorno. El ensamble de imágenes montadas con rigurosa intencionalidad y representacionalidad, con juicio y representación, sin dejar nada al azar, hace lugar a una dialéctica sin juicio y sin representación. La imagen dialéctica, puramente destructiva, “no tiene nada que decir” (aphasia), ni evangelizar; ninguna intención o sentido que defender, nada que hurtar, apropiar ni inventariar, nada que alcanzar. Sólo “hacer justicia a las imágenes del único modo posible, usándolas”[23], es decir, crispándolas, estremeciéndolas. No para que digan una verdad o indiquen hacia ella, sino para que sean la verdad, para que expresen su riguroso mosaico desreglado y sin intención. Esa mostración constelada de la intención en catástrofe, era la carga política del montaje, del ready-made benjaminiano, que ponía fuera de sí la temporalidad homogénea.
17. Muerte de las ideologías, verdad como muerte de la intención, insistimos en ello, no alude a la apertura de un ámbito más allá (meta) de las ideologías, por detrás (adela) de las intenciones. La imagen dialéctica, el choque de intenciones, no salta fuera de la turbulencia de su montaje hacia un más allá imperturbable, como la ataraxia escéptica o la apatheia estoica. No hay zona de calma meta (más allá) en la imagen dialéctica sino crispación extrema de la intencionalidad de sus elementos cuyo choque es el destello de “la lengua pura”, la verdad, como “muerte de la intención”, “remolino (skeeptos) en el devenir”. Esa turbulencia se disponía como política contra la dialéctica de la imagen,  la tempestad hegeliana del progreso que hacía desaparecer la pila de ruinas, el vasallaje anónimo, los documentos de barbarie, subsumiéndolos en la quietud del documento de cultura,[24] el saber absoluto; y contra el aura aristocrática, pre-industrial de la ataraxia escéptica.
La cuestión, ahora, es que la tempestad (skeeptos) neoliberal no sólo no es dialéctica ni homogeneizante. La dialéctica de la imagen así como la imagen dialéctica, parecen convertirse en uno de los múltiples resortes de la especulación (skepsis) neoliberal. Ha incorporado las ataraxias y los crispamientos a sus remolinos de-compositivos, dificultando una vez más lo que Duchamp designaba como respiración.
18. Tal vez cuando indicamos que nada respira, en esa indicación algo respira. Como si el pensamiento contemporáneo —en cada caso— tuviera su chance de oxígeno en esa indicación; como si pensara sólo cuando pensara en su imposibilidad; tal como el arte sólo tiene lugar “subrayando en cada caso, su propia muerte[25].



[1] Texto leído en las Terceras jornadas de filosofía política: filantropía, misantropía, apatía, de la Universidad de Córdoba, Argentina, junio de 2006.
[2] Poe, A. E., “Un descenso en el Maelstrom”, en Narraciones completas, España, Aguilar, 1970.
[3] Buck-Morss, S., Walter Benjamin, escritor revolucionario, Buenos Aires, Interzona,  2005.
[4] Benjamin, W., Dirección Única, Buenos Aires, Alfaguara, 2002.
[5] Cf. Lacue-Labarthe, Ph. y Nancy, J. L., El Mito Nazi, España, Antrophos, 2002.
[6] C. Schmitt, “Theory of the partisan: Intermediate comentary on the concept of the political”, publicado en The New Centennial Review, www.msupress.msu.edu/journals/cr/schmitt.pdf. Citado por Moreiras, A., Línea de sombra. El no sujeto de lo político, Santiago de Chile, Palinodia, 2006.
[7] Cf. Foucault, M., Historia de la locura en la época clásica, México, F.C.E., 1986.
[8] Moreiras, A., Ibid., 2006.
[9] Benjamin, W., “Sobre el concepto de historia”, fragmento VIII, en Dialéctica en Suspenso. Traducción y edición de Pablo Oyarzún, Santiago de Chile, ARCIS-LOM, 1995.
[10] Benjamin, W., Ibid., 1995.
[11] Literalmente Pequeña y Mediana Empresa.
[12] La terapia del juicio que la escepsis escéptica lleva a cabo, purga al fenómeno sensible de las pasiones, los pensamientos y las valoraciones o juicios que le impiden aparecer en su lúcida inmediatez, por tiránica que esta sea (como en el caso de una enfermedad de mala muerte). La katarsis escéptica logra el buen sentido del fenómeno, purgándolo de los manierismos sobreinterpretativos. Pero la “naturaleza” de esa inmediatez, es histórica, dice relación a un modo de ser, un modo de producción de la inmediatez del fenómeno. Tal inmediatez, históricamente mediada, variará no sólo de una polis o de una época a otra, sino según el barrio o el salario, el pre-juicio o la pre-comprensión que el salario impone a la escepsis escéptica (y también a la escepsis dialéctica). Hay un escepticismo —y una dialéctica— de ricos y un escepticismo —y una dialéctica— de pobres. El estado de excepción como regla en que vivimos varia la posición existencial según el salario.
[13] Pathema: experiencia, estado de alma, pasión, sensación, sufrimiento, tristeza, suerte, ánimo, suceso, desastre, enfermedad, muerte, disposición moral, piedad, odio, indiferencia
[14] Skepsis: Especulación, consideración, indagación, vigilancia, encuesta, contrastación, comparación, maquinación, intriga, espionaje, examen.
[15] Este sería la primera aproximación entre neoliberalismo y escepticismo. De la lectura de Pirrón, de Sexto Empírico y de Montaigne y Hume, ahora. Ahora en que no parece posible que a las antítesis fenoménicas (phainomena); a las consideraciones teóricas (nooúmena); a la efectividad aporética de la equivalencialidad (isostheneia) en que se presentan purgando (katarsis) los argumentos entre sí; a la suspensión del juicio (epokhe); a  la estabilidad de la mente (stasis dianoía) que no da asentimiento (synkatathesis) alguno a las cosas no manifiestas (adela);  al nada es más (ou mallon); a la ausencia de todo criterio por sobre los fenómenos; etc., sobrevenga ese más allá (meta) de la imperturbabilidad y tranquilidad del alma (psikhes aoklesia galenotes).
[16] Citado por Agamben, G., Medios sin fin, Valencia, Pre-Textos, 2000.
[17] Benjamin, W., “Napoles”, en Cuadros de un pensamiento, Buenos Aires, Imago Mundi, 1992.
[18] Citado por Agamben G., Infancia e historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2001.
[19] Nietzsche, F., “Introducción Teorética Sobre la Verdad y la Mentira en Sentido Extramoral”, en El libro del filósofo, Salamanca, Taurus, 1974.
[20] Marx, K., En torno a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel,  México, Grijalbo, 1967.
[21] Benjamin, W., El origen del drama barroco alemán, Madrid, Taurus, 1990.
[22] Citado de Susan Buck-Morss, Ibíd., 2005.
[23] “No tengo nada que decir. Sólo mostrar. No voy a hurtar nada valioso ni me apropiaré de formulaciones ingeniosas. Pero los andrajos, los desechos: esos no los voy a inventariar, sino a hacerles justicia del único modo posible: usándolos”. Benjamin, W., Ibíd., 1995. 
[24] Cf., Benjamin, W., Ibíd., 1995.
[25] Escobar, T., El arte fuera de sí, Asunción, Museo del Barro, 2004.

No hay comentarios: