martes, 5 de agosto de 2008

Foucault-Deleuze, Los intelectuales y el poder


LOS INTELECTUALES Y EL PODER.
Entrevista a Michel Foucault por Gilles Deleuze. "Microfísica del Poder". M. Foucault.Edit. La Epiqueta. Madrid. (pp. 77 – 86.)

Michel Foucault: Un mao me decía: «entiendo bien por qué Sartre está con nosotros, por qué hace política y en qué sentido la hace: respecto a ti, en último término, comprendo un poco: tú has planteado siempre el problema del encierro. Pero Deleuze verdaderamente no lo entiendo». Esta cuestión me ha sorprendido enormemente porque a mí esto me parece muy claro.

Gilles Deleuze: Se debe posiblemente a que estamos viviendo de una nueva manera las relaciones teoría–práctica. La práctica se concebía tanto como una aplicación de la teoría, como una consecuencia, tanto al contrario como debiendo inspirar la teoría, como siendo ella misma creadora de una forma de teoría futura. De todos modos se concebían sus relaciones bajo la forma de un proceso de totalización, en un sentido o en el otro. Es posible que, para nosotros, la cuestión se plantee de otro modo. Las relaciones teoría–práctica son mucho más parciales y fragmentarias. Por una parte una teoría es siempre local, relativa a un campo pequeño, y puede tener su aplicación en otro dominio más o menos lejano. La relación de aplicación no es nunca de semejanza. Por otra parte, desde el momento en que la teoría se incrusta en su propio dominio se enfrenta con obstáculos, barreras, choques que hacen necesario que sea relevada por otro tipo de discurso (es este otro tipo el que hace pasar eventualmente a un dominio diferente). La práctica es un conjunto de conexiones de un punto teórico con otro, y la teoría un empalme de una práctica con otra. Ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie de muro, y se precisa la práctica para agujerearlo. Por ejemplo, usted; usted ha comenzado por analizar teóricamente un modo de encierro como el manicomio en el siglo XIX en la sociedad capitalista. Después desembocó en la necesidad de que personas precisamente encerradas se pusiesen a hablar por su cuenta, que operasen una conexión (o bien al contrario es usted quien estaba en conexión con ellos), y esas personas se encuentran en las prisiones, están en las prisiones. Cuando usted organizó el grupo de información sobre las prisiones fue sobre esta base: instaurar las condiciones en la que los prisioneros pudiesen ellos mismos hablar. Sería completamente falso decir, como parecía decir el mao, que usted pasaba a la práctica aplicando sus teorías. No había en su trabajo ni aplicación, ni proyecto de reforma, ni encuesta en el sentido tradicional. Había algo muy distinto: un sistema de conexión en un conjunto, en una multiplicidad de piezas y de pedazos a la vez teóricos y prácticos. Para nosotros el intelectual teórico ha dejado de ser un sujeto, una conciencia representante o representativa. Los que actúan y los que luchan han dejado de ser representados ya sea por un partido, ya sea por un sindicato que se arrogaría a su vez el derecho de ser su conciencia. ¿Quién habla y quién actúa? Es siempre una multiplicidad, incluso en la persona, quien habla o quien actúa. Somos todos grupúsculos. No existe ya la representación, no hay más que acción, acción de teoría, acción de práctica en relaciones de conexión o de redes.
M. F.: Me parece que la politización de un intelectual se hace tradicionalmente a partir de dos cosas: su posición de intelectual en la sociedad burguesa, en el sistema de la producción capitalista, en la ideología que ésta produce o impone (ser explotado, reducido a la miseria, rechazado, «maldito», acusado de subversión, de inmoralidad, etc.); su propio discurso en tanto que revelador de una cierta verdad, descubridor de relaciones políticas allí donde éstas no eran percibidas. Estas dos formas de politización no eran extrañas la una a la otra, pero tampoco coincidían forzosamente. Había el tipo del «maldito» y el tipo del "socialista". Estas dos politizaciones se confundirían fácilmente en ciertos momentos de reacción violenta por parte del poder, después del 48, después de la Comuna, después de 1940: el intelectual era rechazado, perseguido en el momento mismo en que las «cosas» aparecían en su «verdad», en el momento en que no era preciso decir que el rey estaba desnudo. El intelectual decía lo verdadero a quienes a aun no lo veían y en nombre de aquellos que no podían decirlo: conciencia y elocuencia.Ahora bien, lo que los intelectuales han descubierto después de la avalancha reciente que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos; y lo afirman extremadamente bien. Pero existe un sistema de poder que obstaculiza, que prohibe, que invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solamente en las instancias superiores de la censura, sino que se hunde más profundamente, más sutilmente en toda la malla de la sociedad. Ellos mismos, intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la «conciencia» y del discurso pertenece a este sistema. El papel del intelectual no es el de situarse «un poco en avance o un poco al margen» para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del «saber», de la «verdad», de la «conciencia» del «discurso».
Es en esto en lo que la teoría no expresa; no traduce, no aplica una práctica; es una práctica. Pero local y regional, como usted dice: no totalizadora. Lucha contra el poder, lucha para hacerlo aparecer y golpearlo allí donde es más invisible y más insidioso. Lucha no por una «toma de conciencia» (hace tiempo que la conciencia como saber a sido adquirida por las masas, y que la conciencia como sujeto ha sido tomada, ocupada por la burguesía), sino por la infiltración y la toma de poder, al lado, con todos aquellos que luchan por esto, y no retirado para darles luz. Una «teoría» es el sistema regional de esta lucha.
G.D.: Eso es, una teoría es exactamente como una caja de herramientas. Ninguna relación con el significante... Es preciso que sirva, que funcione. Y no para uno mismo. Si no hay personas para utilizarla, comenzando por el teórico mismo, que deja entonces de ser teórico, es que no vale nada, o que el momento no llegó aún. No se vuelve sobre una teoría, se hacen otras, hay otras a hacer. Es curioso que sea un autor que pasa por un puro intelectual, Poust quien lo haya dicho tan claramente: tratad mi libro como un par de lentes dirigidos hacia el exterior, y bien, si no os sirven tomad otros, encontrad vosotros mismos vuestro aparato que es necesariamente un aparato de combate. La teoría no se totaliza, se multiplica y multiplica. Es el poder quien por naturaleza opera totalizaciones, y usted, usted dice exactamente: la teoría por naturaleza esta contra el poder. Desde que una teoría se incrusta en tal o cual punto se enfrenta a la imposibilidad de tener la menor consecuencia práctica, sin que tenga lugar una explosión. incluso en otro punto. Por esto la noción de reforma es tan estúpida como hipócrita. O bien la reforma es realizada por personas que se pretenden representativas y que hacen profesión de hablar por los otros, en su nombre, y entonces es un remodelamiento del poder, una distribución del poder que va acompañada de una represión acentuada; o bien es una reforma, reclamada. exigida. por aquellos a quienes concierne y entonces deja de ser una reforma es una acción revolucionaria que, desde el fondo de su carácter parcial está determinada o a poner en entredicho la totalidad del poder y de su jerarquía. Es evidente en el caso de las prisiones: la más minúscula, la más modesta reivindicación de los prisioneros basta para desinflar la pseudo-reforma PIeven. Si los niños consiguen que se oigan sus protestas en una Maternal, o incluso simplemente sus preguntas, esto sería suficiente para producir una explosión en el conjunto del sistema de la enseñanza: verdaderamente, este sistema en el que vivimos no puede soporta nada: de ahí su fragilidad radical en cada punto, al mismo tiempo que su fuerza de represión global. A mi juicio usted ha sido el primero en enseñarnos algo fundamental, a la vez en sus libros y en un terreno práctico: la indignidad de hablar por los otros. Quiero decir: la representación provoca la risa, se decía que había terminado pero no se sacaba la consecuencia de esta reconversión «teórica» —a saber, que la teoría exigía que las personas concernidas hablasen al fin prácticamente por su cuenta.

M. F.: Y cuando los prisioneros se pusieron a hablar, tenían una teoría de la prisión, de la penalidad, de la justicia. Esta especie de discurso contra el poder, este contradiscurso mantenido por los prisioneros o por aquellos a quienes se llama delincuentes es en realidad lo importante, y no una teoría sobre la delincuencia. El problema de la prisión es un problema local y marginal puesto que no pasan más de 100.000 personas cada año por las prisiones; en total actualmente en Francia hay probablemente 300 ó 400.000 personas que pasaron por la prisión. Ahora bien, este problema marginal sacude a la gente. Me ha sorprendido ver que se pudiesen interesar por el problema de las prisiones tantas personas que no estaban en prisión; me ha sorprendido que tanta gente que no estaba predestinada a escuchar este discurso de los detenidos, lo haya finalmente escuchado. ¿Cómo explicarlo? ¿No será porque de un modo general el sistema penal es la forma. en la que el poder como poder, se muestra del modo más manifiesto? Meter a alguien en prisión encerrarlo, privarlo de comida, de calefacción, impedirle salir hacer el amor..., etc., ahí está la manifestación del poder más delirante que se puede imaginar. El otro día hablaba con una mujer que había estado en prisión y ella decía: «cuando se piensa que a mí, que tengo cuarenta años, se me ha castigado un día en prisión poniéndome a pan sólo». Lo que me llama la atención en esta historia es no solamente la puerilidad del ejercicio del poder, sino también el cinismo con el que se ejerce como poder, bajo la forma más arcaica, la más pueril, la más infantil. Reducir a alguien a pan y agua, eso se nos enseña de pequeños. La prisión es el único lugar en el que el poder puede manifestarse de forma desnuda, en sus dimensiones más excesivas, y justificarse como poder moral. «Tengo razón para castigar puesto que sabéis que es mezquino robar, matar...». Es esto lo que es fascinante en las prisiones, que por una vez el poder no se oculta, no se enmascara, se muestra como tiranía llevada hasta los más ínfimos detalles, poder cínico y al mismo tiempo puro, enteramente «justificado» ya que puede formularse enteramente en el interior de una moral que enmarca su ejercicio: su tiranía salvaje aparece entonces como dominación serena del Bien sobre el Mal, del orden sobre el desorden.

G. D.: Al mismo tiempo lo inverso es igualmente verdad. No son solamente los prisioneros los que son tratados como niños, sino los niños como prisioneros. Los niños sufren una infantilización que no es la suya. En este sentido es cierto que las escuelas son un poco prisiones, las fábricas son mucho más prisiones. Basta con ver la entrada en Renault. O en otros sitios: tres bonos para hacer pipi en el día. Usted ha encontrado un texto de Jeremias Bentham en el siglo XVIII que precisamente propone una reforma de las prisiones: en nombre de esta alta reforma, establece un sistema circular que hace a la vez que la prisión renovada sirva de modelo, y que se pase insensiblemente de la escuela a la manufactura, de la manufactura a la prisión e inversamente. Es esto la esencia del reformismo, de la representación reformada. Al contrario, cuando las gentes a otra semejante invertida, no oponen una representatividad a la falsa representatividad del poder. Por ejemplo, recuerdo que usted decía que no existe justicia popular contra la justicia, eso sucede a otro nivel.

M. F.: Pienso que, bajo el odio que el pueblo tiene a la justicia, a los jueces, a los tribunales, a las prisiones, no es conveniente ver solamente la idea de otra justicia mejor, más justa, sino, y en primer lugar, y ante todo, la percepción de un punto singular en el que el poder se ejerce a expensas del pueblo. La lucha anti-judicial es una lucha contra el Poder. no creo que esto sea una lucha contra las injusticias, contra las injusticias de la justicia, y por un mejor funcionamiento de la institución judicial. Es asimismo sorprendente que cada vez que ha habido motines, revueltas y sediciones, el aparato judicial ha sido el blanco, al mismo tiempo y al mismo título que el aparato fiscal, el ejército y las otras formas de poder. Mi hipótesis, pero no es más que una hipótesis, es que los tribunales populares, por ejemplo en el momento de la Revolución. han sido una manera, utilizada por la pequeña burguesía aliada a las masas, para recuperar, para recobrar el movimiento de lucha contra la justicia. Y para recobrarlo. se ha propuesto este sistema de tribunal que se refiere a una justicia que podría ser justa, a un juez que podría dictar una sentencia justa. La forma misma del tribunal pertenece a una ideología de la justicia que es la de la burguesía.

G. D.: Si se considera la situación actual, el poder tiene por fuerza una visión total o global. Quiero decir que todas las formas de represión actuales, que son múltiples, se totalizan fácilmente desde el punto de vista del poder: la represión racista contra los inmigrados, la represión en las fábricas, la represión en la enseñanza, La represión contra los jóvenes en general. No es preciso buscar solamente la unidad de todas estas formas en una reacción de Mayo del 68, sino mucho más en una preparación y en una organización concertadas de nuestro próximo futuro. El capitalismo francés necesita de un «volante» de paro, y abandona la máscara liberal y paternal del pleno empleo. Es desde este punto de vista como encuentran su unidad: la limitación de la inmigración, una vez dicho que se confiaba a los emigrados los trabajos más duros e ingratos, la represión en las fábricas, ya que se trata de devolverle al francés el «gusto» por un trabajo cada vez más duro. La lucha contra los jóvenes y la represión en la enseñanza, ya que la represión de la policía es tanto más viva cuanto menos necesidad de jóvenes hay en el mercado de trabajo. Todas las clases de categorías profesionales van a ser convidadas a ejercer funciones policiales cada vez más precisas: profesores, psiquiatras. educadores en general, etc. Hay aquí algo que usted anuncia desde hace tiempo y que se pensaba que no se produciría: el refuerzo de todas las estructuras de encierro. Entonces, frente a esta política global del poder se hacen respuestas locales, cortafuegos, defensas activas y a veces preventivas. Nosotros no tenernos que totalizar lo que es totalizado por parte del poder, y que no podríamos totalizar de nuestro lado mas que restaurando formas representativas de centralismo y de jerarquía. En contrapartida, lo que nosotros podemos hacer es llegar a instaurar conexiones laterales, todo un sistema de redes, de base popular. Y es esto lo que es difícil. En todo caso, la realidad para nosotros no pasa en absoluto por la política en sentido tradicional de competición y de distribución de poder de instancias llamadas representativas a lo PC o a lo CGT. La realidad es lo que pasa efectivamente hoy en una fábrica, en una escuela, en un cuartel, en una prisión, en una comisaría. Si bien la acción comporta un tipo de información de naturaleza muy diferente a las informaciones de los periódicos (así el tipo de información de L'Agence de Presse Libération).

M. F.: Esta dificultad, nuestra dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas, ¿no proviene de que ignoramos todavía en qué consiste el poder? Después de todo ha sido necesario llegar al siglo XIX para saber lo que era la explotación, pero no se sabe quizá siempre qué es el poder. Y Marx y Freud no son quizá suficientes para ayudarnos a conocer esta cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder. La teoría del Estado, el análisis tradicional de los aparatos de Estado no agotan sin duda el campo del ejercicio y del funcionamiento del poder. La gran incógnita actualmente es. ¿quién ejerce el poder? y ¿dónde lo ejerce? Actualmente se sabe prácticamente quién explota, a dónde va el provecho, entre qué manos pasa y dónde se invierte, mientras que el poder... Se sabe bien que no son los gobernantes los que detentan el poder. Pero la noción de «clase dirigente» no es ni muy clara ni está muy elaborada. «Dominar», «dirigir», «gobernar», «grupo en el poder», «aparato de Estado», etc., existen toda una gama de nociones que exigen ser analizadas. Del mismo modo, sería necesario saber bien hasta dónde se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta que: instancias ínfimas con frecuencia, de jerarquía, de control, de vigilancia, de prohibiciones, de sujeciones. Por todas partes en donde existe poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad ,es el titular de él; y sin embargo, se ejerce siempre en una determinada dirección, con los unos de una parte y los otros de otra; no se sabe quién lo tiene exactamente; pero se sabe quién no lo tiene. Si la lectura de sus libros (desde el Nietzsche hasta lo que yo presiento de Capitalismo y esquizofrenia) ha sido para mí tan esencial es porque me parece que van muy lejos en el planteamiento de este problema: bajo ese viejo tema del sentido, significado, significante, etc., al fin la cuestión del poder, de la desigualdad de los poderes, de sus luchas. Cada lucha se desarrolla alrededor de un centro particular del poder (uno de esos innumerables pequeños focos que van desde un jefecillo. un guarda de viviendas populares, un director de prisiones, un juez, un responsable sindical, hasta un redactor jefe de un periódico). Y si designar los núcleos, denunciarlos, hablar públicamente de ellos, es una lucha, no se debe a que nadie tuviera conciencia, sino a que hablar de este tema, forzar la red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho, qué, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras luchas contra el poder. Si los discursos como los detenidos o los de los médicos de las prisiones son luchas, es porque confiscan un instante al menos el poder de hablar de las prisiones, actualmente ocupado exclusivamente por la administración y por sus compadres reformadores. E1 discurso de lucha no opone al inconsciente: se opone al secreto. Eso da la impresión de ser mucho menos importante. ¿Y si fuese mucho más importante? Existen toda una serie de equívocos en relación a lo «oculto», a lo «reprimido», a lo «no dicho», que permiten «psicoanalizar» a bajo precio lo que debe ser objeto de una lucha. Es posible que sea más difícil destapar el secreto que el inconsciente. Los dos temas que aparecían frecuentemente hasta hace poco: «la escritura es lo reprimido» y «la escritura es de pleno derecho subversiva» me parece que traicionan un cierto número de operaciones que es preciso denunciar severamente.
G. D.: En cuanto a este problema que usted plantea: se ve bien quien explota, quien se aprovecha, quien gobierna, pero el poder es todavía algo más difuso —yo haría la hipótesis siguiente: incluso y sobre todo el marxismo ha determinado el problema en términos de interés (el poder está poseído por una clase dominante definida por sus intereses)—. De repente, se tropieza con la cuestión: ¿cómo es posible que gentes que no tienen precisamente interés sigan, hagan un maridaje estrecho con el poder, reclamando una de sus parcelas? Es posible que, en términos de inversiones, tanto económicas como inconscientes, el interés no tenga la última palabra, existen inversiones de deseo que explican que se tenga la necesidad de desear, no contra su interés, ya que el interés sigue siempre y se encuentra allí donde el deseo lo sitúa, sino desear de una forma más profunda y difusa que su interés. Es preciso estar dispuesto a escuchar el grito de Reich: y no, las masas no han sido engañadas, ellas han deseado el fascismo en un momento determinado! Hay inversiones de deseo que modelan el poder, y lo difunden, y hacen que el poder se encuentre tanto a nivel del policía como del primer ministro, y que no exista en absoluto una diferencia de naturaleza entre el poder que ejerce un simple policía y el poder que ejerce un ministro. La naturaleza de estas inversiones de deseo sobre un cuerpo social es lo que explica por qué los partidos o los sindicatos. que tendrían o deberían tener inversiones revolucionarias en nombre de los intereses de clase, pueden tener inversiones reformistas o perfectamente reaccionarias a nivel del deseo.

M. F.: Como usted dice, las relaciones entre deseo, poder e interés, son más complejas de lo que ordinariamente se piensa, y resulta que aquellos que ejercen el poder no tienen por fuerza interés en ejercerlo, aquellos que tienen interés en ejercerlo no lo ejercen, y el deseo de poder juega entre el poder y el interés un juego que es todavía singular. Sucede que las masas, en el momento del fascismo, desean que algunos ejerzan el poder, algunos que, sin embargo, no se confunden con ellas, ya que el poder se ejercerá sobre ellas y a sus expensas, ,hasta su muerte, su sacrificio, su masacre, y ellas, sin embargo, desean este poder, desean que este poder sea ejercido. Este juego del deseo, del poder y del interés es todavía poco conocido. Hizo falta mucho tiempo para saber lo que era la explotación. Y el deseo ha sido y es todavía un largo asunto. Es posible que ahora las luchas que se están llevando a cabo, y además estas teorías locales, regionales, discontinuas que se están elaborando en estas luchas y que hacen cuerpo con ellas, es posible que esto sea el comienzo de un descubrimiento de la manera en que el poder se ejerce.
G. D.: Pues bien, yo vuelvo a la cuestión: el movimiento revolucionario actual tiene múltiples focos, y esto no es por debilidad ni por insuficiencia, ya que una determinada totalización pertenece más bien al poder y a la reacción. Por ejemplo, el Vietnam es una formidable respuesta local. Pero, ¿cómo concebir las redes, las conexiones transversales entre estos puntos activos discontinuos, de un país a otro o en el interior de un mismo país?
M. F.: Esta discontinuidad geográfica de la que usted habla significa quizá esto: desde el momento que se lucha contra la explotación, es el proletariado quien no sólo conduce la lucha sino que además define los blancos, los métodos, los lugares y los instrumentos de lucha; aliarse al proletariado es unirse a él en sus posiciones, su ideología, es retomar los motivos de su combate. Es fundirse. Pero si se lucha contra el poder, entonces todos aquellos sobre los que se ejerce el poder como abuso, todos aquellos que lo reconocen como intolerable, pueden comprometerse en la lucha allí donde se encuentran y a partir de su actividad (o pasividad) propia. Comprometiéndose en esta lucha que es la suya, de la que conocen perfectamente el blanco y de la que pueden determinar el método, entran en el proceso revolucionario. Como aliados ciertamente del proletariado ya que, si el poder se ejerce tal como se ejerce, es ciertamente para mantener la explotación capitalista. Sirven realmente la causa de la revolución proletaria luchando precisamente allí donde la opresión se ejerce sobre ellos. Las mujeres, los prisioneros, los soldados, los enfermos en los hospitales, los homosexuales han abierto en este momento una lucha específica contra la forma particular de poder, de imposición, de control que se ejerce sobre ellos. Estas luchas forman parte actualmente del movimiento revolucionario, a condición de que sean radicales sin compromisos ni reformismos, sin tentativas para modelar el mismo poder consiguiendo como máximo un cambio de titular. Y estos movimientos están unidos al movimiento revolucionario del proletariado mismo en la medida en que él ha de combatir todos los controles e imposiciones que reproducen en todas partes el mismo poder.
Es decir, que la generalidad de la lucha no se hace ciertamente en la forma de esta totalización de la que usted hablaba hace un momento, esta totalización teórica, en la forma de "verdad". Lo que produce la generalidad de la lucha, es el sistema mismo de poder, todas las formas de ejercicio y de aplicación del poder.
G. D.: Y no se puede tocar un punto cualquiera de aplicación sin encontrarse enfrentado a este conjunto difuso que desde ese momento se estará forzando a intentar reverter, a partir de las más pequeñas reinvindicación. Toda defensa o ataque revolucionario parciales se ensamblan así con la lucha obrera.

Jean-Luc Nancy, La Comunidad Enfrentada

París: Galilée, 2001, 51 págs.
Traducción de Juan Manuel Garrido Wainer


La comunidad enfrentada
Jean-Luc Nancy


A Maurice Blanchot.



El estado actual del mundo no es una guerra de civilizaciones. Es una guerra civil: es la guerra intestina de una ciudad, de una civilidad, de una ciudadanidad, que están desplegándose hasta los límites del mundo y, por eso, hasta el extremo de sus propios conceptos.
No es tampoco una guerra de religiones, o bien toda guerra llamada de religiones es una guerra intestina al monoteísmo, esquema religioso de Occidente y, en él, de una división que es llevada, otra vez, hasta los bordes y las extremidades: hasta el Oriente de Occidente y hasta la fractura y apertura en la mismísima mitad de lo divino. De ahí que Occidente sólo habrá sido la extenuación de lo divino, en todas las formas del monoteísmo, y se deba al ateísmo o al fanatismo.

Lo que nos está ocurriendo es una extenuación del pensamiento de lo Uno y de una destinación única del mundo, cosa que se agota en una única ausencia de destinación, en una expansión ilimitada de la equivalencia general o bien, inversamente, en los sobresaltos violentos que reafirman la omnipotencia y omnipresencia de un Uno que se ha vuelto –o que ha vuelto a ser– su propia monstruosidad[1]. ¿Cómo poder ser seriamente, absolutamente, incondicionalmente ateos, siendo al mismo tiempo capaces de sentido y de verdad? ¿Cómo poder, no ya salir de la religión –pues en el fondo eso ya está hecho, y las imprecaciones furiosas son impotentes frente a eso (inclusive son más bien el síntoma de ello, como el “dios” grabado en el dólar)–, sino salir de nuestro monolitismo de pensamiento (simultáneamente: Historia, Ciencia, Capital, Hombre y/o la Nulidad de todo eso…)? Es decir, ¿cómo llegar al borde del monoteísmo y de su ateísmo constitutivo (o de lo que podría llamarse su “ausenteísmo”) para poder captar allí, en el reverso de su agotamiento, lo que podría escapar al nihilismo, lo que podría salir desde el interior? ¿Cómo pensar el nihil sin convertirlo en monstruosidad omnipotente y omnipresente?

*

La apertura que se forma es la del sentido, de la verdad o del valor. Todas las formas de fractura y de ruptura, social, económica, política, cultural, poseen en esta apertura la condición de su posibilidad y su esquema fundamental. No se lo puede ignorar: la cuestión fundamental debe ser planteada como una cuestión del pensamiento, inclusive cuando se trata de sus implicaciones más materiales (de la muerte a causa del Sida en África o de la miseria en Europa o de las luchas por el poder en los países árabes, por ejemplo, entre cien ejemplos). La estrategia política y militar es necesaria, la regulación económica y social es necesaria, y la obstinación en la exigencia de justicia, la resistencia y la rebelión, lo son también. Pero es menester sin embargo pensar sin sosiego un mundo que se sale, de manera a la vez lenta y brutal, de todas sus condiciones adquiridas de verdad, de sentido y de valor.
El enorme desequilibrio económico, vale decir el desequilibrio de la vida, del hambre, de la dignidad, del pensamiento, es el corolario del desarrollo de un mundo que ya no se reproduce (que ya no conduce ni su propia existencia ni su propio sentido), sino que produce una ilimitación de su propia mundialidad, hasta tal punto que parece ya sólo poder explotar: pues en el centro de la ilimitación se surca una separación que es una desigualdad del mundo consigo mismo, una imposibilidad de dotarse de sentido, de valor o de verdad, una precipitación en la equivalencia general que se convierte progresivamente en la civilización como obra de muerte. No sólo una forma de civilización, sino la civilización, quizás la historia del hombre y quizás junto con ella la historia de la naturaleza. Y no hay otra forma en el horizonte, ni nueva ni vieja.

Por una y otra parte se quiere vendar la herida con los oropeles de siempre: dios o dinero, petróleo o músculo, información o hechizo, lo que siempre termina siendo una u otra forma de omnipotencia y omnipresencia.

Omnipotencia y omnipresencia: eso es lo que siempre se exige de la comunidad, o lo que se busca en ella: soberanía e intimidad, presencia a sí sin falla y sin afuera. Se desea el “espíritu” de un “pueblo” o el “alma” de una asamblea de “fieles”, se desea la “identidad” de un “sujeto” o su “propiedad”.
No basta, para nada basta con denunciar aquí un imperialismo y allá un integrismo (designaciones que se pueden colocar en forma de quiasma, por lo demás). Estas denuncias son justas, así como es justo denunciar el efecto de una explotación y de una humillación de poblaciones enteras, que se vuelven disponibles para otras explotaciones e instrumentalizaciones. Pero a fin de cuentas, desde 1939, las guerras ya no tienen lugar como enfrentamientos al interior de un mundo que les da lugar (aun si este lugar es desastroso): la guerra se ha vuelto la guerra de un mundo que se desgarra porque está mal parado para ser o para hacer lo que debe: a saber, un mundo; vale decir, un espacio de sentido, aun con el sentido perdido y con la verdad vacía[2].

Hablar de “sentido” y de “verdad” en medio de la agitación militar, de los cálculos geopolíticos, de los sufrimientos, de gestos de estupidez o de mentira no es ser “idealista”: es tocar la cosa misma.
Por una y otra parte de la apertura del mundo surcada con el nombre de “globalización” es la comunidad la separada y enfrentada a sí misma. Otrora las comunidades pudieron pensarse distintas y autónomas sin buscar su absorción en una humanidad genérica. Pero cuando el mundo termina por volverse mundial y cuando el hombre termina por volverse humano (es en ese sentido, también, que se vuelve “el último hombre”), cuando “la” comunidad se pone a farfullar una extraña unicidad (como si sólo pudiera haber una y como si debiera haber una esencia única de lo común), entonces “la” comunidad comprende que es ella la que está abierta –apertura abierta sobre su unidad y sobre sus esencias ausentes– y es ella la que enfrenta, en ella, esta fractura. Es comunidad contra comunidad, extranjera contra extranjera y familiar contra familiar, desgarrándose ella misma al desgarrar a las otras que quedan sin posibilidad de comunicación ni de comunión. Por esta razón, el monoteísmo en sí mismo enfrentado a sí mismo, como teísmo y ateísmo, es el esquema de nuestra condición actual.
Que este enfrentamiento consigo misma pueda ser una ley del estar-en-común y su sentido mismo: eso es lo que está en el programa del trabajo de pensamiento –inmediatamente acompañado por este otro programa, a saber, que el enfrentamiento, al comprenderse a sí mismo, comprende que la destrucción mutua destruye incluso la propia posibilidad del enfrentamiento, y con él la posibilidad del estar-en-común o del coestar.
Pues si lo “común” es el “con”, el “con” designa el espacio sin omnipotencia y sin omnipresencia. En el “con” no puede haber sino fuerzas que se enfrentan en virtud de su juego mutuo y de presencias que se separan en virtud de que siempre han de volverse otra cosa que meras presencias (objetos dados, sujetos acomodados en sus certidumbres, mundo de la inercia y de la entropía).
¿Cómo volvernos capaces de mirar a la cara nuestra apertura y nuestro enfrentamiento, no para sumergirse en ellos, sino para hallar, pese a todo, la fuerza de enfrentarnos, primero con conocimiento de causa, luego de manera tal que podamos realmente encararnos –sin lo cual el enfrentamiento no es más que un empellón indistinto y ciego?

Pero mirar a la cara un abismo y enfrentarnos con la mirada no dejan de ser análogos, porque la mirada de lo otro sólo puede abrir a lo insondable: a la extrañeza absoluta, a una verdad que no puede ser verificada pero a la que sin embargo hay que sostener.
Triple extrañeza: la de lo otro alejado, la de lo mismo retirado, la de la historia vuelta sobre lo inocurrido, quizás insostenible. Hay que sostener, en contra de una moral “altruista” recitada con demasiada mojigatería, la severidad de la relación con lo extraño cuya extrañeza es condición estricta de existencia y de presencia. Y hay que sostener eso que, delante de nosotros, nos expone al sombrío resplandor de nuestro propio devenir y de nuestra propia desgarradura. No se trata ni de culpar a Occidente ni de reivindicar un Oriente mítico: se trata de pensar un mundo en sí mismo y por sí mismo fracturado, con una fractura que proviene de lo más recóndito de su historia y que debe, de un modo u otro –acaso para lo peor y, ¿quién sabe?, para lo un poco menos peor–, constituir hoy día su sentido oscuro, un sentido no oscurecido pero cuya oscuridad es su elemento. Es difícil, es necesario. Es nuestra necesidad en los dos sentidos del término: nuestra menesterosidad y nuestra obligación.


El presente texto aparece en Italia, de donde lo solicitaron, en las condiciones que son indicadas (aparecerá como prefacio de una nueva edición de La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot, en una traducción revisada, en las ediciones SE de Milán; agradezco a Alessandro Fanfoni por su invitación).

Las ediciones SE, de Milán, me piden que presente una traducción revisada de La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot. El público italiano, me dicen, no cuenta con una visión clara de las circunstancias en que este libro fue escrito y publicado, al mismo tiempo en que su autor expresaba explícitamente que hacía eco a un artículo que publiqué con el título de La comunidad inoperante. El pedido me pareció pues presentar el interés bien preciso de invitarme a volver sobre un episodio cuya importancia obvié medir con exactitud.
La historia de los textos filosóficos sobre la “comunidad” en los años 80 sería digna de ser escrita con precisión, puesto que es, entre otras historias pero más que otras, reveladora de un movimiento profundo del pensamiento en Europa en aquella época –un movimiento que todavía nos transporta, aun si es en otro contexto muy diferente, y en el cual el motivo de la “comunidad”, en lugar de salir a la luz, parece estar hundiéndose en una peculiar oscuridad (sobre todo en el momento de escribir estas líneas: en la mitad de octubre de 2001). En La comunidad inoperante evoqué el comienzo de esta historia, pero de manera demasiado escueta. Vuelvo ahora, con ocasión de este prefacio, y con el distanciamiento del tiempo que permite entender mejor.
Al mismo tiempo, el cargado contexto a que acabo de aludir –las devastaciones y las guerras comunitaristas de todo tipo y de todo “mundo” (el Antiguo, el Nuevo, el tercer y el cuarto, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste)– vuelven quizás deseable retrazar un movimiento que proviene del pensamiento sólo porque proviene en primer lugar de la existencia.

*

En 1983, Jean-Christophe Bailly proponía un tema para un número de la revista Aléa que en ese entonces salía en Christian Bourgois[3]. El tema propuesto rezaba: “La comunidad, el número.”
La elipse perfectamente lograda de este enunciado –donde la seguridad compite con la elegancia, conforme al gran arte de Bailly– me conquistó apenas me llegó la petición de un artículo, y desde entonces no he dejado de admirar la ocurrencia.

La “comunidad” era una palabra entonces ignorada por el discurso del pensamiento. Se la reservaba sin duda al uso institucional de la “comunidad europea”, uso que, lo sabemos hoy casi 20 años después, malogra el concepto que emplea: y eso no es ajeno al asunto de la “comunidad” tal como nos pena, tal como nos abandona o tal como nos apremia. Se haya sabido o no a la sazón, esa palabra y su concepto sólo podían caer presa de la celada de la Volkgemeinschaft nazi, “la comunidad del pueblo” en el sentido que se conoce. (En Alemania, por lo demás, la palabra Gemeinschaft desencadenaba todavía una dura resistencia en la izquierda, y la traducción de mi libro, en 1988, fue tratada de nazi en un periódico berlinense de izquierda. En 1999, en cambio, otro periódico de Berlín, venido del antiguo Este, hablaba del mismo libro de manera positiva bajo el título de “Retorno del comunismo”. Esta doble anécdota me parece resumir la anfibología, el equívoco y quizás la aporía, pero también la insistencia obstinada, no necesariamente obsesiva, que conlleva la palabra “comunidad”.) Por otra parte, lo que todavía quedaba en 1983 de confianza socializante, cualquiera sea su grado y su forma, conservaba su inclinación por la palabra “comunismo” (al menos bajo la condición, se entiende, de adoptar la exigencia primera contra el “comunismo real”, que ya no quedaba por descubrir).
Pero el “comunismo” indica una idea y un proyecto, mientras que la “comunidad” parecer tomar nota de un hecho, de un dato. El “comunismo” se declara en favor de una “comunidad” que no está dada, que se da como meta. En el enunciado de Bailly, escuché inmediatamente: “¿Qué hay con la comunidad?” –como una pregunta que se sustituía silenciosamente a esta otra: “¿Qué proyecto comunista, comunitario o comulgante?”; “¿Qué hay con…?”, es decir: “¿Cuál es el ser de la comunidad, qué ontología da cuenta de eso que indica una palabra conocida –común– pero cuyo concepto se ha vuelto quizás muy incierto?”
El puro concepto pedía examen, y por ello la invitación manifestaba cierta prudencia respecto del orden mismo del proyecto en general. (Bailly venía de una izquierda fuerte, si no extrema, no comunista en el sentido de los partidos.) La mera exhibición de la palabra lo proponía como programa de análisis y sin duda de problematización.
El “número” también era algo imprevisto, de otro modo. Súbitamente recordaba la evidencia no sólo de la multiplicación considerable de la población mundial, sino que también –como su efecto o corolario cualitativo– de una multiplicidad que se sustraía a las absorciones unitarias, de una multiplicidad que multiplicaba sus diferencias, dispersándose en pequeños grupos, o individuos, multitudes o poblaciones. En este sentido, el “número” significaba la repetición y el desplazamiento de lo que había sido “la masa” o “la muchedumbre” en no pocos análisis de la pre-guerra (Le Bon, Freud, etc.), o bien, desde otro ángulo, de la post-guerra. Y sabíamos bien cómo los fascismos habían sido operaciones conducidas sobre las “masas”, mientras que los comunismos lo habían sido sobre “clases”, unas y otras asignadas como residencia de misión histórica.
El enunciado podía pues leerse como un abreviado fulgurante del problema que habíamos heredado en cuanto que problema del o de los “totalitarismo(s)”; aunque ya no planteado en términos directamente políticos (como si se tratara de un problema de “buen gobierno”), pero sí en términos que debían entenderse como ontológicos: ¿qué es entonces la comunidad, si el número es su único fenómeno –o incluso la cosa en sí– y si ya ningún “comunismo” o “socialismo”, nacional o internacional, expresa ni la más mínima figura, ni la forma, ni el más mínimo esquema identificable? ¿Y qué es entonces el número si su multiplicidad ya no cuenta como masa a la espera de una puesta en forma (formación, conformación, información), sino que vale por sí misma, en una dispersión que no podríamos saber si llamar diseminación (exhuberancia seminal) o desperdigamiento (pulverización estéril)?

*

Ocurrió que, en el momento en que Bailly proponía el tema, me encontraba terminando un año de curso consagrado a Bataille, considerado desde la perspectiva política. Trataba de encontrar en él, muy precisamente, la posibilidad de un recurso inédito que escapara al fascismo y al comunismo, tanto como al individualismo demócrata o republicano (no todavía “ciudadano”, conforme a esta noción que, desde entonces, ha buscado responder al mismo problema, pero casi sin hacerlo progresar). De hecho, buscaba en Bataille porque sabía que ya estaba circulando la palabra y el motivo de la comunidad –y el móvil de esta búsqueda era también aquél del enunciado de Bailly (que obviamente conocía a Bataille, sin no obstante referirse a él). Este índice de investigación significaba ciertamente para ambos, pero sin una conciencia clara de lo que se jugaba, un planteamiento ante todo no directamente o no exclusivamente político del problema: delante o detrás de lo “político”[4] hay esto: a saber, lo “común”, lo “conjunto” y lo “numeroso”, y que quizás ya no sabemos en absoluto cómo pensar este orden de lo real.
El trabajo del curso me había dejado insatisfecho. Bataille no me había dado la posibilidad de acceder a una política inédita. Al contrario, en más de un sentido relegó la posibilidad política como tal. En sus textos de la post-guerra, y hasta el final, se apartó del clima político de su pensamiento de la pre-guerra. De manera análoga, se había apartado de toda rivalidad con una “ciencia” sociológica así como de toda tentativa de fundación de grupo o de “colegio”. Y ya no era posible que una “sociología sagrada” tomara de los fascismos la energía pulsional y “activista” en que él había visto su principal vigor. La agitación heterológica había fracasado y la guerra, terminada con la victoria de las democracias, en lugar de haber desnudado las fuerzas extáticas dejaba en la sombra los proyectos políticos.
Y así como Bataille hacía de la “soberanía” un concepto no político sino ontológico y estético –ético, como se diría hoy–, consideraba el fuerte vínculo (pasional o sagrado, íntimo) de la comunidad como reservada a lo que llamaba la “comunidad de los amantes”. Esta se hallaba pues en contraste con el vínculo social y como su contra-verdad. Lo que supuestamente debía estructurar a la sociedad –no fuera sino abriendo una brecha transgresora– era colocado fuera de ella en ella, en una intimidad para la cual lo político queda fuera de alcance.
Me parecía poder reconocer allí un aspecto de la constatación que toda la época comenzaba a hacer oscuramente: un divorcio de la política y del estar-en-común[5]. Pero tanto por un lado como por el otro, comunidad de intimidad intensa o sociedad de un vínculo homogéneo y extensivo, el punto de referencia de Bataille me pareció ser el siguiente: la posición deseada (alcanzada en el amor o depuesta en la sociedad) de una comunidad como absorción en interioridad, como presencia a sí de una unidad realizada. Me pareció entonces que había que analizar este presupuesto de la comunidad –aun si era designado claramente como lo imposible y, junto con ello, convertida en una “comunidad de aquellos que están sin comunidad” (expresión que cito de memoria y sin saber ya si es de Bataille o de Blanchot; decidí escribir estas líneas sin volver sobre los textos, dejando aquí espacio para la memoria, única capaz de devolver el movimiento que seguí y que quedó impreso en mí: releer me haría reescribir la historia).
De ese modo se me imponía el pensamiento que se había prolongado a través de la tradición filosófica, y hasta en su sobrepasamiento o desborde bataillano (y antes, sin duda, en el de Marx), una representación de la comunidad a la que la reflexión sobre el “totalitarismo” –que lo marcaba todo en esos años, que exigía de todos un profundo respiro– me hacía conferir este carácter esencial: la comunidad que se realiza como su propia obra[6]. Lo que en cambio la reflexión difícil y en parte desdichada de Bataille invitaba a pensar –con ella pero más allá de ella– era lo que me pareció que se podía denominar la “communauté désœuvrée”, la “comunidad inoperante”.
El “désœuvrement”, la “inoperancia”, salía de Blanchot, por ende de lo más próximo a Bataille, de la comunidad o comunicación llamada “amistad” y “diálogo infinito” entre ambos. De esta singularísima y muy silenciosa, y en cierto sentido secreta comunicación, me llegaba una palabra para tratar de lanzar de nuevo los dados de este asunto.
Los años que vendrían iban a mostrar en qué medida la comunidad, ya retomada una primera vez, concitaba el interés, y en qué medida se volvía necesario tratar de volver a calificar esta región del hombre o del ser que ningún proyecto comunista o comunitarista sostenía ya. Calificarla de otro modo significaba en el fondo dejar de calificarla por sí misma, salir de la tautología en que la comunidad tenía sustancia y valor en sí (y sin duda siempre con un índice más o menos cristiano: comunidad primitiva de los apóstoles, comunidad religiosa, iglesia, comunión– los orígenes de Bataille eran por lo demás muy explícitos en este punto). Hubo, tras los libros de Blanchot y el mío, una serie de trabajos que tematizaban y calificaban a la comunidad; continúa hoy, pero en un contexto en que se reinventó, en los Estados Unidos, un “comunitarismo” que pediría un examen aparte[7].

*

Blanchot escribe La comunidad inconfesable en respuesta al artículo que publiqué con el título de La comunidad inoperante, y mientras ya lo trabajaba para convertirlo en libro. Me conmovió esa respuesta, primero porque la atención de Blanchot demostraba la importancia del motivo, no sólo para él sino que, a través de él, para todos quienes experimentaban una necesidad imperiosa, acaso violenta, de reconsiderar lo que el comunismo había ocultado tan poderosamente y que lo había hecho surgir: la instancia de lo “común” –pero también su enigma o su dificultad, su carácter no dado, no disponible y, en este sentido, lo menos “común” del mundo…
Pero también me conmovió el hecho de que la respuesta de Blanchot era al mismo tiempo un eco, una resonancia y una réplica, una reserva, inclusive en cierto sentido un reproche.
Nunca aclaré completamente esta reserva o este reproche, ni en un texto, ni para mí mismo, ni en la correspondencia con él. Hablo de ello por primera vez, con ocasión de este prefacio.
No lo hice porque no me sentía (no menos que hoy) ni capaz de, ni autorizado a dilucidar el secreto que Blanchot designa claramente con su título –e incluso con su texto que hacia el final dice “lo inconfesable” de una muerte dada por amor, de un amor dado en la muerte (y esto mismo, precisamente, no es confesable incluso cuando se dice).
El secreto no confesable, sin duda, tiene que ver con esto (pero no radica en esto): ahí donde yo intentaba sacar a la luz la “obra” comunitaria como la condena a muerte de la sociedad[8] y, correlativamente, establecer la necesidad de una comunidad que se rehúsa a obrar, que preserva de ese modo la esencia de una comunicación infinita (comunicándose un “sentido ausente”, para decirlo con Blanchot, y la pasión de este ab-sens, o bien la pasión en que este ab-sens consiste), ahí mismo, entonces, Blanchot me significa o señala lo inconfesable. En aposición pero también en oposición a lo désœuvrée de mi título, este adjetivo propone pensar que tras la inoperancia todavía hay la obra, una obra inconfesable.
Da que pensar (lo advierto de nuevo, escribo sin releer los textos, escribo no para resolver, sino para abrir la atención de futuros lectores) el que la comunidad de aquellos que están sin comunidad (todos nosotros), la comunidad inoperante, no se deje revelar como el secreto develado del estar-en-común. Y por consiguiente que no se deje comunicar, aun si es lo común mismo y sin lugar a dudas porque lo es.
Más bien agrava este secreto, subraya su imposibilidad, o mejor el iterdicto de penetrarlo –o incluso la inhibición, el pudor o la vergüenza de penetrarlo (todos estos acentos figuran, creo, en el texto de Blanchot).
Lo que es inconfesable no es indecible. Al contrario, lo inconfesable no termina de ser dicho o de decirse en el silencio íntimo de quienes podrían pero no pueden confesar. Imagino que Blanchot quería intimarme con este silencio y con lo que dice: prescribírmelo y hacerlo entrar en mi intimidad, como la propia intimidad –la intimidad de una comunicación o de una comunidad, la intimidad de un modo de obra íntima que se retiraba más allá de toda inoperancia, volviéndolo posible y necesario pero no disolviéndose en él. Blanchot me pedía que no permaneciera en la negación de la comunidad comulgante, que pensara más allá de esta negatividad, hacia un secreto de lo común que no es un secreto común.

*

Hasta ahora no he retomado el análisis de todo eso, como podría haberlo hecho con una respuesta al texto de Blanchot. No lo hice en mi correspondencia con él, pues las cartas apenas deben mezclarse con los textos: éstos comunican entre ellos según un orden propio. (¿Qué es, por otra parte, una correspondencia? ¿Qué especie de co- o de com- está implicado?) Tampoco lo hice en un texto, pues sucedió que, en el orden del trabajo propiamente dicho, no proseguí en la veta ni en el tema de la palabra “comunidad”.
En efecto, preferí ir reemplazando poco a poco las malogradas expresiones de “estar-juntos”, de “estar-en-común” y finalmente de “coestar”. Había razones para estos desplazamientos y para la resignación, al menos provisoria, de estas infelices ocurrencias lingüísticas. Por todos lados veía venir los peligros suscitados por la palabra “comunidad”: su resonancia invenciblemente plena, léase henchida de sustancia y de interioridad, su referencia inevitablemente cristiana (comunidad espiritual y fraternal, comulgante), o más en general religiosa (comunidad judía, comunidad de la plegaria, comunidad de los creyentes –‘umma), su uso en apoyo a presuntas “etnicidades”, todo eso no podía sino poner en guardia[9]. Quedaba claro que el acento puesto sobre el concepto necesario pero todavía muy poco clarificado iba por lo menos emparejado, en esa época, con un reavivamiento de pulsiones comunitaristas, y a veces fascinadoras. (En 2001, se puede ver en qué punto estamos y por dónde hemos pasado en materia de pulsiones de este tipo.)
Preferí entonces concentrar el trabajo en torno al “con”: prácticamente indiscernible del “co-“ de la comunidad, conlleva sin embargo un índice más neto de la separación en el corazón de la proximidad y de la intimidad. El “con” es seco y neutro: ni comunión ni atomización, compartir apenas un lugar, a lo sumo un contacto: un estar-juntos sin ensamblaje. (En este sentido, hay que profundizar un análisis del Mitdasein que Heidegger dejó en suspenso.)

*

Quizás esto me llevará de nuevo al libro de Blanchot. Esta nueva edición italiana es una primera ocasión. Como si Blanchot, más allá de los años que han transcurrido y de algunos otros signos intercambiados, me dirigiera de nuevo su precepto: “¡Resguarde lo inconfesable!” Creo entenderlo de este modo: sospeche de toda absorción de la comunidad, incluso bajo el nombre de “inoperante”. O bien, prosiga aún más en la indicación de esta palabra. La inoperancia viene después de la obra pero proviene de ella. No basta con detener a la sociedad que se hace obra en el sentido en que lo quieren los Estados-naciones o -partidos, las Iglesias universales o autoacéfalas, las Asambleas y los Concejos, los Pueblos, las compañías o las fraternidades. Hay que pensar también que hubo ya, siempre ya, una “obra” de comunidad, una operación de reparto que siempre habrá precedido toda existencia singular o genérica, una comunicación y un contagio sin los cuales no podría haber, de modo absolutamente general, ninguna presencia ni ningún mundo, pues cada uno de estos términos implica en él una co-existencia o una co-pertenencia –aun si esta “pertenencia” sólo es la pertenencia al hecho del estar-en-común. Ya hubo entre nosotros –todos juntos y en conjuntos distintos– la participación en algo común que sólo consiste en esa participación, pero que al participar hace existir y toca entonces la existencia misma en lo que ésta tiene de exposición a su propio límite. Eso es lo que nos ha hecho “nosotros”, separándonos y aproximándonos, creando la proximidad con el alejamiento entre nosotros –“nosotros” en la indecisión mayor en que se halla este sujeto colectivo o plural, condenado (pero ésa es su gloria) a no poder encontrar nunca su propia voz.

¿Qué ha sido compartido? Sin duda algo –lo “inconfesable”, pues– que Blanchot indica en la segunda parte de su libro[10] y por el hecho mismo de emparejar en este libro una reflexión sobre un texto teórico y otra sobre un relato de amor y de muerte[11]. En ambos casos, Blanchot escribe en relación a y escribe su relación con estos textos, que de ese modo relaciona también entre ellos. Los distingue, según me pareció ver, como dos textos, uno se quedaba en una consideración negativa o huera de la “inoperancia”, mientras el otro daría acceso a una comunidad ya no “obrada”, sino operada en secreto (lo “inconfesable”), en la participación de una experiencia de los límites: la experiencia del amor y de la muerte, de la vida misma expuesta a sus límites.
Quizás dice –es lo que una relectura debe buscar– que estos dos accesos a la esencia sin esencia de la “comunidad” se recortan en alguna parte, entre las dos partes del libro como entre el orden social-político y el orden pasional-íntimo. En alguna parte habría que pensar el enigma de intensidad, de surgimiento y pérdida, o de abandono, que posibilita a la vez la existencia plural (el nacimiento, la separación, la oposición) y la singularidad (la muerte, el amor). Pero siempre lo inconfesable está implicado en el nacimiento y la muerte, el amor y la guerra.
Lo inconfesable designa un secreto vergonzoso. Vergonzoso porque involucra, bajo dos figuras posibles –la soberanía y la intimidad– una pasión que no puede ser expuesta sino como lo inconfesable en general: su confesión sería insostenible, pero al mismo tiempo destruiría la fuerza de esta pasión. Pero sin ella habríamos renunciado a toda especie de estar-juntos, vale decir de estar a secas. Habríamos renunciado a aquello que, según el orden de una soberanía y de una intimidad retraídas en la discreción sin fondo, nos coloca en el mundo. Pues lo que nos coloca en el mundo es también lo que de primera nos lleva hasta los extremos de la separación, de la finitud, y del encuentro infinito en que cada uno desfallece al contacto con los otros (o sea también consigo) y del mundo como mundo de los otros. Lo que nos pone en el mundo reparte al mismo tiempo el mundo, lo destituye de toda unidad primera o última.
“Inconfesable” es entonces una palabra que mezcla, indiscerniblemente, el impudor y el pudor. Impúdica, anuncia un secreto; púdica, declara que el secreto seguirá secreto.
Lo callado se sabe por quien se calla. Pero este saber no ha de ser comunicado, al ser él mismo al mismo tiempo el saber de la comunicación, cuya ley debe ser la de no comunicarse porque no pertenece al orden de lo comunicable, sin ser por eso inefable: pero abre toda palabra.

*

Concluiré retomando el acontecimiento que se propaga hoy (lo señalo otra vez, octubre de 2001) a través del mundo y particularmente a través del mundo occidental y en sus bordes, en sus confines internos y externos (si los hay externos), adoptando todos los rasgos de un desencadenamiento pasional. Es obvio que las figuras de la pasión –ya sean las de la de un Dios Omnipotente o la de una Libertad no menos teúrgica– recubren y revelan con sus gestos enfrentados todo lo que ya conocemos de extorsiones, explotaciones, manipulaciones que despliega el movimiento actual del mundo. Pero no basta con quitar las máscaras, aun si es lo primero que deba hacerse. Hay que considerar también que estas figuras pasionales no ocupan casualmente un lugar vacío: es el lugar de una verdad de la comunidad. El llamado a un dios encolerizado o la afirmación “In God we trust” instrumentalizan de manera simétrica una necesidad, un deseo, una angustia del estar-juntos. Hacen de ella otra vez una obra –a la vez un gesto heroico, un espectáculo imponente, un tráfico insaciable. Al hacerlo, aseguran revelar el secreto al tiempo en que resguardan su resplandor. En verdad, ocultan el secreto, y precisamente con el nombre demasiado confesable de “Dios”. Nos ocurre pensar desde ahí: sin dios ni señor, sin sustancia común, ¿cuál es el secreto de la comunidad, o del coestar?
No hemos pensado todavía suficientemente la inoperancia de la comunidad, en qué consiste la posibilidad de compartir un secreto sin divulgarlo: compartirlo precisamente sin divulgarnos a nosotros mismo, entre nosotros.
En frente de las monstruosidades de pensamiento (o de “ideología”) que se enfrentan en razón de no menos monstruosas cuestiones de poder y de usufructo, hay una tarea, que consiste en pensar lo impensable, lo inasignable, lo intratable del coestar sin someterlo a ninguna hipóstasis. No es una tarea política ni económica, es algo más grave y gobierna, a fin de cuentas, tanto lo político como lo económico. No nos encontramos en una “guerra de civilizaciones”, nos encontramos en una desgarradura interna de la civilización única que civiliza y barbariza el mundo con el mismo movimiento, pues ya tocó la extremidad de su propia lógica: ha devuelto el mundo enteramente a sí mismo, ha devuelto la comunidad humana enteramente a sí misma y a su secreto sin dios y sin valor de mercado. Con eso es con lo que hay que trabajar: con la comunidad enfrentada a sí misma, con nosotros enfrentados a nosotros, con el con que se enfrenta al con. Un enfrentamiento que sin duda pertenece esencialmente a la comunidad: se trata a la vez de una confrontación y de una oposición, de un adelantarse a sí mismo para desafiarse y ponerse a prueba, para dividirse en su ser con una separación que es también la condición de este ser.


15 de octubre de 2001

[1] No es casual que las regiones que hasta el momento han sido más bien observadoras de la guerra (al mismo tiempo en que pertenecen, también, al proceso de mundialización, ya sea por su crecimiento, ya sea por su empobrecimiento) sean aquellas en que la dialéctica o la desconstrucción del monoteísmo no se ha ejecutado, ora porque el cristianismo (me refiero, aquí, al latinoamericano) ha estructurado de otro modo el pensamiento (de modo más “pagano”, como se dice, o menos “metafísico”), ora porque el monoteísmo no ha penetrado pensamientos que le son heterogéneos (India o China no piensan, para decirlo groseramente, según lo Uno, ni según la Presencia). Por una parte, Occidente y su auto-extenuación se han expandido por todas partes, y, por otra parte, esta disparidad profunda de al menos tres mundos en el mundo entraña ciertamente las oportunidades y los riesgos del porvenir.
[2] Cuando Roma hacía la guerra policial en los confines del Imperio (al igual que los Estados Unidos lo hacen todo el tiempo), Roma no era al mismo tiempo una mitad del mundo enfrentando a otra mitad: el Imperio era un orden aparte, y los pueblos singulares otro.
[3] La pararía pocos años después, y buscaría entonces fundar otra revista, más importante, con algunos otros entre los que me encuentro (así como Lacoue-Labarthe, Alferi, Froment-Meurice…). No hubo editor con quien tratar este proyecto esencialmente complejo y diverso, porque nos negábamos a definirnos por una “línea” o por un manifiesto. La época de las revistas fundadas por una “ideología” nos parecía clausurado (con Tel Quel y algunas otras). Es decir, también la época de las revistas que formaban “comunidad”, sin que la palabra, en todo caso, fuera empleada. Nuestro grupo, por lo demás variable, no formaba comunidad. La historia de las revistas en Francia después de 1950 sería seguramente esclarecedora acerca de la desaparición progresiva de los grupos, colectividades o comunidades de “ideas”, y, a través de ello, de una mutación de la representación de una “comunidad” en general. La revista fundada por Bataille, Critique, poseía un presupuesto completamente distinto, alejado por principio de toda identidad teórica. No dejaba, eso sí, de producir en los años 60 y 70 un efecto de “red”: era un lugar común para aquellos que se apartaban de toda comunidad.
[4] En 1981, Philippe Lacoue-Labarthe y yo habíamos propuesto el concepto de “retrait du politique” como motivo inicial de trabajo para un “Centro de investigaciones filosóficas sobre lo político”, acogido por la Escuela Normal de la calle Ulm, gracias a Derrida y también a Althusser (que sin embargo no pudo participar). Esta expresión quería expresar la exigencia de un retrazo y no de una retirada (como algunos creyeron) de la instancia política, privada de sus contornos distintos e identificados. Este trabajo era paralelo al que vino enseguida sobre la comunidad: pero, en cierto sentido, estos paralelos no se tocan y demuestran precisamente la imposibilidad de fundar una política sobre una comunidad bien comprendida, así como la imposibilidad de definir una comunidad a partir de una política supuesta como verdadera o justa. Diría hoy que esta separación de los motivos de lo “político” y de lo “comunitario” era también un síntoma de una dificultad que no ha dejado de precisarse. Era también, a fin de cuentas, una separación persistente entre Lacoue-Labarthe (más bien político) y yo al interior de nuestro trabajo común… (para él, “comunidad” remitía siempre primero a la embriaguez fascista, sobre lo cual volveremos). Eso no es casual, ni personal: se podrían vincular estos detalles con otros trabajos y con otros nombres en la historia de esos años.
[5] Desaparición de la política como “destino de los pueblos” a través de la desaparición de los “pueblos” mismos, al menos en su absorción política bajo la forma del Estado-nación. Simétricamente, desaparición de la política de Estado en provecho de la entidad renovadamente llamada “sociedad civil” (a través de la historia de la Solidarnosc en Polonia), o bien reducción de la política al ejercicio vigilante de los “derechos humanos”.
[6] Sobre este punto preciso se producía un cruce con la reflexión de Lacoue-Labarthe sobre el nazismo –y en particular sobre el de Heidegger– como “nacional-esteticismo”.
[7] Recuerdo aquí simplemente y en desorden algunos trabajos, cuyos títulos contengan o no la palabra “comunidad”: de Agamben, de Rancière, de Laclau y Mouffe, más tarde de Ferrari, Esposito, entre otros.
[8] Y esto dicho en todos los sentidos que la expresión admite, incluido aquél tocante a la institución de la pena de muerte en una comunidad política –si algo como eso existe, si la “comunidad” puede ser, como tal y directamente, “política”. Pero, al contrario, hay que preguntarse si la pena de muerte, cuando la hay, no expresa una certidumbre, fundada o ilusoria, de estar en una sociedad que puede pensarse como comunidad y no solamente como sociedad.
[9] Rápidamente llegaron objeciones o reservas, incluso amistosas como la de Derrida que se oponía en este punto a Blanchot y a mí, o como la de Badiou que exigía sustituir la “igualdad” a la “comunidad”.
[10] La primera parte (que trata de la Comunidad inoperante) se titula “La comunidad negativa”, y la segunda “La comunidad de los amantes”.
[11] La maladie de la mort, de Marguerite Duras.

Jean-Luc Nancy, El vestigio del arte

Confines 04, julio 1997, pp. 205-216.



El vestigio del arte.
Jean-Luc Nancy.


¿Que queda del arte? Acaso solamente un vestigio. Eso es al menos lo que se oye decir actualmente, una vez más. Al proponer como titulo de esta conferencia «El vestigio del arte», tengo en vista, en primer lugar, simplemente lo siguiente: suponiendo que del arte no queda en efecto sino un vestigio –a la vez una huella evanescente y un fragmento casi inaprehensible–, ella misma podría ser apropiada para encaminarnos tras la huella del propio arte. O, al menos, de algo que le fuera esencial, si se puede formular la hipótesis de que aquello que queda es también aquello que más resiste. A continuación, deberemos interrogarnos si este algo esencial no será en sí mismo del orden del vestigio, y si el arte en su totalidad no manifiesta, en el mejor de los casos, su naturaleza o lo que pone en juego una vez que se conviene en vestigio de sí mismo: una vez que, apartado de la grandeza de las obras que originan mundos, parece pasado, sin mostrar más que su pasaje. Volveremos inmediatamente sobre este punto, al considerar más detenidamente que es un vestigio.

Existe, entonces, un debate en torno del arte contemporáneo, y es a título de este debate que Uds me han solicitado hablar hoy, en el Jeu de Paume, en un museo. Es decir, en este extraño lugar en el cual el arte no hace más que pasar: permanece allí en tanto que pasado, y se encuentra allí como de pasaje, entre lugares de vida y de presencia con los que acaso –sin duda la mayoría de las veces– no se reunirá más. (Pero quizás el museo no sea «un lugar, sino una historia», como dice Jean-Louis Déotte[1], una disposición que da lugar al pasaje como tal, al pasar más bien que al pasado: de eso se trata el vestigio.)

Con angustia, con agresividad, se pregunta en todas partes si el arte continúa siendo arte. Situación promisoria, contrariamente a lo que piensan los espíritus apesadumbrados, puesto que prueba que existe preocupación acerca de qué es el arte. Expresado de otra manera, existe preocupación por su esencia, por recurrir a una palabra muy cargada. La palabra es grave, en efecto, y despertará sospechas entre algunos respecto de la toma de posesión o la expropiación del legado filosófico que anunciaría. Sin embargo, nos esforzaremos por aligerar esta palabra, basta su propio vestigio. Por el momento, respondamos a lo que contiene de promisoria. Dicho debate, ¿nos permite saber algo más sobre la «esencia» del arte?

De manera preliminar, es preciso clarificar las cosas, puesto que existen numerosos debates que se entremezclan. Todos tienen, a no dudarlo, un lugar o punto de fuga común, precisamente en el ser del arte, pero es necesario distinguir varios planos. Avanzaré progresivamente, ordenando mi exposición en simples números sucesivos (diez, exactamente).

*

1. Se plantearía en primer lugar el debate sobre el mercado del arte, o sobre el arte como mercado: cómo se reduciría a un mercado, lo cual sería una primera manera de vaciar su propio ser. Debate, como sabemos, sobre los lugares o sobre los emplazamientos, sobre las instancias y sobre las funciones de este mercado, sobre las instituciones públicas y privadas que allí se confunden, sobre el lugar que ocupa en una «cultura» que, en un plano más amplio, ya constituye por si una manzana de la discordia.

No hablaré sobre ello. No es de mi incumbencia. Una vez más, sólo propongo una reflexión sobre la esencia del arte, o sobre su vestigio. Y, por consiguiente, sobre la historia que conduce a este vestigio. Por cierto, ella no brinda inmediatamente los principios a partir de los cuales podrían deducirse máximas prácticas. La negociación entre los dos registros es de otro orden. No propongo, entonces, una «teoría» destinada a una «práctica». Ni para una práctica de mercado, ni –menos aún, en lo posible–, para una práctica artística.

No obstante, dado que reencuentro aquí el motivo de la relación del arte con los discursos que se sostienen sobre él, y dado que algunos de estos discursos han podido ser percibidos, últimamente, como emergentes de una inflación filosófica y como participando, al mismo tiempo y de una manera más o menos hipócrita, de la extracción de plusvalor a costillas del arte, aprovecho la ocasión para afirmar, al contrario, que el trabajo de pensar y decir el arte –o su vestigio– se encuentra el mismo inmerso, entretejido, de manera por demás singular, en el trabajo del arte mismo. Y ello, desde que existe el «arte» (sea cual fuera la fecha a la cual se desee remontar su nacimiento, desde Lascaux o desde los griegos, o de este desapego, de esta distinción, en suma, que se llama el «fin del arte»). En cada uno de estos gestos, el arte compromete también la cuestión de su «ser»: busca su propia huella. Acaso mantiene siempre con sí mismo una relación de vestigio y de investigación.

(De manera recíproca, numerosas obras de arte actuales, demasiadas acaso, no se crean sino para llevar a término su propia teoría, o, al menos, parecen no ser otra cosa que eso: una forma más de vestigio. Pero este hecho en sí constituye un síntoma de la sorda exigencia que trabaja a los artistas y que no tiene nada de «teórica»: la exigencia de presentar al arte mismo, la exigencia de su propia ékfrasis.)

A propósito del mercado, añadiré sin embargo lo siguiente: no basta por cierto con estigmatizar la subordinación de las obras de arte al capitalismo financiero para rendir cuenta de aquello que coloca al arte en una situación de valor desorbitado. O de aquello que lo hace, si así puede expresárselo, desorbitar el valor mismo (el de uso, el de cambio, el valor moral y también el semántico).

No se traía de excusar, menos aún de legitimar, sea lo que fuere. Tampoco de ignorar que el mercado afecta no solamente al comercio de las obras de arte, sino a las obras de arte mismas. Se traía solamente de afirmar que no quedamos absueltos con una condena de moral estética. Y ello no tiene nada de nuevo en la historia del arte, que no nos ha esperado para ser también una historia comercial. (Lo que es nuevo es solamente un estado de la economía o del capital: dicho de otra manera, la cuestión es política en el sentido más intenso, brusco y difícil de la palabra.) Sin duda, el arte ha estado siempre fuera de precio por exceso o por defecto. Esta exorbitancia tiene que ver –si bien siempre a través de mediaciones, desviaciones y expropiaciones– con una de las apuestas más difíciles y más delicadas en la tarea de pensar el arte: pensar, sopesar, evaluar lo que tiene de archiprecioso o de fuera de precio, de invalorable. A la manera de un vestigio.

2. En lo relativo al debate que llamaremos «propiamente estético», distingamos dos planos:
Primer plano: la incomprensión y la hostilidad que suscita el arte contemporáneo son cuestiones de gusto. En este caso, toda discusión es útil. No en virtud de un liberalismo subjetivista de los gustos y los colores (en el cual no existe discusión), sino porque el gusto (si no se encuentra, en el otro extremo, confundido con la pulsión normativa o con la discriminación maniaca), en el debate de los gustos y disgustos, no es en suma más que el trabajo de la forma que se busca, del estilo que aún se ignora mientras se forma, y que se siente aun cuando no se pueda reconocer su sentido. El gusto, el debate sobre el gusto, es la promesa o la propuesta del arte, simétrica de su vestigio. Es la propuesta de una forma, de un esbozo destinado a una época o un mundo. En estas condiciones, desearía que hubiera más debate del que hoy existe... que se revivieran, de manera renovada, las batallas de Hernani o de Dada... No iré más lejos por esta pista, que proviene de Kant, como se sabe. (Excepto para observar que si no es posible, en este momento, proponer un «mundo», esta falla no es, en todo caso, imputable al arte y a los artistas, tal como lo hacen algunos, sino al «mundo», o a la ausencia de mundo...)

Segundo plano (que no es excluyente del primero, pero en el que no se trata de una cuestión de gusto): la incomprensión y la hostilidad, tanto como la aprobación desmedida, se encuentran, sin saberlo o sin querer saberlo, a la medida de aquello que el arte no puede comprenderse o recibirse bajo los esquemas que fueron los suyos. De estos esquemas, es verosímil que todo empleo de la palabra «arte» retenga inevitablemente lo siguiente: cuando decimos «arte», connotamos al menos «gran arte», vale decir, algo así como la idea de una gran forma que «limitaría intencionalmente con la cosmogonía de su tiempo» (por emplear la frase de Lawrence Durrell en El Cuarteto de Alejandría). Al decir «arte», evocamos una cosmética de alcance cósmico, cosmológico, incluso cosmogónico. Pero si no existe kosmos, ¿cómo existirá el arte en este sentido? Ahora bien, el hecho de que no exista kosmos constituye sin duda la marca decisiva de nuestro mundo: mundo, hoy, no significa kosmos. Por consiguiente, «arte» no puede significar «arte» en este sentido (Es por esta razón que yo había propuesto en primer lugar para hoy el titulo de «El arte sin arte».)

Al inscribir la polis en el kosmos, se debería también ejemplificar lo precedente mediante estas frases de G. Salles: «Un arte difiere del que lo ha precedido y se realiza porque precisamente enuncia una realidad de otra naturaleza que una simple modificación plástica, refleja otro hombre, (...) El momento que debe ser captado es aquél en que una plenitud plástica responde al nacimiento de un tipo social.» (Citado por Déotte, op. cit.; p. 17). Pero de igual manera que nuestro mundo ya no es cósmico, nuestra polis acaso ya no es política en el sentido que sugieren estas líneas.

A la determinación de este mundo acósmico y de esta ciudad «apolítica», es necesario no olvidarse aquí de agregar lo siguiente, que no juega allí el menor rol y que resume la conocida frase de Adorno: «Toda cultura posterior a Auschwitz, incluso su crítica urgente, no es más que un montón de basura». Aparte de su valor nominal, «Auschwitz» adquiere aquí un valor de metonimia para muchas otras instancias de lo insoportable. Esta frase no justifica, sin embargo, la conversión de la basura en obra de arte. Reenvía, al contrario, un eco terrible a un comentario formulado por Leiris mucho antes de la Segunda Guerra, en 1929: «Actualmente, no hay manera de hacer pasar algo porteo o repugnante. Hasta la mierda es hermosa[2].» La imbricación de mundo e inmundo no puede ser, para nosotros, ni desimbricada, ni disimulada. Es así que no hay kosmos. Pero carecemos de un concepto para designar un arte sin kosmos ni polis, si al menos ha de existir un arte de este tipo, o si continúa siendo del arte de lo que debe tratarse.

De esta manera, todas las acusaciones, todos los emplazamientos, exhortaciones o llamamientos dirigidos al arte desde el horizonte supuesto de un kosmos y de una polis a los cuales habría que «responden» o con los cuales debería «limitar intencionalmente» son vanos, puesto que nada, a nuestro juicio, respalda esta suposición. De este hecho, ya no es más posible suponer una región o una instancia del «arte», a la cual se podría dirigir, y dirigir demandas, órdenes o súplicas.

En cierta medida –inmensa medida, en verdad inconmensurable–, el arte se impone en nuestro tiempo un gesto severo, una penosa marcha hacia su propia esencia convertida en enigma, enigma que es manifestación de su propio vestigio. No es la primera vez: quizá toda la historia del arte esté conformada por sus tensiones y sus torsiones hacia su propio enigma. Tensión y torsión parecen hoy en su apogeo. Acaso se trate de una apariencia, acaso se trate de la concentración de un acontecimiento en marcha desde hace al menos dos siglos. O bien desde los orígenes de Occidente. Sea lo que fuere, «arte» vacila sobre su sentido, así como «mundo» vacila sobre su ordenamiento o sobre su destino. En estas condiciones, no existe ninguna disputa: debemos acompañar esta marcha, debemos saberlo hacer. Es exactamente del orden del deber y del saber más estrictos, y no del orden de los arrebatos, las execraciones o las celebraciones ciegas.

3. Es conveniente recordar, en primer lugar, que los arrebatos, las desolaciones o las simples constataciones de agotamiento ya se encuentran por sí mismos desgastados Kant escribía que el arte «sin duda ya ha alcanzado desde hace tiempo un límite que no puede franquear». Este límite se opone, en el contexto kantiano, al crecimiento indefinido de los conocimientos: no se trata exactamente de una constatación de agotamiento, sino de la primera forma de la constatación de un «fin», bajo el motivo ambiguo de una finalización siempre recomenzada del arte. Hegel, se sabe demasiado bien, declaró que el arte pertenecía al pasado en tanto que manifestación de lo verdadero. Renan, en una recuperación sin duda deliberada Hegel, escribía en el otro fin de siglo: «El mismo gran arte desaparecerá, llegará el tiempo en el que el arte será cosa del pasado». Duchamp enunció: «El arte ha sido pensado hasta el límite»[3]

El mero comentario de estas cuatro frases, y de su sucesión, demandaría un enorme trabajo. Aquí sólo anticiparé una conclusión: el arte tiene una historia, es quizás radicalmente historia. Vale decir, no progreso, sino pasaje, sucesión, aparición, desaparición, acontecimiento[4]. Pero, en cada oportunidad, lo que ofrece es la perfección, la realización. No la perfección en tanto que meta y término final hacia el cual se avanza, sino aquella perfección que refiere al advenimiento y a la presentación de una sola cosa en tanto que formada, en tanto que conformada a su ser, en su entelequia, por apelar a este término de Aristóteles que significa «un ser realizado en su fin, perfecto». De esta manera, se trata de una perfección siempre in progress[5], pero que no admite la progresión de una entelequia a la otra.

Es así que la historia del arte es una historia que se sustrae, desde el inicio y siempre renovadamente, a la historia o la historicidad representada como proceso y como «progreso». Se podría decir: el arte es cada vez radicalmente otro arte (no solamente otra forma, otro estilo, sino otra «esencia» del «arte»), según «responda» a otro mundo o a otra polis, pero es al mismo tiempo, cada vez, todo lo que es, todo el arte tal como es en sí, finalmente...

No obstante, esta realización sin fin –o bien esta finalización finita, si se intenta entender por tal una realización que se limita a aquello que es, pero que, por sí misma, abre la posibilidad de otra realización, y que es, por lo tanto, también finalización infinita– este modo paradójico de la perfección es sin duda lo que nuestra tradición exige y evita a la vez pensar. Este gesto ambiguo responde a razones profundas, que abordaremos más tarde. De este modo, dicha tradición designa como un límite, como un fin en sentido banal, y muy rápidamente como una muerte, lo que en verdad bien podría ser el suspenso de una forma, la instantaneidad de un gesto, la sincopa de una aparición... y también, por consiguiente, cada vez, de una desaparición, ¿somos capaces de pensar eso? Vale decir –ustedes ya lo adivinan–, de pensar el vestigio.

Será muy necesario hacerlo. Puesto que si el acontecimiento del arte al acabarse y desvanecerse se repite en su historia, si conforma esta historia como el ritmo de su repetición (y ello, insisto, quizás en silencio después de Lascaux), es que lo inviste de cierto carácter de necesidad. No se escapará de ello ni con exorcismos ni con bendiciones. En consecuencia, así como no busco aquí un juicio de gusto, tampoco propongo un juicio final sobre el arte contemporáneo, un juicio que lo evaluaría, para bien o para mal, con la vara de una finalización ideológica (que también seria, forzosamente, teológica, así como cosmológica y antropológica). Propongo, por el contrario, examinar de que género de «perfección» o de «finalización finita/infinita» es susceptible aquello que queda cuando una realización se exhibe e insiste en exhibirse. Mi propósito es entonces el siguiente: de una perfección finita, o vestigial.

4. Si se desea ser cuidadoso, y ponderar con precisión las palabras y su historia, convendrá adoptar una definición del arte que englobe todas las otras (al menos para Occidente, pero el «arte» es un concepto de Occidente). Se trata, no por azar, de la definición de Hegel: el arte es la presentación sensible de la idea. Ninguna otra definición se distancia lo suficiente de ella como para oponérsele de manera fundamental. Ella encierra, hasta nuestros días, el ser o la esencia del arte. Mediante diversas versiones o matices, es válida desde Platón hasta el mismo Heidegger (al menos hasta el texto conocido de El origen de la obra de arte, no ocurre lo misino con la primera versión de este texto que publicó E. Martineau en 1987. Pero no puedo entrar aquí en el análisis que sería necesario). Más allá, se trata de nosotros: nos debatimos –y debatimos– en tormo a un interior/exterior de esta definición; nos incumbe debatir con ella, inevitable y sin embargo ya superada, como quisiera mostrar.

Esta definición no solamente asedia a la filosofía, sino que domina otras definiciones que parecían alejadas del discurso filosófico. Por tomar algunos ejemplos, la fórmula de Durrell que antes cité no dice otra cosa. Tampoco la siguiente de Joseph Conrad: «Se puede definir el arte como la tentativa de un espíritu individual por hacer justicia al universo visible, poniendo a la luz la verdad diversa y única que encubre cada uno de sus aspectos[6]». Ni siquiera esta otra, cuya proximidad es solamente más disimulada, que Norman Mailer toma de Martin Johnson: «El arte es la comunicación de la emoción.»[7] Ni asimismo ésta de Dubuffet: «No existe arte sin embriaguez. Mas entonces: ¡loca embriaguez! ¡que se desplome la razón! ¡que delire! [...] El arte es la orgía más apasionante al alcance del hombre...[8]»

Para captar, no la simple identidad, sino la profunda homogeneidad de estas fórmulas, basta no olvidar que la Idea hegeliana no es en absoluto la Idea intelectual. La Idea no es ni el ideal de una noción ni el ideal de una proyección, sino la conjunción en sí y para sí de las determinaciones del ser (para avanzar rápidamente, se la puede nombrar también verdad, sentido, sujeto, incluso ser). La Idea es la presentación ante sí del ser o de la cosa. Es así que ella es su conformación y su visibilidad interna, o, más aun, es la cosa misma en tanto que vista, tomando la palabra simultáneamente como sustantivo (la cosa como una forma visible) y como adjetivo (la cosa vista, aprehendida en su forma, pero a partir de sí o de su esencia).

En estas condiciones, el arte es la visibilidad sensible de dicha visibilidad inteligible, vale decir, invisible. La forma invisible –el eidos de Platón–, retorna a sí misma y se apropia como visible. De esta manera, actualiza y manifiesta su ser de Forma y su forma de Ser. Todos los grandes pensamientos de la «imitación» no han sido jamás otra cosa que pensamientos de la imitación –o de la imagen– de la Idea (la cual no es, como se comprende, otra cosa que la auto-imitación del ser, su mímica trascendente o trascendental). Y recíprocamente, todos los pensamientos de la Idea son pensamientos de la imagen o de lo imitación. Inclusive, y especialmente, cuando se separan de la imitación de las formas exteriores o de su «naturaleza» así entendida. Todos estos pensamientos son de esta manera teológicos, girando giran obstinadamente en torno del gran motivo de «la imagen visible del Dios invisible», que constituye la definición de Cristo para Orígenes.

Es de este modo que toda la modernidad que habla de lo invisible o de lo impresentable se encuentra siempre al menos en trance de reconducir este motivo. Él es, por ejemplo, una vez más, el que domina el epitafio de Klee citado por Merleau-Ponty; «Soy invisible en la inminencia.»[9]

Lo que cuenta, entonces, es lo siguiente: una visibilidad de lo invisible como tal, o la idealidad hecha presente, sea en la presencia paradójica de su abismo, de su noche o de su ausencia. Es ella misma la que constituye lo bello, desde Platón –y más aún quizá desde Plotino, para quien se trata, en el acceso a la belleza, de devenir sí mismo, en su intimidad, luz y visión pura, y de esta manera «el único ojo capaz de ver la suprema belleza[10]» La suprema belleza, o el resplandor de la verdad, o el sentido del ser. El arte, o el sentido sensible del sentido absoluto. Y es aún la que constituye lo bello al ir mas allá de sí misma en lo «sublime», en lo «terrible», e igualmente en lo «grotesco», en la implosión de la «ironía», en una entropía general de las formas o en la posición pura y simple de un objeto ready-made.

5. Algunos, quizás, se precipitarán a concluir: he aquí por que el arte está en proceso de extinción: porque ya no tiene Idea que presentar, o porque el artista ya no quiere hacerlo (o bien ha perdido el sentido de la Idea). Ya no hay sentido, o bien ya no se lo busca, estamos atascados en el rechazo del sentido y en la «voluntad del fin» mediante la cual Nietzsche caracteriza el nihilismo. Se demanda entonces del artista, mas o menos explícitamente, que reencuentre la Idea, el Bien, lo Verdadero, lo Bello...

Tal es el discurso, tan débil aquí como en otra parte, de los que creen que basta agitar la bandera de los «valores» y de lanzar exhortaciones morales. Inclusive si es necesario admitir que el nihilismo está presentes en uno u otro artista (en aquel que, como dice Nietzsche, «pone en evidencia la naturaleza cínica y la historia cínica»[11]), será preciso sin embargo analizar su proveniencia de manera muy diferente y, por consiguiente, también extraer consecuencias muy diferentes. En la medida en que el arte, en efecto, alcanza lo extremo, en el que logra un momento de realización y/o de suspenso, pero en el que al mismo tiempo permanece bajo la definición y la prescripción de la «presentación sensible de la Idea», llega a detenerse y congelarse como en el último resplandor de la Idea, en su residuo puro y sombrío. En el límite, no queda más que la idea del arte mismo, como un puro gesto de presentación replegado sobre sí. Pero este residuo funciona aún como la Idea, e incluso como Idea pura del sentido puro, o como una visibilidad ideal sin otro contenido que la luz misma: como el núcleo puro de tinieblas de una autoimitación absoluta.

Nada más platónico, o más hegeliano, que ciertas formas en las que prevalece una pureza –o una depuración–, ya sea material, ya sea conceptual, minimalista, productiva o acontecimental. Podría decirse que es el arte de la Idea residual. No por ser residual, desencadena menos, al contrario, un deseo infinito de sentido y de presentación del sentido. Y este residual no es lo vestigial de lo cual hablare más adelante. Es su reverso.

En verdad, el rasgo destacable de gran número de obras de arte de hoy no se encuentra en lo informe o en la deformidad, en lo repulsivo o donde fuere: se encuentra en la búsqueda, el deseo, o la voluntad del deseo. Se intenta significar: el mundo y lo inmundo, la técnica y el silencio, el sujeto y su ausencia, el cuerpo, el espectáculo, la insignificancia o la pura voluntad de significar. Una «búsqueda de sentido» es el leitmotiv (más o menos consciente) de quienes olvidan, como el Wagner de Parsifal, que la estructura de la búsqueda es una estructura de fuga y de pérdida, en las que el sentido deseado se desangra por completo poco a poco.

De esta manera, la demanda o la postulación de la Idea se dejan aprehender en su desnudez, en su carne viva. Tanto más desnuda y en carne viva en la medida en que son desprovistas a la vez de referentes y de códigos para sus referentes (que fueron en otro tiempo los de la religión, los mitos, la historia, el heroísmo, la naturaleza, el sentimiento, antes de convertirse en los de la visión o de la sensación misma, de la textura o de la materia, y hasta la forma autorreferencial). Es allí donde, con encarnizamiento y con ingenuidad, se despliega esta demanda de la Idea, en que el arte se agota y se consume: no queda de el más que su deseo metafísico. No es más que una abertura tendida hacia su fin, hacia un telos/teos vacio del cual aún presenta la imagen. Nihilismo, entonces, pero en tanto que simple retorno del idealismo. Si, para Hegel, el arte ha llegado a su fin porque la Idea se presenta ante él en su propio elemento, en el concepto filosófico; para el nihilista, en cambio, el arte llega a su fin al presentarse en su concepto propio y vacío.

6. Con ello no se han agotado sin embargo los recursos de la definición del arte ni los recursos del arte mismo Aún no se ha acabado con su fin. Éste encubre todavía una complicación suplementaria y de la cual proviene toda la complejidad de lo que se encuentra en juego en el arte de hoy. Para percibirlo, es preciso avanzar un paso más en la lógica de la «presentación de la Idea».

Este paso se ejecuta en dos momentos, de los cuales el primero todavía pertenece a Hegel (y a través de él a toda la tradición), mientras que el segundo refiere al límite de Hegel y llega hasta nosotros (via Heidegger, Benjamin, Bataille, Adorno).

El primer momento viene a afirmar que la «presentación sensible de la Idea» es en sí misma una necesidad absoluta de la Idea. Dicho de otra manera, la Idea no puede ser lo que es –presentación de una cosa en su verdad– sino a través, en y como este orden sensible que es al misino tiempo su exterioridad y, más aún, que es la exterioridad misma en tanto que aquello que es sustraído al retorno-en-sí y para-sí de la Idea. La Idea debe salir de sí para ser ella misma. Eso se llama necesidad dialéctica. Como ustedes ven, su implicación es equivoca: por una parte, el arte es siempre necesario, entonces, ¿cómo podría tener fin? Pero, por otra parte, es la Idea la que es presentada para terminar. No me detendré aquí más tiempo sobre este equívoco, aunque haya mucho que aprender de la manera muy especifica en que dicho equívoco trabaja la Estética de Hegel y complica o, más aún, subviene secretamente el esquema del «fin del arte».

Pero paso al segundo momento: aquel en que Hegel no accede (no logra acceder) a lo que permanece, en suma, como el residuo del equivoco (y sobre lo cual este equivoco entonces también opera, a su manera). De manera lapidaria, este segundo momento puede enunciarse así: la Idea, al presentarse, se retrae en tanto que Idea. He aquí un enunciado que es necesario examinar más detenidamente.

La presentación de la Idea no constituye la puesta a la vista en el exterior de aquello que se hallaba en el interior, si el interior no es lo que es –«interior»– sino en el exterior y en tanto que exterior. (Se trata en el fondo de la estricta lógica de una autoimitación.) Así, en lugar de reencontrarse y retornar como la idealidad invisible de lo visible, la Idea borra su idealidad para ser lo que es. Pero lo que ella «es», a causa de ello, no lo es y no puede serlo.

En otros términos: que el sentido sea su propio repliegue, he aquí quizás lo que nos queda de la filosofía de la Idea, es decir, lo que nos queda por pensar. Pero que el repliegue del sentido no sea nuevamente una Idea impresentable por presentar, he aquí lo que hace indisociablemente de este resto –y de su pensamiento– una tarea del arte: puesto que si este repliegue no es una idealidad invisible por visualizar, es que es por completo al trazarse directamente en lo visible, como lo visible mismo (o como lo sensible en general). Tarea del arte, en consecuencia, que no seria más la de una presentación de la Idea, y que debería definirse de otra manera.

7. Es aquí donde el remanente es vestigio. Si no existe lo invisible, no existe imagen visible de lo invisible. Con el repliegue de la Idea, es decir, con el acontecimiento que sacude nuestra historia desde hace dos siglos (o bien, desde hace veinticinco Siglos...), la imagen también se repliega. Y como veremos, lo otro de la imagen es el vestigio

La imagen se repliega en tanto que fantasma o espectro de la Idea, destinada a desvanecerse en la presencia ideal misma. Se repliega así en tanto que imagen de, imagen de algo o de alguien que no sería una imagen. Se desdibuja como simulacro o como rostro del ser, como sudario o como gloria de Dios, como impronta de una matriz o como expresión de un inimaginable. (Volveremos sobre este pasaje, que es acaso en primer lugar una imagen bien precisa que se desdibuja: el hombre como imagen de Dios.)

En este sentido, lejos de ser la «civilización de la imagen» a la que se acusa, también a ella, de crímenes cometidos contra el arte, somos más bien una civilización sin imagen, dado que no está presente la idea. El arte, hoy, tiene por tarea responder a ese mundo o responder por él. No se trata de construir imagen a partir de esta ausencia de Idea, dado que en este caso el arte permanece apresado dentro del esquema ontoteológico de la imagen de lo invisible, de ese dios que habría que «imaginar inimaginable», según Montaigne. Se trata por lo tanto de otra tarea, cuyos datos es necesario intentar esbozar.

Está claro, por lo menos, que si el arte continúa siendo definido como una relación de la imagen a la Idea, o de la imagen a lo inimaginable (doble relación que casi determina, en la tradición, la partición entre lo bello y lo sublime en las determinaciones filosóficas del arte), es entonces el arte en su integridad que se repliega con la imagen. Y es lo que, en efecto, vio venir Hegel. Si su fórmula ha conocido una fortuna tal, si ha sido inclusa ampliada y desviada, es simplemente porque era verdadera, y porque el arte empezaba a terminar con su función de imagen. Lo que equivale a decir, con su función ontoteológica: es en la religión, o como religión, que el arte hegeliano deviene «cosa del pasado». Pero es así, quizás, que el arte comenzaba a tornarse visible de otra manera que como imagen, que llegaba a hacerse sentir de manera diferente.

En un mundo sin imagen en el sentido expuesto, se despliega una plétora, un torbellino de imágenes en las que es imposible reencontrarse, en las que el arte ya no se reencuentra más. Es una proliferación de vistas, lo visible y lo sensible mismo en múltiples esquirlas, que no reenvían a nada. De vista que no hacen ver nada, o que nada ven; vistas sin visión. (Piénsese en el desdibujamiento de aquella figura romántica en la que el artista era un visionario.) O bien, y de manera simétrica, este mundo se encuentra atravesado por una interdicción «radicalizada» de imágenes, como dice Adorno[12], y se ha convertido así en «sospechoso de superstición», si no es otra cosa que la angustia frente a la nada en la que se sostendría toda imagen. Este «reenvío a la nada» se abre entonces a una ambigüedad fundamental: o bien la «nada», de manera obstinada –y me atrevería a decir obsesiva–, se comprende aún como negativo de la Idea, como Idea negativa o como abismo de la Idea (como el vacío en el centro de su auto-imitación), o bien puede comprenderse de otra manera, Es lo que yo quisiera proponer bajo el nombre de ese casi nada que es el vestigio.

8. Lo que permanece en repliegue de la imagen, o lo que permanece e su repliegue, como este repliegue mismo, es en efecto el vestigio. El concepto de esta palabra nos será dado en primer lugar, sin duda no por azar, por la teología y por la mística. Iremos a tomarlo allí, para apropiárnoslo. Los teólogos han establecido la diferencia entre imagen y vestigio con el objeto de distinguir entre la marca de Dios en la criatura razonable, en el hombre imago Dei, y otro modo de esta marca en el resto de la creación. Este otro modo, el modo vestigial, se caracteriza por lo siguiente (tomo en préstamo aquí el análisis de Tomás de Aquino): el vestigio es un efecto que «representa solamente la causalidad de su causa, mas no su forma»[13]. Tomás de Aquino da como ejemplo el humo, cuya causa es el fuego. En efecto, añade al referirse al sentido de la palabra vestigium, que designa en primer lugar la suela o la planta del pie, un rastro, una impronta de paso: «el vestigio muestra que ha habido un movimiento de alguien que pasa, pero no de quien pasa.» El vestigio no identifica su causa o su modelo, a diferencia (y es otra vez el ejemplo de Santo Tomás) de la «estatua de Mercurio, que representa a Mercurio» y que es una imagen. (Debe recordarse aquí que, en conceptos aristotélicos, el modelo es también una causa: la causa «formal».)

En la estatua existe la Ide, el eidos y el ídolo de Dios. En el humo vestigial no hay eidos del fuego. También se podría decir: la estatua tiene un «interior», un «alma», el humo no tiene interior. Nada conserva del fuego sino su consumación. Se dice «no existe humo sin fuego», pero aquí el fuego vale en primera instancia como la ausencia del fuego, de la forma del fuego (a diferencia, precisa el de Aquino, de un fuego iluminado como electo de un fuego iluminante). No obstante, no se considera esta ausencia como tal, no se refiere a la impresentabilidad del fuego, sino a la presencia del vestigio, a su resto o a la impresión de su presencia. (Vestigium proviene de vestigare, «seguir la huella», palabra de origen desconocido, de la que se pierde el rastro. No se trata de una «búsqueda», sino de encaminar sus pasos en el rastro del paso.)

Con seguridad, para la teología existe el fuego: es el fuego de Dios. Y más aún, sólo el fuego tiene un ser verdadero y pleno: el resto es ceniza y humo (o, por lo menos, se encuentra allí uno de los polos de la consideración teológica, de la que el otro polo sigue siendo una afirmación y una aprobación de toda cosa creada). No busco aquí entonces una derivación continua del «vestigio» a partir de la teología: pues en este caso se trata aún de un resto de teología que introduciré. De que el vestigio pueda ser perfectamente religioso tenemos un ejemplo en los márgenes legendarios del islam: la impronta del pie de Mahoma en el momento de su partida al cielo. Existe, por otro lado, detrás de la teología cristiana, toda una espiritualidad y una teología bíblicas del rastro y del pasaje. Ahora bien, el rastro de Dios sigue siendo su rastro, y Dios no se desvanece en él. Buscamos otra cosa: el arte indica otra cosa. Hasta una atención demasiado sostenida a esta palabra de «vestigio», como a cualquier otra palabra, podría amparar la tendencia a hacer de ella un nombre más o menos sagrado, una especie de reliquia (otra forma del «resto»), Es preciso apelar aquí a una semántica que sea ella misma vestigial: no permitir que el sentido se pose más tiempo que el pie de un pasante.

En estas condiciones, lo que aquí postulo –y que, creo, se propone expresamente desde Hegel– es que el arte es humo sin fuego, vestigio sin Dios, y no presentación de la Idea. Fin del arte-imagen, nacimiento del arte-vestigio; o bien, actualización de lo siguiente: que el arte siempre fue vestigio (y que por ende siempre se sustrajo al principio onto-teológico). ¿Pero cómo entender esto?

9. En el arte debería distinguirse entonces entre imagen y vestigio, en la misma obra de arte, acaso en todas las obras de arte. Debería distinguirse lo que opera o lo que demanda una identificación del modelo o de la causa, aunque fuera negativa, y lo que propone –o lo que expone– solamente la cosa, cualquier cosa, y entonces, en un sentido, cualquiera que fuese, pero no de cualquier manera, no en tanto que imagen de la Nada y tampoco en tanto que puro iconoclasma (lo que acaso viene a ser lo mismo). Cualquier cosa en tanto que vestigio.

Para intentar discernir lo que se encuentra en juego en este concepto singular, alojado como un cuerpo extraño, difícilmente localizable, entre presencia ausencia, entre el todo y la nada, entre la imagen y la Idea, huyendo de estas parejas dialécticas, retornemos al vestigium. Recordemos en primer lugar que para el teólogo el vestigium Dei es directamente lo sensible, es lo sensible mismo en su ser-creado. El hombre es imago en tanto que rationalis, pero el vestigium es sensible. Vale decir también que lo sensible es el elemento en el cual, o como el cual la imagen se desdibuja y se repliega. La Idea allí se pierde... Dejando su rastro, sin duda, pero no como la impronta de su forma: como lo trazado, el paso de su desaparición misma. No la forma de su auto-imitación, ni la forma en general como auto-imitación, sino lo que de ella queda cuando no ha tenido lugar.

Así, por poco que se trasponga aquí el limite de la ontoteología, el paso que sucede a Hegel desde Hegel pero finalmente fuera de él, el paso en el extremo del fin del arte, y que culmina este fin en otro acontecimiento, entonces ya no tiene que ver con la pareja de lo sensible que presenta y lo ideal presentado. Tiene que ver con lo siguiente: la forma-idea se repliega y la forma vestigial de este repliegue es lo que nuestro léxico platonizante nos lleva a nombrar «sensible». La estética en tanto que dominio y en tanto que pensamiento de lo sensible no significa otra cosa. Aquí, el rastro no es el rastro sensible de un insensible que lo encaminaría por su senda o por su pista (que indicaría el sentido hacia el Sentido): es lo trazado o el trazado (de lo) sensible, en tanto que su sentido mismo. El ateísmo mismo (y es sin duda lo que Hegel ya había comprendido).

¿Que podría querer decir esto? Intentemos avanzar más en la comprensión del vestigium. Esta palabra designa la planta del pie, así como su impronta o su rastro. Se puede de allí extraer, si es posible decirlo, dos rasgos alejados de la imagen. El pie, en principio, es lo opuesto al rostro, es la faz o la superficie más disimulada del cuerpo. Podrá pensarse aquí en la presentación, ateológica en suma, del Cristo muerto de Mantegna, con las plantas de sus pies vueltas hacia nuestros ojos[14]. También se podría recordar que la palabra faz proviene de una raíz que significa posar: posar, presentar, exponer, sin remitir a nada. Aquí, sin relación con nada diferente que un suelo que sostiene, pero que no forma un sustrato o sujeto inteligible: solamente espacio, extensión y lugar de pasaje. Con la planta del pie se está en el orden de lo plano y lo horizontal, de la extensión horizontal sin referencia a la vertical tirante.

El pasaje constituye el segundo rasgo: el vestigio como testimonio de un paso, de una marcha, de una danza o de un salto, de una sucesión, de un impulso, de una consecuencia, de un ir-y-venir, de un transire. No es una ruina –que es el resto devastado de una presencia– sino precisamente un contacto a ras del suelo.

El vestigio es el resto de un paso[15]. No es una imagen, porque el paso mismo no consiste en otra cosa que en su propio vestigio. Una vez que el paso ha sido dado, ya es pasado. O, más bien, no es nunca, en tanto que paso, simplemente «dado» y registrado en alguna parte. Si así puede expresarse, el vestigio es su contacto o su operación, sin llegar a ser su obra. O bien, en los términos que he venido empleando hasta el momento, seria la finalización infinita (o la no finalización) y no la perfección finita. No existe presencia del paso, pero este no llega a ser el mismo hasta que se manifiesta en presencia. Es imposible decir literalmente que el paso tiene lugar: en cambio, un lugar en el sentido fuerte de la palabra es siempre el vestigio de un paso. El paso, que es su propio vestigio, no es un invisible –no es Dios ni el paso de Dios– y no es tampoco la simple superficie quieta de lo visible. El paso ritma lo visible con lo invisible, o bien a la inversa, si se debe hablar ese lenguaje. Este ritmo comporta secuencia y sincopa, recorrido e interrupción, rasgo y orificio, frase y espasmo. Conforma así una figura, pero esta figura[16] no es imagen en el sentido al que me acabo de referir. El paso de la figura, o el vestigio, es su trazado, su espaciamiento.

Es necesario asimismo renunciar a nombrar y a dar atributos al ser del vestigio. Lo vestigial no es una esencia. Y es ello mismo lo que nos encamina de ahora en más tras el rastro de la «esencia del arte». Que el arte sea hoy su propio vestigio, he aquí lo que nos abre a él. No es una presentación degradada de la Idea, ni la presentación de una Idea degradada: presenta lo que no es «Idea», la moción, el advenimiento, el pasaje, lo ya-ido de toda llegada-en-presencia. Así, en el Infierno de Dante, un hundimiento suplementario de la barca o el rodar de ciertas piedras señalan a los condenados –pero no les hacen ver– el pasaje invisible de un ser vivo[17]

10. Apartándose de la cuestión del ser, se presentaría la del agente. Quedaría por preguntar: ¿de quién es el paso?, ¿de quién es el vestigio?

No es el de los dioses, o bien sería cuanto más el de su partida. Pero esta partida es tan antigua como el arte de Lascaux. Si «Lascaux» significa «arte», es decir, si el «arte» no emerge progresivamente de la materia sin valor de la magia –y mas tarde de la religión–, sino que indica desde el principio otra postura, no la impronta de la genuflexión, sino el rastro del paso, entonces la cuestión del arte jamás ha ocupado al arte. La idolatría y la iconoclastía no tienen vigencia sino con relación a la Idea. Ello no impide en absoluto que el arte haya sido homogéneo con respecto a las religiones (y seria necesario, además, considerar las diferencias entre ambas). Pero en la religión misma, el arte no es religioso (Hegel lo habría comprendido).

Habría mucho que decir del paso de los animales, de sus ritmos y sus marchas, de sus rastros multiplicados, vestigios de patas o de olores, y de lo que en el hombre constituye vestigio animal. Aquí, una vez más, seria necesario volverse a lo que Bataille denomina la «bestia de Lascaux». (Suponiendo que se pueda ignorar, más acá del animal, todas las otras formas de pasos o de pasajes, las presiones, los frotamientos, los contactos, todos los roces, estrías, rayas, jaspeados, rasguños...) Pero correré el riesgo de afirmar que el vestigio es propio del hombre. No del hombre-imagen, no del hombre sometido a la ley de ser imagen de su propia Idea, o de la Idea de sí mismo. A un hombre, por lo tanto, al que difícilmente convenga ese nombre, si es difícil separarlo de la Idea, de la teología humanista. Pero, digamos, tratemos de decir, aunque más no fuera como un ensayo, el pasante. Un pasante, cada vez, y cada vez quienquiera que fuese: no es que sea anónimo, sino que su vestigio no lo identifica[18]. Es, cada vez, entonces, también común.

Él pasa, él es en el pasaje: lo que también se llama existir. Existir: el ser pasante del ser mismo. Llegada, partida, sucesión, pasaje de los límites, distanciamiento, ritmo y sincopa del ser. Así, no la demanda de sentido sino el pasaje como todo el tener lugar del sentido, como toda su presencia. Existirían dos modos del ser-presente, o de la prae-esse: el-ser-al-encuentro-de, presentado, de la idea, la Idea; y el ser-delante-de, que precede (no presenta), que pasa y, por lo tanto, es siempre-ya-pasado. (En latín, vestigium tempris ha podido significar el lapso muy breve, el momento o el instante. Ex vestigio = en el acto.)

No obstante, el nombre del hombre sigue siendo en una medida demasiado grande un nombre, una Idea y una imagen. Y no es en vano que fuera enunciado su desdibujamiento. Sin duda, pronunciarlo de nuevo, en otro tono completamente distinto, es también rechazar la interdicción angustiada de las imágenes, sin reconducir necesariamente al hombre del humanismo, vale decir, de la auto-imitación de su Idea. Pero, pan finalizar y de pasada, aún se podría intentar introducir una nueva palabra: la gente. «La gente», palabra vestigio si las hay, nombre sin nombre de lo anónimo y lo confuso, nombre genérico por excelencia, pero cuyo plural evitaría la generalidad, indicaría más bien, al contrario, el singular en tanto que es siempre plural, y también el singular de los géneros, de los sexos, de las tribus (gentes), de los pueblos, de los géneros de vida, de las formas (¿cuántos géneros hay en el arte?, ¿cuántos géneros de géneros?, pero jamás existió un arte que no perteneciera a algún énero...), y el singular/plural de las generaciones y de los engendramientos, es decir, de las sucesiones y de los pasajes, de las llegadas y las partidas, de los saltos, de los ritmos. El arte y la gente: los dejo con ese título para otra conversación.


Traducción de Daniel Santero
Jean-Luc Nancy: «Le vestige de 1'art» en Les Muses; Paris, Galilée, 1996.
[1] Jean-Louis Déotte, Le Musée, L’origine de l’esthétique, L'Harmattan, 1993.
[2] Adorno, Dialectique nègative. Trad. fancesa, p. 154, París, Payot, 1978, Leiris Journal, 1922-1989, p. 154. París Gallimard, 1992.
[3] Kant, 3ème Critique, # 47. - Renán: Dialogues et Fragments philosophiques, edición si referencia, p. 83 2do Diálogo, «Probabilidades», in fine. – Duchamp: Citado en Nella Arambasin, La conception du sacré dans la critique d’art en Europe entre 1880 et 1914, Tesis de Doctorado en Antropología Religiosa, Universidad de París IV-La Sorbona, noviembre 1992, t. I. p. 204; este trabajo contiene una veta de informaciones preciosas concernientes a la consideración del «fin del arte» y a sus efectos en el arte y en el discurso sobre el arte en el período considerado.
[4] Jan Patocka introdujo algunas reflexiones en este sentido; cf. L’Art et le temps, trad. E. Abrama, POL, 1990.
[5] En inglés en el Original. [N. d. T]
[6] Prefacio a El negro Narciso.
[7] Morceaux de bravoure, p. 401, París, Gallimard, 1992.
[8] Prospectus et tous écrits suivants, I, p. 79, París, Gallimard, 1967.
[9] L’Oeil et l’Esprit, cap. IV.
[10] Enéadas, II, 6.
[11] Werke in drei Bänden, III, p. 617, Schlechta, Munich, Hanser, 1956.
[12] Dialectique nègative, op.cit., p. 313.
[13] Summa Theologica, Ia, qu.45, art. 7. Sobre la imagen y el vestigio, en Tomás de Aquino y en otras partes, es necesario consultar los análisis de Georges Didi-Huberman en su Fra Angelico. Dissemblance et figuration, Flammarion, 1990. Me separo de este autor al proponer una interpretación no dialéctica del vestigium, pero en el marco de la teología, la interpretación dialéctica de Didi-Huberman se encuentra absolutamente fundada.
[14] Puede comparárselo, entre otros ejemplos, con La lección de anatomía del Dr. J. Deymann, de Rembrandt.
[15] Hablar del paso es saludar a Blanchot y a Derrida.
[16] Sobre la cuestión de la figura, cf. Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, «Scène», Nouvelle Revue de Psychanalyse, otoño de 1992.
[17] XII, 28 y XIII, 27.
[18] Saludos, esta vez, a Thierry de Duve («Fais n’importe quoi...», Au nom de l’art, parís, Minuit, 1981).