Elizabeth Bishop
Amor de Emily*
(Traducción Javier Pavez)
“Emily Dickinson’s Letters to Doctor and Mrs. Josiah Gilbert Holland”. Editada por su nieta, Theodora Van Wagenen Ward (Harvard University Press; $4).
En cierto sentido, todas las cartas de Emily Dickinson son “cartas de amor”. Para ella, aparte del amor, humano y divino, poco había que valiera la pena escribir, y, a menudo, ambas parecían fusionarse. La abundancia de detalles –descripciones de la vida cotidiana, ropa, comidas, viajes, etc.– que se encuentra en lo que usualmente se consideran “buenas cartas” juegan un nimio papel en las suyas. En cambio, hay una insistencia constante en la fuerza de sus afectos, un atrevimiento casi pueril y una repetitividad que a veces deben de haber sido muy difíciles de soportar. ¿Es acaso un elogio a su elección de amistades, y a sus propios amigos, que ellos pudieran soportarlo y frecuentemente también apreciarla como poeta? ¿O bien es sólo un homenaje al mal gusto y al extremo sentimentalismo de la época?
En cualquier caso, una carta que contiene comentarios tan embarazosos para nosotros como “Me encantaría ser un pájaro o una abeja, cantando o zumbando tal vez aún estaría cerca de ti”, es rescatada en el momento oportuno por una frase como “Si no fuera por la plena luz del día, y la cocina y los gallos, me temo que tendrías la ocasión de sonreír a menudo ante mis cartas, pero tan seguro como que ‘este mortal’ ensaya la inmortalidad, un cuervo de un corral vecino disipa la ilusión, y estoy aquí de nuevo”. En la correspondencia moderna, las expresiones de sentimientos han pasado a la clandestinidad: pero si a veces nos avergüenzan las cartas de Emily Dickinson, nos ahorran el cinismo y el “humor” del escritor-epistolario contemporáneo.
* * *Esta colección bellamente editada de noventa y tres cartas escritas al doctor y la señora Holland abarca los últimos treinta y tres años de la vida de Emily Dickinson. El doctor Holland había comenzado su carrera como médico rural bastante renuente, y llegó a convertirse en un ciudadano adinerado, un popular conferenciante, el editor del Springfield Republican y, finalmente, el fundador y editor de Scribner’s Monthly.Es curioso figurarse que la familia Dickinson leyera el Springfield Republican tan religiosamente como deben de haberlo hecho, por las muchas referencias de soslayo a ello; pero los acontecimientos de actualidad, salvo por ciertas generalizaciones que normalmente se convierten en metáforas, rara vez aparecen en estas cartas de gratitud y devoción. Como en su poesía, Emily Dickinson se interesa en la Geografía (en la que el “Cielo” parece ser uno de los lugares más familiares) y las Estaciones, tanto como en sus propias combinaciones de ambas. “También es noviembre. Las lunas son más lacónicas y los ocasos más severos, y las luces de Gibraltar hacen que el pueblo sea extranjero. Siempre me ha parecido que Noviembre es la Noruega del año”. “Febrero pasó raudo.... Mis flores son cercanas y extranjeras, y no me es preciso más que cruzar el fondo para estar en las Islas de las Especias”. Y en las cartas finales, cuando la señora Holland está de visita en Florida, Emily Dickinson habla de ello como si se tratara del Cielo, del cielo con el que está familiarizada así como se mantiene ignorante de un estado terrenal.El uso de imágenes hogareñas, y su solidez, recuerdan una y otra vez a George Herbert, y a medida que las cartas se vuelven más breves y epigramáticas, uno recuerda no sólo la poesía de Herbert sino secciones enteras de sus “Outlandish Proverbs”. Y se agradece el carácter de esbozo: es agradable, para variar, conocer a una poeta que nunca sintió la necesidad de disculpas y ensayos, de párrafos largos, ni siquiera de frases prolongadas. Con todo, estas cartas no carecen de estructura y fuerza. Es el esbozo de la araña de agua que se aferra tenazmente a su posición corriente arriba por medio de las más tenues ondulaciones, mientras nos hace caer en cuenta de la corriente de la muerte y de la oscuridad que hay debajo.El cuidadoso estudio de la cambiante escritura a mano de Emily Dickinson, apéndice de este volumen, confirma pictóricamente esta imagen. Entre otras ilustraciones, hay una encantadora fotografía de Lavinia Dickinson, riendo y sosteniendo uno de sus innumerables gatos que parecen haber sido una prueba para su adorada hermana. Veintinueve de las cartas se incluyeron en la edición más reciente de Letters of Emily Dickinson, volumen editado por Mabel Loomis Todd, con una introducción de Mark Van Doren (World; $3.75). La señora Holland murió creyendo que todas las demás se habían perdido, pero ahora se han encontrado unas sesenta más y es posible que otras puedan aún salir a la luz.
1951.
Notas
* “Love from Emily; Emily Dickinson’s Letters”, en Elizabeth Bishop, Poems, Prose, and Letters (New York: The Library of America, 2008), pp. 689-691.