viernes, 26 de junio de 2026

 

Friedrich Hölderlin


El destino 

(1793-1794)


«Sabios son los que se someten voluntariamente a su destino».
Esquilo.


Cuando de los valles sagrados de la paz,

donde el amor trenzaba coronas de flores,

desapareciera el encanto de la dorada antigüedad,

marchándose más allá, donde los dioses celebraban sus banquetes;

cuando la férrea ley del destino,

la gran maestra, la necesidad,

ordenase a la poderosa estirpe

emprender el largo y amargo combate.


Entonces, saltó él de la cuna materna;

y allí le encontró al bello surco

que conduce a la difícil victoria de su virtud;

él, el hijo de la sagrada naturaleza.

El más alto don de los grandes espíritus,

la fuerza felina de la virtud, emprendió

la victoria, arrebatada a los colosos

por un niño, hijo de los dioses.


El gozo de la dorada cosecha

sólo puede prosperar bajo un sol abrasador;

y sólo en su sangre aprendió

el guerrero a ser libre y orgulloso;

¡Triunfo! Los paraísos desaparecen,

como las llamas del regazo de las nubes,

como astros que brotan del caos, y

surgen los héroes desde las tormentas.


Todo placer ha surgido de la necesidad,

y sólo entre dolores prospera

lo más querido, lo que deleita a mi corazón,

el sublime encanto de la humanidad;

así se alzó, criado por un hondo torrente,

hacia donde ningún ojo mortal divisó,

como florece Chipre orgullosa

entre negras olas.


Unidos por la necesidad juraron

los dióscuros la alianza de muerte,

extasiados dulcemente de sueños juveniles,

y se intercambiaron espadas y lanzas;

con el júbilo en sus corazones se precipitaron

como una pareja de águilas, en el combate,

como los leones su presa, repartieron

los amantes la inmortalidad. –


La necesidad enseña a despreciar los lamentos,

no permite que se consuma la fuerza de la juventud

en la vergüenza y la deshonra,

da valor al pecho, luz al espíritu;

el puño del anciano se rejuvenece de nuevo;

la necesidad viene, como rayo de Dios,

convirtiendo gruesas montañas en polvo

y despliega su curso por encima de gigantes.


Con sus sagradas tormentas

la necesidad se cumple impecable

en un solo gran día,

lo que apenas se lograra con los siglos;

y aun si un Elíseo desapareciese con la tormenta,

y mundos temblasen en su tronar –

lo que grande y divino seguiría existiendo. –


Tú, compañera de juegos de colosos,

sabia y enojosa naturaleza,

lo que un corazón de gigante decidiera

sólo ha de germinar en tu escuela.

Cierto que ha desaparecido Arcadia;

pero el mejor fruto de la vida

florece gracias a ella, la madre de los héroes,

la férrea necesidad. –


Te doy gracias, Perpómene,

por la dorada mañana de mi vida.

Me diste una lira y gratas preocupaciones,

y sueños y lágrimas.

Las llamas y las tormentas cuidaban

el Elíseo de mi juventud,

y la quietud y un silencioso amor reinaban

en el templo de mi corazón.


Que este amor crezca en las llamas del mediodía,

madure en el combate y el dolor,

florezca la ilimitada estirpe

como vástagos de Dios.

Llevado por la tempestad adquiera

mi espíritu el placer más alto de la vida.

Que la placentera victoria de la virtud purifique

mi pecho de las mezquinas alegrías.


Que en lo más sagrado de las tormentas

se caigan los muros de mi prisión;

y ennoblecido y libre peregrine

mi espíritu hacia la tierra desconocida.

Aquí sangra a menudo el esfuerzo del águila,

también allá le aguardan lucha y dolor.

Y que este corazón, nutrido por la victoria,

se abra paso hacia el último de los astros.



(Traducción de Breno Onetto Muñoz, Hölderlin. Revolución y memoria. Santiago de Chile: Be-uve-dráis, 2002, en pp. 49-55)





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