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domingo, 3 de octubre de 2010

Celan, P., El Meridiano.



El meridiano

Paul Celan

Discurso a propósito de la concesión
del Premio Georg Büchner
Darmstadt, 22 de octubre de 1960


       Señoras y señores:


1     El arte es, ustedes lo recuerdan, un ser marionetesco, yámbico-pentápodo, y — esta propiedad está refrendada también mitológicamente por la alusión a Pigmalión y su creatura— falto de hijos.
          Bajo tal especie, constituye el objeto de una conversación, que tiene lugar en un cuarto, no, pues, en la Conserjería, una conversación que, esto lo barruntamos, podría ser proseguida sin fin si nada interviniese.
          Pero algo interviene.

2     El arte viene otra vez. Viene otra vez en otro poema de Georg Büchner, en el“Woyzeck”, entre otras anónimas gentes y —si se me permite llevar por esta senda una expresión de Moritz Heimann acuñada a propósito de “La muerte de Dantón”— bajo una todavía “más lívida luz de tormenta”. El mismo arte vuelve, también en este tiempo enteramente otro, a aparecer abiertamente, presentado por un pregonero de feria, ya no referible, como durante aquella conversación, a la “ardiente”, “bullente” y “radiante” creación, sino al lado de a la creatura y a la “nada” que “lleva puesta” esa creatura, —el arte aparece esta vez en figura simiesca, pero es el mismo, al punto lo hemos reconocido por su “casaca y sus calzas”.
          Y viene también —el arte— con un tercer poema de Büchner a nosotros, con “Leoncio y Lena”, aquí ya no se puede reconocer tiempo ni iluminación, pues estamos “en fuga hacia el Paraíso”, “todos los relojes y calendarios” deben ser prontamente “destrozados”, o bien “prohibidos”, —pero poco antes son exhibidas “dos personas de ambos sexos”, “dos autómatas famosos en todo el mundo han llegado”, y un hombre, que a propósito de sí mismo proclama que él es “acaso el tercero y más notable de ambos”, nos insta, “en tono estridente”, a admirar lo que tenemos ante los ojos: “¡Nada más que arte y mecanismo, nada más que cubierta de cartón y relojería!”
          El arte aparece aquí con mayor cortejo que hasta ahora, pero, y salta a la vista, está entre sus similares, es el mismo arte: el arte que ya conocemos. —Valerio, ése es sólo otro nombre para el pregonero.

3     El arte, señoras y señores, es también, con todo lo que le pertenece y lo que habrá de añadírsele, un problema, y uno, como se ve, susceptible de transformación, de vida tenaz y prolongada, es decir, eterna.
          Un problema que permite a un mortal, Camille, y a uno que sólo puede ser comprendido a partir de su muerte, Dantón, hilvanar palabras y palabras unas tras otras. Del arte se puede hablar con fácil abundancia.

4     Pero, cuando se habla del arte, nunca falta alguien que está presente y... en verdad no escucha.
          De manera más exacta: alguien que escucha y aguza el oído y observa... y luego no sabe de qué se hablaba. Pero que escucha al que habla, que lo “ve hablar”, que ha percibido habla y figura, y también, a la vez —¿quién podría, aquí, en el dominio de este poema, ponerlo en duda?—, y también, a la vez, aliento, es decir, dirección y destino.
          Esa es, ustedes lo saben desde hace rato, pues ella, que tantas veces es citada y no por azar, viene a ustedes con cada nuevo año —ésa es Lucile.

5     Lo que ha intervenido durante la conversación se abre paso sin miramientos, llega con nosotros a la Plaza de la Revolución, “arriban las carretas y se detienen”.
          Los pasajeros están allí, en número total, Dantón, Camille, los otros. Todos ellos, aquí también, tienen palabras, palabras ricas en arte, que profieren persuasivamente, Büchner sólo necesita aquí citar de vez en vez, se habla del ir-juntos-a-la-muerte, Fabre hasta quisiera morir “doblemente”, cada uno está a la altura, —sólo un par de voces, “algunas” —anónimas— “voces”, encuentran que todo esto “ya sucedió una vez y es aburrido”.
          Y aquí, donde todo toca a su fin, en los largos instantes en que Camille —no, él no, no él mismo, sino uno que ha llegado en la carreta—, en que este Camille muere teatralmente —casi querría uno decir: yámbicamente— una muerte que sólo dos escenas después, por una palabra ajena a él —y que le es tan próxima—, podemos sentir como la suya, cuando alrededor de Camille el pathos y la sentenciosidad afirman el triunfo del “muñeco” y los “hilos”, allí está Lucile, la ciega para el arte, la misma Lucile, para quien el lenguaje tiene algo personal y perceptible, una vez más, con su repentino “¡Viva el Rey!”
          Después de todas las palabras habladas en la tribuna (es el cadalso) —¡qué palabra!
          Es la contra-palabra, es la palabra que rompe el “hilo”, la palabra que ya no se inclina ante los “mirones y los caballitos de gala de la historia”, es un acto de libertad. Es un paso.

6     Por cierto, se lo escucha —y puede que esto no sea ninguna casualidad, en vista de lo que ahora, hoy, por tanto, oso decir sobre ello—, se lo escucha, de buenas a primeras, como una convicta adhesión al “ancien régime”.
          Pero aquí no se honra —permítanle ustedes destacar esto expresamente a uno que creció también con los escritos de Piotr Kropotkin y Gustav Landauer—, aquí no se rinde homenaje a ninguna monarquía y a ningún ayer que merezca ser conservado.
          Se rinde homenaje aquí a la majestad de lo absurdo que da testimonio de la presencia de lo humano.

7     Esto, señoras y señores, no tiene ningún nombre fijo de una vez por todas, pero creo que es... la poesía.

8     “—¡ah, el arte!” Me quedé suspendido, ya lo ven ustedes, de esta frase de Camille.
          Se puede, estoy enteramente consciente de ello, leer esta frase de una manera u otra, se le puede poner diversos acentos: el agudo de hoy, el grave de lo histórico —también de lo histórico-literario—, el circunflejo —signo extensivo— de lo eterno.
          Pongo —no me queda otra elección—, pongo el agudo.

9     El arte —”ah, el arte”: éste posee, junto a su capacidad de transformación, también el don de la ubicuidad—: también se lo puede volver a encontrar en el “Lenz”, también aquí —me permito enfatizarlo—, tal como en la “Muerte de Dantón”, a manera de episodio.

10   “En la sobremesa Lenz estaba otra vez de buen humor: se habló de literatura, se hallaba en su dominio...”
          “...El sentimiento de que todo lo creado posee vida está por encima de esas dos cosas, y es el único criterio en asuntos de arte...”

11   Aquí he solamente entresacado dos frases, mi mala conciencia con respecto al acento grave me prohibe no llamar la atención de ustedes sobre esto enseguida, —este pasaje tiene, más que todos los otros, relevancia histórico-literaria, se lo debe saber leer en conjunto con la ya citada conversación en la “Muerte de Dantón”, aquí la concepción estética de Büchner encuentra su expresión, desde aquí se llega, abandonando el fragmento sobre Lenz de Büchner, a Reinhold Lenz, el autor de las “Observaciones sobre el teatro”, y más allá de éste, es decir, del Lenz histórico, aun más lejos, atrás, al literariamente tan pródigo "Elargissez l'Art” de Mercier, este pasaje abre perspectivas, aquí está el naturalismo, aquí está anticipado Gerhart Hauptmann, aquí también han de buscarse y hallarse las raíces sociales y políticas de la poesía de Büchner.

12   Señoras y señores, el que yo no deje sin mención aquello, tranquiliza, en verdad, aunque sólo pasajeramente, mi conciencia, pero también les muestra a ustedes, y con esto intranquiliza mi conciencia de nuevo, —les muestra a ustedes que no llego a desembarazarme de algo que parece estar estrechamente relacionado con el arte.
          Lo busco también aquí, en el “Lenz”, —me permito llamarles la atención al respecto.
          Lenz, o sea, Büchner, tiene, “ah, el arte”, palabras muy despreciativas para el “idealismo” y sus “muñecos de madera”. Les contrapone, y aquí siguen las inolvidables líneas sobre la “vida de lo ínfimo”, las “palpitaciones”, las “insinuaciones”, la “mímica sutilísima, apenas perceptible”, —les contrapone lo natural y creatúrico. Y esta concepción del arte la ilustra él de la mano de una experiencia:

13   “Cuando ayer ascendí, bordeando el valle, vi sentadas sobre una piedra a dos muchachas: una se enlazaba el cabello, la otra la ayudaba; y caía la dorada cabellera, y un rostro grave y pálido, y sin embargo tan joven, y el vestido negro, y la otra afanada tan meticulosamente. Los cuadros más bellos, más íntimos de la vieja escuela alemana apenas pueden dar un atisbo de todo eso. Uno quisiera ser a veces una cabeza de Medusa, para poder convertir en piedra a un grupo así, y llamar a las gentes.”

14   Señoras y señores, atiendan ustedes, por favor: “Uno quisiera ser una cabeza de Medusa”, para... ¡aferrar lo natural como lo natural por medio del arte!
          Uno quisiera no significa aquí, por cierto: yo quisiera.

15   Este es un salirse de lo humano, un aventurarse fuera en un dominio vuelto hacia lo humano, y extrañador —el mismo en que la figura simiesca, los autómatas y, por lo tanto, ...ay, también el arte, parecen estar en casa.
          No habla así el Lenz histórico, así habla el Lenz de Büchner, aquí hemos escuchado la voz de Büchner: el arte preserva para él, también aquí, algo extrañador.

16   Señoras y señores, he puesto el acento agudo; lo mismo que a mí no quiero ocultarles a ustedes que he tenido, con esta pregunta por el arte y por la poesía —una pregunta entre otras preguntas—, que con esta pregunta he tenido que ir a Büchner por propia iniciativa, aunque no a pleno arbitrio, para buscar la suya.
          Pero ya ven ustedes: el “tono estridente” de Valerio, cada vez que hace su aparición el arte, no se ha de pasar por alto.
          Estas son, y ciertamente la voz de Büchner me impulsa a esta conjetura, antiguas y antiquísimas extrañezas. Que hoy me detenga en esto con semejante obstinación está quizás en el aire —en el aire que tenemos que respirar.

17   ¿No hay acaso —así tengo que preguntar ahora—, no hay en Georg Büchner, en el poeta de la creatura, un cuestionamiento, quizá sólo a medias audible, a medias consciente, pero no por ello menos radical o, por eso mismo, precisamente, radical en el sentido más propio, un cuestionamiento del arte, desde esta dirección? ¿Un cuestionamiento al cual tiene que volver toda poesía de hoy, si quiere seguir preguntando? En otras palabras, las cuales se saltan algunas cosas: ¿hemos de partir, como acontece hoy en muchas partes, del arte como de algo dado y que tiene que presuponerse incondicionadamente, debemos, para expresarlo con toda concreción, pensar —digamos— hasta las últimas consecuencias a Mallarmé, ante todo?

18   Me he anticipado, me he adelantado —no lo suficiente, lo sé—, vuelvo al “Lenz” de Büchner, al —episódico— diálogo, pues, que se mantuvo “de sobremesa” y en el cual Lenz “estuvo de buen humor”.
          Lenz ha hablado largamente, “ya sonriente, ya serio”. Y ahora, después que el diálogo ha terminado, se dice de él, y, por tanto, de aquél que se ocupa de las cuestiones del arte, pero al mismo tiempo, también, del artista Lenz: “Se había olvidado completamente de sí mismo.”
          Pienso en Lucile, al leer esto: leo: él, él mismo.
          Quien tiene el arte en la mira y en la mente, ése —estoy aquí en la narración sobre Lenz—, ése está olvidado de sí. El arte procura lejanía del yo. El arte exige aquí, en una determinada dirección, una determinada distancia, un determinado camino.

19   ¿Y la poesía? ¿La poesía, que tiene que andar, con todo, el camino del arte? ¡Entonces aquí estaría dado efectivamente el camino hacia la cabeza de Medusa y hacia el autómata!

20   No busco ahora una salida, sólo sigo preguntando, en la misma dirección, y, así lo creo, también en la dirección dada por el fragmento sobre Lenz.
          ¿Quizás —sólo pregunto—, quizás camina la poesía, como el arte, con un yo olvidado de sí, hacia eso extrañador y ajeno, y se pone —pero ¿dónde?, pero ¿en qué lugar?, pero ¿con qué?, pero ¿cómo qué?— otra vez en libertad?
          Entonces sería el arte el camino que la poesía tendría que recorrer —ni menos, ni más.
          Lo sé, hay otros caminos, más cortos. Pero también la poesía se nos adelanta a veces. La poésie, elle aussi, brûle nos étapes.

21   Dejo al olvidado de sí, al que se ocupa del arte, al artista. En Lucile creí encontrarme con la poesía, y Lucile percibe el habla como figura y dirección y aliento—: busco, también aquí, en este poema de Büchner, lo mismo, busco a Lenz mismo, lo busco —como persona, busco su figura: por mor del lugar de la poesía, por mor de la liberación, por mor del paso.

22   El Lenz de Büchner, señoras y señores, quedó como fragmento. ¿Debemos indagar al Lenz histórico para enterarnos de la dirección tuvo esta existencia?
          “Su existencia era para él una carga necesaria. —Así iba viviendo...” Aquí se interrumpe la narración.
          Pero la poesía intenta, como Lucile, ver la figura en su dirección, la poesía se adelanta. Sabemos hacia dónde va viviendo, cómo va viviendo hacia allá.
          “La muerte”, se lee en una obra aparecida en 1909 sobre Jakob Michael Reinhold Lenz —viene de la pluma de un docente moscovita, de nombre M. N. Rosanov—, “la muerte como redentora no se hizo esperar largamente. En la noche del 23 al 24 de mayo de 1792 fue encontrado Lenz, exánime, en una de las calles de Moscú. Fue sepultado a costa de un noble. Su última morada permaneció desconocida.”
          Así había ido viviendo hacia allá.
              Él: el verdadero, el Lenz de Büchner, la figura büchneriana, la persona, que pudimos percibir en la primera página de la narración, el que “anduvo el 20 de enero por la montaña”, él —no el artista ni el que se ocupaba con cuestiones del arte, él como un yo.

23   ¿Encontramos tal vez ahora el lugar en que estaba lo ajeno, el lugar en que la persona pudo liberarse, como un yo —enajenado—? ¿Encontramos un lugar semejante, un semejante paso?
          “...sólo se le hacía incómodo a veces no poder andar de cabeza.” Este es él, Lenz. Este es, creo yo, él y su paso, él y su “Viva el rey”.

24   “...sólo se le hacía incómodo a veces no poder andar de cabeza.”
          Quien anda de cabeza, señoras y señores, —quien anda de cabeza tiene al cielo como abismo bajo sí.

25   Señoras y señores, hoy es cosa de todos los días reprocharle a la poesía su “oscuridad”. —Permítanme ustedes, en este sitio y sin rodeos —¿pero es que no hay algo aquí que se ha abierto abruptamente?—, permítanme ustedes citar aquí una sentencia de Pascal, una sentencia que he leído hace algún tiempo en León Chestov: “Ne nous reprochez pas le manque de clarté puisque nous en faisons profession” —Esto es, creo yo, si no la oscuridad congénita, en todo caso la que le sobreviene a la poesía, por mor de un encuentro, desde una lejanía o ajenidad —acaso proyectada por ella misma—.

26   Pero tal vez hay, y en una misma y única dirección, dos clases de ajenidad —una al lado de la otra, estrechamente.

27   Lenz —es decir, Büchner— anduvo aquí un paso más que Lucile. Su “Viva el Rey” ya no es una palabra, es un enmudecimiento terrible, le corta a él —y también a nosotros— el aliento y la palabra.
          Poesía: eso puede significar un cambio de aliento. ¿Quién sabe, quizá la poesía recorre el camino —también el camino del arte— por mor de un cambio de aliento semejante? ¿Quizá logre ella, puesto que lo ajeno, es decir, el abismo y la cabeza de Medusa, el abismo y los autómatas, parecen estar, sí, en una dirección, —quizá logre ella aquí discernir entre ajeno y ajeno, tal vez aquí precisamente se atrofie la cabeza de Medusa, tal vez aquí precisamente fracasen los autómatas —por este único breve instante? ¿Tal vez aquí, con el yo —con el yo enajenado, liberado aquí y de esta manera—, tal vez aquí se libere también un Otro?
          ¿Quizás el poema a partir de allí es él mismo... y puede, entonces, de este modo carente de arte, libre de arte, andar sus otros caminos, y, entonces, también los caminos del arte —andarlos una y otra vez?
          Quizás.

28   ¿Quizás sea lícito decir que en cada poema queda inscrito su “20 de enero”? ¿Quizás lo nuevo en los poemas que hoy se escriben sea precisamente esto: que aquí se intenta, de la manera más clara, permanecer en el pensativo recuerdo de tales datas?
          ¿Pero no trazamos todos la escritura de nuestros destinos a partir de tales datas? ¿Y hacia qué datas seguimos escribiéndonos?

29   ¡Pero si el poema habla! Permanece en el recuerdo pensativo de sus datas, pero —habla. Ciertamente, siempre habla únicamente por propia cuenta de la cosa que le es propia, personalísima.
          Pero pienso —y este pensamiento apenas puede sorprender a ustedes ahora—, pienso que desde siempre pertenece a las esperanzas del poema hablar precisamente de este modo también por cuenta de la cosa ajena —no, esta palabra no puedo emplearla más—, hablar precisamente de este modo por la cosa de un Otro —quién sabe, quizás por la cosa de un totalmente Otro.
          Este “quién sabe”, al que me veo arribar ahora, es lo único que por mi cuenta puedo añadir, también hoy y aquí, a las antiguas esperanzas.
          Quizás, así tengo que decirme ahora, —quizás hasta es pensable un mutuo encuentro de este “totalmente Otro” —me valgo aquí del socorro de un consabido giro— con un “otro” no demasiado lejano, un “otro” muy cercano —pensable siempre y nuevamente.
          El poema se demora o porfía en espera —una palabra que ha de ser referida a la criatura— en tales pensamientos.
          Nadie puede decir cuán largamente la pausa de aliento —el esperar y el pensamiento— perdurará todavía. Lo “célere”, que desde siempre estuvo “afuera”, ha ganado en aceleración; el poema lo sabe, pero se dirige impertérritamente a ese “Otro”, que él piensa como algo alcanzable, algo que ha de ser puesto en libertad, vacante acaso, y, a la vez, vuelto —digamos: como Lucile— hacia él, hacia el poema.

30   Ciertamente, el poema —el poema hoy— muestra, y esto tiene que ver, creo yo, pero sólo indirectamente, con las dificultades —que no han de ser menospreciadas— de la elección de las palabras, con la caída más rápida de la sintaxis o con el sentido más despierto para la elipsis, —el poema muestra, esto es inconfundible, una fuerte proclividad al enmudecimiento.
          Se afirma —permítanme ustedes, después de tantas formulaciones extremas, también ésta, ahora—, el poema se afirma en el borde de sí mismo, se llama y se trae de vuelta, para poder persistir, incesantemente, desde su Ya-no-más a su Siempre-todavía.

31   Pero este Siempre-todavía del poema sólo puede ser un hablar. No, por tanto, lenguaje a secas, y tampoco, es presumible, “correspondencia” basada en la palabra.
          Sino habla actualizada, puesta en libertad bajo el signo de una individuación ciertamente radical, pero que permanece advertida, al mismo tiempo, de los límites que le están trazados por el lenguaje, de las posibilidades que le están abiertas por el lenguaje.
          Pero este Siempre-todavía del poema sólo puede encontrarse en el poema del que no olvida que habla bajo el ángulo de inclinación de su existir, el ángulo de inclinación de su creaturidad.
          Entonces el poema sería —todavía más nítidamente que hasta ahora— lenguaje, vuelto figura, de un individuo solo —y, en su ser más íntimo, presente y presencia.

32   El poema es solitario. Es solitario y está en camino. Quien lo escribe, le permanece entregado.
          Pero ¿no está el poema, por eso mismo, y así, pues, ya aquí, en el encuentro —en el misterio del encuentro?

33   El poema quiere ir hacia un Otro, necesita a ese Otro, necesita un enfrente. Lo busca, se profiere en pos de él.
          Cada cosa, cada ser humano es para el poema, que se endereza a lo Otro, una figura de ese Otro.
          La atención que el poema trata de dedicarle a todo lo que sale a su encuentro, su más agudo sentido para el detalle, para el contorno, la estructura, el color, pero también para las “palpitaciones” y las “insinuaciones”, todo eso no es, creo yo, ningún logro del ojo que compite (o concurre) con aparatos que día a día son más perfectos, es más bien una concentración que permanece memoriosa de todas nuestras datas.
          “La atención” —permítanme ustedes citar aquí, del ensayo sobre Kafka de Walter Benjamin, una frase de Malebranche—, “la atención es la oración natural del alma.”

34   El poema se convierte —¡bajo qué condiciones!— en poema de uno que percibe —que todavía sigue percibiendo—, vuelto hacia lo que aparece, que interroga e interpela a esto que aparece; se convierte en diálogo —a menudo es un diálogo desesperado.
          Sólo en el espacio de este diálogo se constituye lo interpelado, se reúne en torno al yo que lo interpela y lo nombra. Pero en este presente lo interpelado y que, a través del nombrar, ha llegado a ser, por decirlo así, tú, trae consigo su ser otro. Aún en el aquí y ahora del poema —el poema mismo siempre tiene, pues, únicamente este presente único, irrepetible, puntual—, aún en esta inmediatez y cercanía.
          Nosotros, cuando hablamos así con las cosas, insistimos siempre en la pregunta por su procedencia y su destino: una pregunta “que permanece abierta”, “que no llega a ningún término”, que señala hacia lo abierto y vacío y libre —estamos bien lejos, afuera.
          El poema busca, creo yo, también este lugar.

35   ¿El poema?
       ¿El poema con sus imágenes y tropos?

36   Señoras y señores, ¿de qué hablo, entonces, propiamente, cuando hablo, desde esta dirección, con estas palabras, del poema —no, de el poema?
          ¡Hablo, pues, del poema que no hay!
          El poema absoluto —¡no, esto ciertamente no hay, no puede haberlo!
          Pero bien hay, con cada poema real, hay, con el poema menos pretencioso, esta pregunta irrecusable, esta pretensión inaudita.

37   ¿Y qué serían entonces las imágenes?
          Lo percibido y por percibir por única vez, siempre de nuevo por única vez y sólo ahora y sólo aquí. Y el poema sería, por lo tanto, el lugar en que todos los tropos y metáforas quieren ser conducidas ad absurdum.

38   ¿Exploración de topos?
          ¡Desde luego! Pero a la luz de lo que ha de ser explorado: a la luz de la u-topía.
          ¿Y el hombre? ¿Y la criatura?
          En esta luz.
          ¡Qué preguntas! ¡Qué demandas!
          Es tiempo de revirar.

39   Señoras y señores, estoy al final —estoy de nuevo al comienzo.
          Elargissez l'Art! Esta pregunta viene a nosotros con su antigua, con su nueva, inquietante, extrañeza. Fui con ella a Büchner —he creído volver a encontrarla allí.
          Tenía también preparada una respuesta, una contrapalabra “luciliana”, quería oponer algo, estar allí con mi contradicción:
          ¿Ampliar el arte?
          No. Sino que anda con el arte a tu estrechez más propia. Y ponte en libertad.
          Yo he, también aquí, en presencia de ustedes, andado este camino. Fue un círculo.
          El arte, y, entonces, la cabeza de Medusa también, el mecanismo, los autómatas, lo extrañador y tan difícil de discernir, acaso, por último, no más que una ajenidad —el arte sigue viviendo.

40   Dos veces, con la frase de Lucile “Viva el Rey”, y cuando bajo Lenz se abrió el cielo como abismo, pareció estar allí el cambio de aliento. Quizá también, cuando traté de hacer rumbo hacia aquello lejano y ocupable, que finalmente sólo se hizo visible en la figura de Lucile. Y una vez habíamos arribado también, desde la atención dedicada a las cosas y a la creatura, en la cercanía de algo abierto y libre. Y por último en la cercanía de la utopía.

41   La poesía, señoras y señores —: ¡esta declaración de infinitud de aquello que es pura mortalidad y puro balde!


42   Señoras y señores, permítanme ustedes, puesto que de nuevo estoy en el comienzo, volver a preguntar una vez más, en toda brevedad y desde otra dirección, por lo mismo.
          Señoras y señores, hace algunos años escribí una pequeña cuarteta —ésta:
          “Voces desde el camino de la ortiga: / Ven sobre tus manos hacia nosotros. / Quien solitario está con la lámpara, / no tiene más que su mano para leer.”
          Y hace un año, en recuerdo de un fallido encuentro en Engadina, llevé al papel una pequeña historia, en la cual hice andar a un hombre “como Lenz” por la montaña.
          Había trazado la escritura de mi destino, lo mismo una vez que la otra, desde un “20 de enero”, desde mi “20 de enero”.
          Me encontré... conmigo mismo.

43   ¿Se anda, entonces, cuando se piensa en poemas, se anda con poemas por tales caminos? ¿Son estos caminos sólo caminos en círculo, rodeos de ti a ti? Pero son también, a la vez, entre tantos otros caminos, caminos por los cuales el lenguaje adquiere voz, son encuentros, caminos de una voz a un tú que percibe, caminos creaturales, proyectos de existencia acaso, un anticipado enviarse hacia sí mismo, en busca de sí mismo... Una suerte de regreso al hogar.


44   Señoras y señores, llego al final —llego, con el agudo que tenía que poner, al final de... “Leoncio y Lena”.

45   Y aquí, en las últimas dos palabras de este poema, tengo que andar prevenido.
          Tengo que cuidarme, como Karl Emil Franzos, el editor de aquella “Primera Edición Crítica Completa de las Obras y Manuscritos Póstumos de Georg Büchner”, que apareció hace ochenta y un años en Sauerländer, en Frankfurt am Main, —¡tengo que cuidarme de no leer, como mi coterráneo, aquí reencontrado, Karl Emil Franzos, el “commode”, que ahora se usa, como un “venidero”!
          Y no obstante: ¿no hay precisamente en “Leoncio y Lena” esas comillas que invisiblemente le sonríen a las palabras, que tal vez no quieren ser entendidas como patitas de ganso, sino, más bien, como orejitas de liebre, vale decir, pues, como algo no del todo impávido que escucha más allá de sí mismo y de las palabras?
          Desde aquí, desde el “commode”, por tanto, pero también a la luz de la utopía, emprendo —ahora— exploración de topos:
          Busco la región desde la cual vienen Reinhold Lenz y Karl Emil Franzos, que me salieron al encuentro de camino acá, y en Georg Büchner. Busco también, puesto que estoy de nuevo donde empecé, el lugar de mi propia procedencia.
          Busco todo eso, es cierto, con dedo muy impreciso, porque inquieto, sobre el mapa —sobre un mapa infantil, como inmediatamente debo confesar.
       Ninguno de estos lugares puede encontrarse, no los hay, pero yo sé donde tendría, sobre todo ahora, que haberlos, y... ¡encuentro algo!

46   Señoras y señores, encuentro algo que me consuela también un poco de haber andado en presencia de ustedes este imposible camino, este camino de lo imposible.
          Hallo lo que vincula y, como el poema, conduce al encuentro.
          Hallo algo —como el lenguaje— inmaterial, pero terreno, terrestre, algo en forma de círculo, que vuelve sobre sí a través de ambos polos, y —de modo más jovial— que, al hacerlo, cruza incluso los trópicos, los tropos—: hallo... un meridiano.

47   Con ustedes y Georg Büchner y el país de Hesse he creído volver a rozarlo ahora mismo.


Traducción de Pablo Oyarzún R.


jueves, 14 de agosto de 2008

Lévinas, Paul Celan, del ser al otro.


EMMANUEL LÉVINAS
En Noms propres
Editions Fata Morgana
Montpellier, 1976.
Traducción: Patricia Bonzi Moas, 2003



PAUL CELAN, Del ser al otro

Para Paul Ricoeur


Alles ist weniger, als es ist,
alles ist mehr.
Paul Celan.


Hacia el otro.

No veo la diferencia, escribe Paul Celan a Hans Bender, entre un apretón de manos y un poema. He aquí el poema, lenguaje acabado, remitido a una interjección, a una expresión tan poco articulada como un guiño, como un signo entregado al prójimo. ¿Signo de qué? ¿de vida? ¿de amabilidad? ¿de complicidad? O signo de nada, complicidad por nada, decir sin dicho. O signo que es su propio significado: el sujeto da signo de esta donación de signo, hasta el punto de volverse él mismo sólo signo. Comunicación elemental y sin revelación, infancia balbuceante del discurso, torpe inserción en la famosa lengua que habla, en el famoso die Sprache spricht, entrada de mendigo en la morada del ser.

Ocurre que Paul Celan –al que, sin embargo, Heidegger supo celebrar con ocasión de una de sus estadías en Alemania[1] nos habla de la poca comprensión que tiene hacia cierta lengua que instaura el mundo en el ser, significante como el fulgor de la physis de los presocráticos. Ya que compara una lengua tal a un camino tan bello en la montaña donde, a la izquierda, florece el martagón salvaje, florece como en ninguna otra parte y, a la derecha, se alza la campánula, y donde el Dianthus Superbus, clavel espléndido, se alza no lejos de allí... lengua no para ti y no para mí – pues yo le pregunto para quién, entonces, ella ha sido concebida, la tierra, no es para ti -digo yo- que ella ha sido concebida, y no para mí – una lengua de siempre, sin Yo y sin Tú, nada sino Él, nada sino Eso, ¿comprendes?, Ella simplemente, eso es todo.[2] Lengua de lo neutro.
Ocurre, entonces, que para Celan el poema se sitúa precisamente a nivel pre-sintáctico y pre-lógico (¡como es, por supuesto, de rigor hoy en día!) pero, también, pre-develante: en el momento del puro tocar, del puro contacto, del tomar, del estrechar, que es, tal vez, una manera de dar hasta la mano que da. Lenguaje de la proximidad por la proximidad, más antiguo que aquél de la verdad del ser –al que, probablemente, porta y soporta-, el primero de los lenguajes, respuesta precediendo la pregunta, responsabilidad por el prójimo, haciendo posible, por su para el otro, toda la maravilla del dar.

El poema va un poco delante de ese otro que él supone posible de ser alcanzado, liberado, separado, vacante tal vez...” En torno a esta proposición de Meridiano[3] se construye un texto en el cual Celan nos confía cómo percibe su acto poético. Texto elíptico, alusivo, interrumpiéndose a cada paso, para dejar pasar en las interrupciones su otra voz, como si dos o varios discursos se superpusieran con una extraña coherencia, que no es la del diálogo, sino que está urdida de acuerdo a un contrapunto que constituye –a pesar de su unidad melódica inmediata– el tejido de sus poemas. Sin embargo, las fórmulas vibrantes de Meridiano requieren ser interpretadas.

El poema va hacia el otro, espera alcanzarlo liberado, vacante. La obra solitaria del poeta, cincelando la materia preciosa de las palabras,[4] es el acto de hacer surgir un vis-à-vis. El poema se vuelve diálogo, es a menudo diálogo apasionado,[5]... encuentros, caminos de una voz hacia un tú vigilante[6] ¡Las categorías de Buber! ¿Serán ellas las preferidas, en vez de tanta exégesis genial descendiendo soberanamente del misterioso Schwarzwald, sobre Hölderlin, Trakl, y Rilke, para mostrar a la poesía abriendo el mundo, el lugar entre tierra y cielo? ¿Serán ellas las preferidas a la estiba de las estructuras en el espacio intersideral de la Objetividad, de la que los poetas, en París, sienten apenas la vacilación, la buena o la mala fortuna de acomodarse, perteneciendo, sin embargo, con todo su ser a la objetividad de esas estructuras? Poéticas de vanguardia, donde el poeta no tiene destino personal. Buber es su preferido, sin duda. Lo personal será la poesía del poema: ¡... el poema habla! De la data que es la suya... de la circunstancia única que propiamente le concierne.[7] Lo personal: de mí al otro. Pero la meditación jadeante de Paul Celan –atreviéndose a citar a Malebranche desde un texto de Walter Benjamin sobre Kafka y a Pascal, desde un texto de León Chestov– no obedece a ninguna norma. Hay que escucharla de más cerca: el poema que hablaba de mí, habla de aquello que concierne a un otro, a un totalmente otro; habla ya con un otro, con un otro que incluso sería próximo, que sería muy próximo, él va un paso delante de ese otro,[8] ya estamos lejos, afuera, ya en la claridad de la utopía...[9] La poesía nos adelanta, quema nuestras etapas.[10]


La trascendencia

El movimiento así descrito va desde el lugar hacia el no-lugar, desde aquí, hacia la utopía. Es evidente que, en este ensayo de Celan sobre el poema, hay una tentativa de pensar la trascendencia.[11] La poesía - conversión en infinito de la mortalidad pura y de la letra muerta.[12] La paradoja no está sólo en la aventura infinita de una letra muerta, está en la antinomia en la que se desarrolla el concepto mismo de trascendencia, salto sobre el abismo abierto en el ser, al que la identidad misma del que salta le inflinge un desmentido ¿No es, acaso, necesario morir para trascender contra-natura e incluso, contra-ser? ¿O es necesario, a la vez, saltar y no saltar? A menos que el poema permita al yo separarse de sí mismo. En términos de Celan: descubrir un lugar donde la persona, al asir su yo como extraño a sí misma, se libere.[13] A menos que el poema, que va hacia el otro, vuelto, frente a él, prolongue su éxtasis, se agrave en el entretiempo. En términos de Celan, muy ambiguos por cierto, persista en los confines de sí mismo. A menos que el poema, para persistir, postergue su acuidad. En términos de Celan: a menos que el poema se revoque...se llame y se traiga de vuelta, incesantemente, a fin de poder persistir desde su Ya-no-más a su Siempre-todavía. Pero, por ese siempre-todavía, el poeta no conserva, en el paso hacia lo otro, su soberanía orgullosa de creador. En palabras de Celan: el poeta habla desde el ángulo de inclinación de su existencia, desde el ángulo de inclinación donde la creatura se enuncia... quien lo escribe (quien escribe el poema) se revela a él dedicado[14]
¡Singular de-sustanciación del yo! Hacerse todo entero signo, tal vez sea eso[15] ¡Tregua de los gloriosos remilgos de creador! ¡Que nos dejen tranquilos con el poiein y otras bagatelas!, escribe, aun, Celan a Hans Bender. Signo hecho al otro, apretón de manos, decir sin dicho, importantes por su inclinación, por su interpelación, antes que por su mensaje, importantes por su atención. Atención como pura plegaria del alma, de la que habla Malebranche, con tantas sonoridades imprevistas en la pluma de Walter Benjamin: receptividad extrema, extrema donación, también. Atención, modo de conciencia sin distracción, esto es, sin poder de evasión por obscuros subterráneos. Plena luz proyectada no para ver las ideas, sino para impedir la fuga. Sentido primero del insomnio que es la conciencia, rectitud de la responsabilidad, anterior a todo aparecer de formas, de imágenes, de cosas.

Las cosas aparecerán, por cierto -lo dicho de ese decir poético- pero en el movimiento que las lleva al otro, como figuras de ese movimiento. Toda cosa, todo ser, en cuanto camina hacia el otro, será figura de ese otro para el poema...en torno a mí que interpelo y le doy nombre, puede reunirse. El movimiento centrífugo del para el otro ¿será el eje móvil del ser? ¿o su ruptura? ¿o su sentido? El hecho de hablar al otro –el poema- precede toda tematización; es en él donde las cualidades se reúnen en cosas, pero el poema deja así a lo real la alteridad que la imaginación le arrebata, concede al otro un trozo de su verdad, el tiempo del otro[16]

Salida hacia el otro hombre ¿es una salida? Un paso fuera del hombre, pero que se sostiene en una esfera dirigida hacia lo humano, excéntrica[17] Como si la humanidad fuera un género que admite al interior de su espacio lógico –de su extensión- una ruptura absoluta, como si yendo hacia el otro hombre, se trascendiera lo humano, hacia la utopía. Como si la utopía fuera, no el sueño o el premio de una errancia maldita, sino el claro donde el hombre se muestra: ... claridad de la utopía... ¿Y el hombre? ¿y la creatura? - En esa claridad [18]




En la claridad de la utopía…

Ese afuera insólito no es un paisaje otro. Más allá de lo simplemente extraño del arte y de la abertura al ser del ente[19], el poema da un paso más. Lo extraño es el extranjero o el prójimo. Nada más extraño ni más extranjero que el otro hombre y es en la claridad de la utopía donde se muestra el hombre. Fuera de todo arraigo y de todo domicilio ¡Apatridia como autenticidad! Pero la sorpresa de esta aventura, en la que el yo se consagra al otro en el no-lugar, es el retorno. No a partir de la respuesta del interpelado, sino a causa de la circularidad de este movimiento sin retorno, de esta trayectoria perfecta, de este meridiano, que describe el poema en su finalidad sin fin. Como si yendo hacia el otro, me reencontrara y me implantara en una tierra, desde ahora natal, descargado de todo el peso de mi identidad. Tierra natal que no debe nada al arraigo, nada a la primera ocupación. Tierra natal que no debe nada al nacimiento ¿Tierra natal o tierra prometida? ¿Expulsa ella a sus habitantes cuando olvidan el recorrido circular que les ha hecho familiar esta tierra, cuando olvidan su errancia, que no era desarraigo, sino des-paganización? Pero el habitar justificado por el movimiento hacia el otro es de esencia judía.

Celan no se refiere al judaísmo como un particularismo pintoresco o como un folklore familiar. Sin duda, la pasión de Israel bajo Hitler –tema de las 20 páginas de Strette en Strette, lamento de lamentos, admirablemente traducidas por Jean Daive- tenía, a los ojos del poeta, una significación para la humanidad sin más. Humanidad de la cual el judaísmo es una posibilidad – o una imposibilidad- extrema, ruptura de la ingenuidad del heraldo, del mensajero o del pastor del ser. Dehiscencia del mundo que ofrece –para pasar la noche- no un refugio, sino piedras contra las cuales golpea el bastón del errante, repercutiendo en lenguaje mineral. Insomnio en el lecho del ser, imposibilidad de acurrucarse para olvidarse. Expulsión fuera de la mundanidad del mundo, desnudez de quien pide prestado todo lo que posee. Insensibilidad a la naturaleza... pues el judío, tú lo sabes bien, qué posee que le pertenezca realmente, qué que no sea prestado, arrebatado, nunca restituido…. Henos aquí de nuevo en la Montaña, entre el martagón y la campánula. Dos judíos están allí, o un solo judío trágicamente dos consigo mismo. Pero ellos, primos lejanos, falta... los ojos, o más exactamente, en sus ojos un velo recubre el aparecer de toda imagen, pues el judío y la naturaleza son dos desde siempre, incluso hoy, incluso aquí… ¡ pobre martagón, pobre campánula! ... pobre de vosotros, no estáis de pie, no estáis en flor y julio no es julio. ¿Y esas montañas en su macicez imponente? ¿Qué es de esas montañas, de las que Hegel decía es así, con sumisión y libertad? Celan escribe: ... la tierra se plegó en la altura, se plegó una y dos y tres veces, y se abrió en el medio, y en el medio hay agua, y el agua es verde y el verde es blanco, y el blanco viene de más arriba aún, de los glaciares…[20]

Por encima y más allá de ese silencio y de la insignificancia de un pliegue de terreno llamado montaña y para interrumpir el ruido del bastón golpeando la piedra y su repercusión en las rocas, es preciso –contra la lengua que se usa aquí- una verdadera palabra.

Para Celan, también – en un mundo que Mallarmé, sin embargo, no hubiera podido sospechar- el poema es el acto espiritual por excelencia. Acto inevitable e imposible a la vez, a causa de un poema absoluto que no existe. El poema absoluto no dice el sentido del ser, no es una variación sobre el dichterisch wohnet der Mensch auf dieser Erde de Hölderlin. Dice la deserción de toda dimensión, va hacia la utopía, en el imposible camino de lo Imposible[21] Más y menos que el ser. El poema absoluto, por supuesto, no existe, no puede existir[22] ¿Celan evoca, acaso, la irrealidad de lo irrealizable? Palabra gratuita y fácil, difícil de atribuírsele. ¿No sugiere, más bien, una modalidad otra que aquéllas que caben entre los límites del ser y del no–ser? ¿La propia poesía no sugiere como una modalidad inaudita de lo de otro modo que ser? El Meridiano, como la palabra, inmaterial, pero terrestre.[23] A partir de todo poema sin presunción... esta interrogación imposible de eludir, esta presunción inaudita.[24] Lo ineluctable: la interrupción del orden lúdico de lo bello, del juego de los conceptos y del juego del mundo. La interrogación del Otro, búsqueda del Otro. Búsqueda dedicándose en poema al otro: un canto sube en el dar, en el uno-para-el-otro, en la significancia misma de la significación. Significación más antigua que la ontología y que el pensamiento del ser y que suponen saber y deseo, filosofía y líbido.
[1] Lo cual a cada uno le alteraba profundamente, según un testimonio irrefutable que he recibido en estos mismos términos.
[2] Entretien dans la Montagne, in Strette, Mercurio de Francia, París, 1971, traducción de John E. Jackson y André du Bouchet, pp.172-173
[3] Cf. In Strette, Le Méridien, traducción de André du Bouchet, p. 191
[4] ‘Affaire de mains’ (‘cosa de manos’= Handwerke (N.de T.)), escribe Celan a Hans Bender.
[5] Le Méridien, in Strette, p. 192.
[6] Ibid., p. 195
[7] Ibid., p. 190
[8] Le Méridien, in Strette, pp. 190-191.
[9] Ibid., p. 193
[10] Ibid., p. 187
[11] Trascendencia por la poesía, ¿es esto serio? Sin embargo, es un rasgo distintivo del espíritu o del racionalismo moderno: Al lado de la matematización de los hechos, mediante el remontar a las formas, el esquematismo –en el sentido kantiano del término- de los inteligibles, mediante el descenso a la sensibilidad. Controlados en lo concreto, impuros, los conceptos formales y puros resuenan (o razonan) de otro modo y cobran nuevas significaciones. Exponer las categorías del entendimiento en el tiempo fue, por cierto, limitar los derechos de la razón, pero, también, fue descubrir una física al fondo de la lógica matemática: La idea abstracta de sustancia se ha vuelto principio permanente de la masa y la idea vacía de comunidad se ha vuelto principio de interacción recíproca. En Hegel las figuras de la dialéctica ¿no se dibujan acaso de manera vigorosa ‘figurando’ en la historia de la humanidad? -- ¿La fenomenología husserliana no es una manera de esquematizar lo real en los horizontes insospechados de la subjetividad sensible? Así como la lógica formal puede ser referida a la concreción de la subjetividad, el mundo de la percepción y de la historia, en su objetividad, se acusa de abstracción -cuando no de formalismo- y se vuelve hilo conductor para descubrir los horizontes de sentido donde va a significar con una verdadera significación. Leyendo la reciente obra sobre la Psicosis, curiosa y bella, de Alphonse de Waelhens, para el cual ni Husserl ni Heidegger tienen secretos, tuvimos la impresión que el freudismo no hace sino restituir lo sensible fenomenológico –que sería aún lógico o puro en sus imágenes, en sus oposiciones, en sus convergencias y en sus iteraciones- a una especie de sensibilidad última en la que, especialmente, la diferencia de sexos, determina las posibilidades de un esquematismo sin el cual las significaciones sensibles serían tan abstractas como lo era la idea de causa fuera de la sucesión temporal antes de la Crítica de la Razón Pura. Todo un drama se esconde entonces en las combinaciones del matemático y en el juego de los conceptos del metafísico, ¡la crítica de la razón pura continúa!
[12] Le Méridien, in Strette, p. 195
[13] Le Méridien, in Strette, p. 188
[14] Ibid.., p. 191
[15] Simon Weil es capaz de decir: Padre, arranca de mí este cuerpo y este alma para hacerlo todo por ti y no dejar subsistir de mí, sino este mismo desgarro eternamente.
[16] Le Méridien, in Strette, p. 192.
[17] Ibid.., p. 185.
[18] Le Méridien, in Strette, pp. 193-194
[19] Doch Kunst ist Eröffnung des Seins des Seiendes [Sin embargo, el arte es patentización del ser del ente], Heidegger, Einführung in die Metaphysik, p.101. El editor de Noms propres pone ‘Erfahrung’ por ‘Eröffnung’, no sabemos si esto es una errata o quizá el producto de una cita ‘de memoria’ de Lévinas. (N.T)
[20] Entretien dans la Montagne, in Strette, pp. 172-173.
[21] Le Méridien, p. 197.
[22] Ibid.., p. 193
[23] Le Méridien, p. 197.
[24] Ibid.., p. 193