viernes, 10 de julio de 2026

 

Elizabeth  Bishop  

Amor de Emily*

 (Traducción Javier Pavez)

  

“Emily Dickinson’s Letters to Doctor and Mrs. Josiah Gilbert Holland”. Editada por su nieta, Theodora Van Wagenen Ward (Harvard University Press; $4).


En cierto sentido, todas las cartas de Emily Dickinson son “cartas de amor”. Para ella, aparte del amor, humano y divino, poco había que valiera la pena escribir, y, a menudo, ambas parecían fusionarse. La abundancia de detalles –descripciones de la vida cotidiana, ropa, comidas, viajes, etc.– que se encuentra en lo que usualmente se consideran “buenas cartas” juegan un nimio papel en las suyas. En cambio, hay una insistencia constante en la fuerza de sus afectos, un atrevimiento casi pueril y una repetitividad que a veces deben de haber sido muy difíciles de soportar. ¿Es acaso un elogio a su elección de amistades, y a sus propios amigos, que ellos pudieran soportarlo y frecuentemente también apreciarla como poeta? ¿O bien es sólo un homenaje al mal gusto y al extremo sentimentalismo de la época?

 

En cualquier caso, una carta que contiene comentarios tan embarazosos para nosotros como “Me encantaría ser un pájaro o una abeja, cantando o zumbando tal vez aún estaría cerca de ti”, es rescatada en el momento oportuno por una frase como “Si no fuera por la plena luz del día, y la cocina y los gallos, me temo que tendrías la ocasión de sonreír a menudo ante mis cartas, pero tan seguro como que ‘este mortal’ ensaya la inmortalidad, un cuervo de un corral vecino disipa la ilusión, y estoy aquí de nuevo”. En la correspondencia moderna, las expresiones de sentimientos han pasado a la clandestinidad: pero si a veces nos avergüenzan las cartas de Emily Dickinson, nos ahorran el cinismo y el “humor” del escritor-epistolario contemporáneo.

 

 

* * *

Esta colección bellamente editada de noventa y tres cartas escritas al doctor y la señora Holland abarca los últimos treinta y tres años de la vida de Emily Dickinson. El doctor Holland había comenzado su carrera como médico rural bastante renuente, y llegó a convertirse en un ciudadano adinerado, un popular conferenciante, el editor del Springfield Republican y, finalmente, el fundador y editor de Scribner’s Monthly.
Es curioso figurarse que la familia Dickinson leyera el Springfield Republican tan religiosamente como deben de haberlo hecho, por las muchas referencias de soslayo a ello; pero los acontecimientos de actualidad, salvo por ciertas generalizaciones que normalmente se convierten en metáforas, rara vez aparecen en estas cartas de gratitud y devoción. Como en su poesía, Emily Dickinson se interesa en la Geografía (en la que el “Cielo” parece ser uno de los lugares más familiares) y las Estaciones, tanto como en sus propias combinaciones de ambas. “También es noviembre. Las lunas son más lacónicas y los ocasos más severos, y las luces de Gibraltar hacen que el pueblo sea extranjero. Siempre me ha parecido que Noviembre es la Noruega del año”. “Febrero pasó raudo.... Mis flores son cercanas y extranjeras, y no me es preciso más que cruzar el fondo para estar en las Islas de las Especias”. Y en las cartas finales, cuando la señora Holland está de visita en Florida, Emily Dickinson habla de ello como si se tratara del Cielo, del cielo con el que está familiarizada así como se mantiene ignorante de un estado terrenal.
El uso de imágenes hogareñas, y su solidez, recuerdan una y otra vez a George Herbert, y a medida que las cartas se vuelven más breves y epigramáticas, uno recuerda no sólo la poesía de Herbert sino secciones enteras de sus “Outlandish Proverbs”. Y se agradece el carácter de esbozo: es agradable, para variar, conocer a una poeta que nunca sintió la necesidad de disculpas y ensayos, de párrafos largos, ni siquiera de frases prolongadas. Con todo, estas cartas no carecen de estructura y fuerza. Es el esbozo de la araña de agua que se aferra tenazmente a su posición corriente arriba por medio de las más tenues ondulaciones, mientras nos hace caer en cuenta de la corriente de la muerte y de la oscuridad que hay debajo.
El cuidadoso estudio de la cambiante escritura a mano de Emily Dickinson, apéndice de este volumen, confirma pictóricamente esta imagen. Entre otras ilustraciones, hay una encantadora fotografía de Lavinia Dickinson, riendo y sosteniendo uno de sus innumerables gatos que parecen haber sido una prueba para su adorada hermana. Veintinueve de las cartas se incluyeron en la edición más reciente de Letters of Emily Dickinson, volumen editado por Mabel Loomis Todd, con una introducción de Mark Van Doren (World; $3.75). La señora Holland murió creyendo que todas las demás se habían perdido, pero ahora se han encontrado unas sesenta más y es posible que otras puedan aún salir a la luz.

 

1951.

 

Notas

* “Love from Emily; Emily Dickinson’s Letters”, en Elizabeth Bishop, Poems, Prose, and Letters (New York: The Library of America, 2008), pp. 689-691.

 

 


viernes, 26 de junio de 2026

 

Friedrich Hölderlin


El destino 

(1793-1794)


«Sabios son los que se someten voluntariamente a su destino».
Esquilo.


Cuando de los valles sagrados de la paz,

donde el amor trenzaba coronas de flores,

desapareciera el encanto de la dorada antigüedad,

marchándose más allá, donde los dioses celebraban sus banquetes;

cuando la férrea ley del destino,

la gran maestra, la necesidad,

ordenase a la poderosa estirpe

emprender el largo y amargo combate.


Entonces, saltó él de la cuna materna;

y allí le encontró al bello surco

que conduce a la difícil victoria de su virtud;

él, el hijo de la sagrada naturaleza.

El más alto don de los grandes espíritus,

la fuerza felina de la virtud, emprendió

la victoria, arrebatada a los colosos

por un niño, hijo de los dioses.


El gozo de la dorada cosecha

sólo puede prosperar bajo un sol abrasador;

y sólo en su sangre aprendió

el guerrero a ser libre y orgulloso;

¡Triunfo! Los paraísos desaparecen,

como las llamas del regazo de las nubes,

como astros que brotan del caos, y

surgen los héroes desde las tormentas.


Todo placer ha surgido de la necesidad,

y sólo entre dolores prospera

lo más querido, lo que deleita a mi corazón,

el sublime encanto de la humanidad;

así se alzó, criado por un hondo torrente,

hacia donde ningún ojo mortal divisó,

como florece Chipre orgullosa

entre negras olas.


Unidos por la necesidad juraron

los dióscuros la alianza de muerte,

extasiados dulcemente de sueños juveniles,

y se intercambiaron espadas y lanzas;

con el júbilo en sus corazones se precipitaron

como una pareja de águilas, en el combate,

como los leones su presa, repartieron

los amantes la inmortalidad. –


La necesidad enseña a despreciar los lamentos,

no permite que se consuma la fuerza de la juventud

en la vergüenza y la deshonra,

da valor al pecho, luz al espíritu;

el puño del anciano se rejuvenece de nuevo;

la necesidad viene, como rayo de Dios,

convirtiendo gruesas montañas en polvo

y despliega su curso por encima de gigantes.


Con sus sagradas tormentas

la necesidad se cumple impecable

en un solo gran día,

lo que apenas se lograra con los siglos;

y aun si un Elíseo desapareciese con la tormenta,

y mundos temblasen en su tronar –

lo que grande y divino seguiría existiendo. –


Tú, compañera de juegos de colosos,

sabia y enojosa naturaleza,

lo que un corazón de gigante decidiera

sólo ha de germinar en tu escuela.

Cierto que ha desaparecido Arcadia;

pero el mejor fruto de la vida

florece gracias a ella, la madre de los héroes,

la férrea necesidad. –


Te doy gracias, Perpómene,

por la dorada mañana de mi vida.

Me diste una lira y gratas preocupaciones,

y sueños y lágrimas.

Las llamas y las tormentas cuidaban

el Elíseo de mi juventud,

y la quietud y un silencioso amor reinaban

en el templo de mi corazón.


Que este amor crezca en las llamas del mediodía,

madure en el combate y el dolor,

florezca la ilimitada estirpe

como vástagos de Dios.

Llevado por la tempestad adquiera

mi espíritu el placer más alto de la vida.

Que la placentera victoria de la virtud purifique

mi pecho de las mezquinas alegrías.


Que en lo más sagrado de las tormentas

se caigan los muros de mi prisión;

y ennoblecido y libre peregrine

mi espíritu hacia la tierra desconocida.

Aquí sangra a menudo el esfuerzo del águila,

también allá le aguardan lucha y dolor.

Y que este corazón, nutrido por la victoria,

se abra paso hacia el último de los astros.



(Traducción de Breno Onetto Muñoz, Hölderlin. Revolución y memoria. Santiago de Chile: Be-uve-dráis, 2002, en pp. 49-55)





jueves, 25 de junio de 2026

NOCHE
[Alejandra Pizarnik]

Quoi, toujours? Entre-moi sans cesse et Le bonheur!
G. DE NERVAL

Tal vez esta noche no es noche
debe ser un sol horrendo, o 
o otro, o cualquier cosa...
¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras,
falta candor, falta poesía cuando la sangre llora y llora!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos
decir "buenas noches" a cualquiera
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia, tropezaría
con piedras al azar, como se hace.

Pero hay algo que rompe la piel,
una ciega furia
que corre por mi venas.
¡Quiero salir! Cancerbero del alma:
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Aún quedan ensueños rezagados.

¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.

¡Tanta vida Señor!
¿Para qué tanta vida?