viernes, 10 de julio de 2026

 

Elizabeth  Bishop  

Amor de Emily*

 (Traducción Javier Pavez)

  

“Emily Dickinson’s Letters to Doctor and Mrs. Josiah Gilbert Holland”. Editada por su nieta, Theodora Van Wagenen Ward (Harvard University Press; $4).


En cierto sentido, todas las cartas de Emily Dickinson son “cartas de amor”. Para ella, aparte del amor, humano y divino, poco había que valiera la pena escribir, y, a menudo, ambas parecían fusionarse. La abundancia de detalles –descripciones de la vida cotidiana, ropa, comidas, viajes, etc.– que se encuentra en lo que usualmente se consideran “buenas cartas” juegan un nimio papel en las suyas. En cambio, hay una insistencia constante en la fuerza de sus afectos, un atrevimiento casi pueril y una repetitividad que a veces deben de haber sido muy difíciles de soportar. ¿Es acaso un elogio a su elección de amistades, y a sus propios amigos, que ellos pudieran soportarlo y frecuentemente también apreciarla como poeta? ¿O bien es sólo un homenaje al mal gusto y al extremo sentimentalismo de la época?

 

En cualquier caso, una carta que contiene comentarios tan embarazosos para nosotros como “Me encantaría ser un pájaro o una abeja, cantando o zumbando tal vez aún estaría cerca de ti”, es rescatada en el momento oportuno por una frase como “Si no fuera por la plena luz del día, y la cocina y los gallos, me temo que tendrías la ocasión de sonreír a menudo ante mis cartas, pero tan seguro como que ‘este mortal’ ensaya la inmortalidad, un cuervo de un corral vecino disipa la ilusión, y estoy aquí de nuevo”. En la correspondencia moderna, las expresiones de sentimientos han pasado a la clandestinidad: pero si a veces nos avergüenzan las cartas de Emily Dickinson, nos ahorran el cinismo y el “humor” del escritor-epistolario contemporáneo.

 

 

* * *

Esta colección bellamente editada de noventa y tres cartas escritas al doctor y la señora Holland abarca los últimos treinta y tres años de la vida de Emily Dickinson. El doctor Holland había comenzado su carrera como médico rural bastante renuente, y llegó a convertirse en un ciudadano adinerado, un popular conferenciante, el editor del Springfield Republican y, finalmente, el fundador y editor de Scribner’s Monthly.
Es curioso figurarse que la familia Dickinson leyera el Springfield Republican tan religiosamente como deben de haberlo hecho, por las muchas referencias de soslayo a ello; pero los acontecimientos de actualidad, salvo por ciertas generalizaciones que normalmente se convierten en metáforas, rara vez aparecen en estas cartas de gratitud y devoción. Como en su poesía, Emily Dickinson se interesa en la Geografía (en la que el “Cielo” parece ser uno de los lugares más familiares) y las Estaciones, tanto como en sus propias combinaciones de ambas. “También es noviembre. Las lunas son más lacónicas y los ocasos más severos, y las luces de Gibraltar hacen que el pueblo sea extranjero. Siempre me ha parecido que Noviembre es la Noruega del año”. “Febrero pasó raudo.... Mis flores son cercanas y extranjeras, y no me es preciso más que cruzar el fondo para estar en las Islas de las Especias”. Y en las cartas finales, cuando la señora Holland está de visita en Florida, Emily Dickinson habla de ello como si se tratara del Cielo, del cielo con el que está familiarizada así como se mantiene ignorante de un estado terrenal.
El uso de imágenes hogareñas, y su solidez, recuerdan una y otra vez a George Herbert, y a medida que las cartas se vuelven más breves y epigramáticas, uno recuerda no sólo la poesía de Herbert sino secciones enteras de sus “Outlandish Proverbs”. Y se agradece el carácter de esbozo: es agradable, para variar, conocer a una poeta que nunca sintió la necesidad de disculpas y ensayos, de párrafos largos, ni siquiera de frases prolongadas. Con todo, estas cartas no carecen de estructura y fuerza. Es el esbozo de la araña de agua que se aferra tenazmente a su posición corriente arriba por medio de las más tenues ondulaciones, mientras nos hace caer en cuenta de la corriente de la muerte y de la oscuridad que hay debajo.
El cuidadoso estudio de la cambiante escritura a mano de Emily Dickinson, apéndice de este volumen, confirma pictóricamente esta imagen. Entre otras ilustraciones, hay una encantadora fotografía de Lavinia Dickinson, riendo y sosteniendo uno de sus innumerables gatos que parecen haber sido una prueba para su adorada hermana. Veintinueve de las cartas se incluyeron en la edición más reciente de Letters of Emily Dickinson, volumen editado por Mabel Loomis Todd, con una introducción de Mark Van Doren (World; $3.75). La señora Holland murió creyendo que todas las demás se habían perdido, pero ahora se han encontrado unas sesenta más y es posible que otras puedan aún salir a la luz.

 

1951.

 

Notas

* “Love from Emily; Emily Dickinson’s Letters”, en Elizabeth Bishop, Poems, Prose, and Letters (New York: The Library of America, 2008), pp. 689-691.

 

 


viernes, 26 de junio de 2026

 

Friedrich Hölderlin


El destino 

(1793-1794)


«Sabios son los que se someten voluntariamente a su destino».
Esquilo.


Cuando de los valles sagrados de la paz,

donde el amor trenzaba coronas de flores,

desapareciera el encanto de la dorada antigüedad,

marchándose más allá, donde los dioses celebraban sus banquetes;

cuando la férrea ley del destino,

la gran maestra, la necesidad,

ordenase a la poderosa estirpe

emprender el largo y amargo combate.


Entonces, saltó él de la cuna materna;

y allí le encontró al bello surco

que conduce a la difícil victoria de su virtud;

él, el hijo de la sagrada naturaleza.

El más alto don de los grandes espíritus,

la fuerza felina de la virtud, emprendió

la victoria, arrebatada a los colosos

por un niño, hijo de los dioses.


El gozo de la dorada cosecha

sólo puede prosperar bajo un sol abrasador;

y sólo en su sangre aprendió

el guerrero a ser libre y orgulloso;

¡Triunfo! Los paraísos desaparecen,

como las llamas del regazo de las nubes,

como astros que brotan del caos, y

surgen los héroes desde las tormentas.


Todo placer ha surgido de la necesidad,

y sólo entre dolores prospera

lo más querido, lo que deleita a mi corazón,

el sublime encanto de la humanidad;

así se alzó, criado por un hondo torrente,

hacia donde ningún ojo mortal divisó,

como florece Chipre orgullosa

entre negras olas.


Unidos por la necesidad juraron

los dióscuros la alianza de muerte,

extasiados dulcemente de sueños juveniles,

y se intercambiaron espadas y lanzas;

con el júbilo en sus corazones se precipitaron

como una pareja de águilas, en el combate,

como los leones su presa, repartieron

los amantes la inmortalidad. –


La necesidad enseña a despreciar los lamentos,

no permite que se consuma la fuerza de la juventud

en la vergüenza y la deshonra,

da valor al pecho, luz al espíritu;

el puño del anciano se rejuvenece de nuevo;

la necesidad viene, como rayo de Dios,

convirtiendo gruesas montañas en polvo

y despliega su curso por encima de gigantes.


Con sus sagradas tormentas

la necesidad se cumple impecable

en un solo gran día,

lo que apenas se lograra con los siglos;

y aun si un Elíseo desapareciese con la tormenta,

y mundos temblasen en su tronar –

lo que grande y divino seguiría existiendo. –


Tú, compañera de juegos de colosos,

sabia y enojosa naturaleza,

lo que un corazón de gigante decidiera

sólo ha de germinar en tu escuela.

Cierto que ha desaparecido Arcadia;

pero el mejor fruto de la vida

florece gracias a ella, la madre de los héroes,

la férrea necesidad. –


Te doy gracias, Perpómene,

por la dorada mañana de mi vida.

Me diste una lira y gratas preocupaciones,

y sueños y lágrimas.

Las llamas y las tormentas cuidaban

el Elíseo de mi juventud,

y la quietud y un silencioso amor reinaban

en el templo de mi corazón.


Que este amor crezca en las llamas del mediodía,

madure en el combate y el dolor,

florezca la ilimitada estirpe

como vástagos de Dios.

Llevado por la tempestad adquiera

mi espíritu el placer más alto de la vida.

Que la placentera victoria de la virtud purifique

mi pecho de las mezquinas alegrías.


Que en lo más sagrado de las tormentas

se caigan los muros de mi prisión;

y ennoblecido y libre peregrine

mi espíritu hacia la tierra desconocida.

Aquí sangra a menudo el esfuerzo del águila,

también allá le aguardan lucha y dolor.

Y que este corazón, nutrido por la victoria,

se abra paso hacia el último de los astros.



(Traducción de Breno Onetto Muñoz, Hölderlin. Revolución y memoria. Santiago de Chile: Be-uve-dráis, 2002, en pp. 49-55)





jueves, 25 de junio de 2026

NOCHE
[Alejandra Pizarnik]

Quoi, toujours? Entre-moi sans cesse et Le bonheur!
G. DE NERVAL

Tal vez esta noche no es noche
debe ser un sol horrendo, o 
o otro, o cualquier cosa...
¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras,
falta candor, falta poesía cuando la sangre llora y llora!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos
decir "buenas noches" a cualquiera
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia, tropezaría
con piedras al azar, como se hace.

Pero hay algo que rompe la piel,
una ciega furia
que corre por mi venas.
¡Quiero salir! Cancerbero del alma:
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Aún quedan ensueños rezagados.

¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.

¡Tanta vida Señor!
¿Para qué tanta vida? 

jueves, 24 de febrero de 2022

 

Lo incomprensible
 
César Aira

 
Primero está la lengua que uno habla, la lengua universal y perfecta con la que puede hacerse entender, y realmente lo entienden, porque todavía no hay extraños. Es el estadio infantil del lenguaje, y del mundo al mismo tiempo; dentro de ese mundo transparente la comunicación tiene un máximo de eficacia, al precio de ser un mundo unipersonal. La infancia es siempre la infancia de un solo niño. Para que haya otro, debe haber una triangulación con un adulto, o con el tiempo. No es un mundo pequeño, porque es todo el mundo. Sus dimensiones están neutralizadas, porque no hay perspectiva con la que medirlas. Es un mundo totalmente lleno de lenguaje; no quedan vacíos con los que crear una perspectiva y dar una explicación. Al niño no se le ocurre que puedan no entenderlo porque su mundo está ocupado por él mismo, y esa ocupación es su lengua.
Hay poetas que han hecho de esta situación su estilo, poetas oscuros, pero que son oscuros por exceso de claridad. Es lo que dice Chesterton en el libro que le dedicó al más oscuro de los poetas ingleses. Browning, dice Chesterton, es oscuro porque lo que quiere decir lo tiene tan claro que no ve razones para explicarlo. La exégesis de cada verso de Browning sería una de esas anécdotas que tienen los padres sobre las expresiones de sus hijos pequeños, en las que hay que contar una larga historia de microscopías domésticas para que asome al fin el sentido, como un risueño parto de los montes.
En 1840, cuando se publicó el primer poema de Browning, Sordello, provocó una enorme conmoción entre los lectores, porque se resistía no ya a la interpretación sino a la comprensión más elemental. Era como si estuviera en chino, y todos querían leerlo, todos se precipitaban a las librerías a comprarlo, entusiasmo que no habría despertado un libro realmente escrito en chino. Una de las historias que quedaron registradas de esa temporada, no sé si veraz (y no sé si la recuerdo bien), dice que un señor enfermo, en su lecho de muerte, gran lector toda su vida, se enteró de la aparición de Sordello y de su fama de incomprensible, y mostró el más vehemente deseo de conocerlo. Un pariente bienintencionado fue a comprarlo, y se lo leyeron. Sus últimas palabras (pues expiró inmediatamente después de terminada la lectura) fueron: «No entendí nada, ¡pero nada!». Es materia de especulación si murió desesperado o, precisamente al revés, esperanzado. Quizá quiso decir: «¡Por fin no entendí algo!». Porque entender puede ser una condena. Y no entender, la puerta que se abre.
John Cage, en una rememoración de sus lecturas juveniles, decía que había una clave muy simple para saber qué le gustaba y qué no: le gustaba lo que no entendía. Si lo entendía, lo abandonaba desilusionado. Puede parecer una provocación más, pero creo que todos hemos tenido la misma experiencia, y algunos seguimos teniéndola. Al menos podemos reconocerla los que tuvimos la fortuna de ser niños antes de que existiera la nefasta literatura infantil, y las novelas de Dickens o Julio Verne venían en traducciones castizas llenas de palabras incomprensibles que eran otras tantas puertas abiertas a lo desconocido. Y cuando se trataba de novelas de piratas (las de Salgari, mis favoritas), con su vocabulario náutico, directamente era chino, ese chino castellano, placer puro de lector, como debió de serlo el chino inglés de Sordello.
Proust dijo, inolvidablemente: «Los libros que amamos parecen escritos en una lengua extranjera». Nada más cierto. Y además, entra en la lógica del arte, si es verdad, como creo que lo es, que la primera función del arte es extrañar, romper los hábitos de la percepción y volver nuevo lo viejo. El lenguaje envejece rápido en nosotros, y los escritores que amamos nos lo renuevan. Por eso los amamos. A esta lengua extranjera dentro de la lengua materna se la llama generalmente «estilo».
Yo al estilo lo he llamado el «mito personal» del escritor, porque creo que termina abarcándolo todo, la vida y la obra, en un continuo incesante. El resultado último de la contemplación de este continuo es la transparencia. Todo escritor va hacia la claridad perfecta, pero el camino es un rodeo por lo incomprensible. Si va a lo claro por el camino de lo claro, suele quedarse en lo obvio, que es la forma más derrotista de la melancolía en literatura. El escritor hace un largo y tortuoso paseo por las sombras antes de llegar a la luz; y la claridad final queda impregnada de incomprensible, como las blancuras de neón del paraíso dantesco han quedado marcadas por las espirales tenebrosas de las cavernas del infierno. La claridad definitiva de la obra triunfante vuelve a ser oscura, más oscura cuanto más clara, y eso asegura la eterna juventud de la obra de arte.
La frase de Proust tiene una maravillosa realización en los países hispanoamericanos. Si algo tuvo de bueno nuestra balcanización, fue generar veinte o treinta lenguas extranjeras dentro de la misma lengua. Los libros cubanos que amamos los argentinos parecen escritos en una lengua extranjera; claro que para el buen lector argentino, Borges también parece escrito en una lengua extranjera. El continente, sus distancias y sus historias, reduplica el trabajo del escritor individual, y el continente mismo se vuelve escritor, su lengua igual y diferente se vuelve literatura readymade.
El tesoro acumulado de la literatura hispanoamericana es la gran piedra Rosetta de esta situación paradojal de extranjeros que hablan la misma lengua. Pero una piedra Rosetta al revés: sirve para destraducir. Porque efectivamente podemos sentir la tentación de creer que es realmente la misma lengua, que cubanos y argentinos decimos lo mismo cuando pronunciamos las mismas palabras. Una jactancia perfectamente antihistórica, sobre todo en estos tiempos de decadencia del sentimiento histórico, puede llevarnos a esta ilusión. Y ahí interviene la literatura, para reponer lo incomprensible en su lugar. Lo hace cada vez que empezamos a entender demasiado.
Pues bien, volvamos al principio. El niño habla la lengua universal, y despliega en sus juegos la dialéctica de lo comprensible y lo incomprensible, cuya síntesis es la literatura. El problema es que no se puede vivir siempre en la infancia. Es lo que pasó en la China (para volver una vez más a la China, si es que acaso salimos de ella) en el siglo V antes de Cristo. El taoísmo es muy gratificante, con sus absurdos iluminadores, sus alquimias de cuentos de hadas y sus felices anarquías; pero tarde o temprano hay que recurrir a Confucio, si queremos que la sociedad siga funcionando. Y el sistema de Confucio se basa en lo que los traductores (del chino) llaman «la rectificación de los vocablos», principio y fin de una política que sea de veras política. El éxito del sabio confuciano, y del político en general, se mide por el quantum de claridad que puede infundir a la comunicación que cohesiona a la sociedad.
Rectificar los vocablos significa, en lenguaje más actual, ponernos de acuerdo en las definiciones. Es una vieja utopía, y sigue siendo de las más visitadas, por portátil y autocontenida. Por algún motivo, sin embargo, es tan irrealizable como todas las otras. Taoísmo y confucianismo, por otros nombres literatura y política, siguen enfrentados e inconciliables, y ni siquiera en las definiciones de sus nombres hemos podido ponernos de acuerdo.
Esto creo que se debe a que la claridad solo se puede infundir de afuera hacia adentro. El político empieza rectificando los vocablos del Estado, imponiendo las grandes definiciones con las que podrá entenderse la comunidad, y a partir de ahí no puede avanzar sino en una única dirección: hacia adentro, con rumbo a las clases, a los grupos, a las familias, al individuo, hasta llegar a la nuez secreta de la conciencia del individuo. Y cuando su tarea ha terminado, cuando ha logrado que reine la claridad hasta en los más íntimos sueños de cada ciudadano, no ha hecho más que plantar la semilla para que empiece un movimiento contrario, de adentro hacia afuera, movimiento del que la literatura es a la vez el modelo y la realización.
A esta altura, la dialéctica de lo comprensible y lo incomprensible se transforma en la dialéctica del sobreentendido y el malentendido. Los dos movimientos son simultáneos, y sus superposiciones dibujan la historia de los libros que amamos. Dentro de una comunidad histórica, un libro es forzosamente sobreentendido, porque el movimiento centrípeto hacia la claridad hace que a ese libro lo estén escribiendo sus primeros lectores, los que viven en el barrio del autor, y ellos no pueden interpretarlo de otro modo que como un esfuerzo extra por aportar luz a la comunicación. Hasta ahí, entendemos demasiado, y el libro se balancea peligrosamente en el abismo de lo obvio. Tenemos la desgracia de compartir sus condiciones de producción. (Digamos entre paréntesis que hasta aquí llega toda la literatura comercial; y yo diría más aún: que éste es el horizonte de toda la cultura popular, su condena a redundancia perpetua.)
Pero con los libros que amamos se inicia de inmediato una creación de distancias. Por lo pronto, empieza a pasar el tiempo, eso es inevitable, y esa distancia no dejará de crecer. Y además, los libros se desplazan en el espacio, salen del barrio, de la ciudad, de la sociedad que los produjo, van a parar a otras lenguas, a otros mundos, en un viaje sin fin hacia lo incomprensible.
El barco que los transporta es el malentendido. Para un argentino, pensar que un cubano crea entender a Borges o a Arlt suena tan irrisorio como debe sonar para un cubano la pretensión de un argentino de entender a Lezama Lima. Despojados de sobreentendidos, a los libros solo se los puede amar. La frase «amar por las razones equivocadas» es lo que los lógicos llaman «una proposición carente de sentido», cualquiera que haya amado lo sabe.
En ese barco van de contrabando las grandes definiciones confucianas: por no dar más de un ejemplo, que como todo ejemplo en realidad no es un ejemplo sino la cosa misma de la que estoy hablando, la definición de «civilización y barbarie», que solo pudo ser entendida planamente, es decir sobreentendida, el día y la hora en que se la acuñó por primera vez, y un minuto más tarde se internó en el más intrincado mar de malentendidos, bajo la forma de interpretaciones, actualizaciones, contextualizaciones, cada una de ellas sobreentendida por un instante, antes de emprender su propia travesía.
El revisionismo suele no ser más que redefinición o transvaloración de palabras.
Sea como sea, al final el malentendido triunfa. Esta es la lección última, y también es una lección de Proust. Está, si no me equivoco, en el segundo tomo de la Recherche, cuando, en el balneario donde veranea el narrador con su abuela, aparece una señora, la princesa de Luxemburgo, cuyos atuendos llamativos les hacen pensar a las burguesas del Gran Hotel que se trata de una prostituta que usa el título como nom de guerre. Sucede que la señora es en realidad la princesa de Luxemburgo, pero eso ya no tiene importancia. Proust comenta: «Pasó todo el verano, y el malentendido no se disipó, como habría hecho en el cuarto acto de un vaudeville».
Cuando yo leí esto, a los quince años, mi vida cambió. Un velo cayó en mis ojos, para siempre. La realidad no tiene cuarto acto. No tiene desenlace. El malentendido no se resuelve jamás. No se resuelve porque no es ése su destino. Para resolverlo habría que volver atrás, rebobinar, y ya se sabe que fuera de la ficción no se vuelve al pasado. El destino del malentendido es justamente el contrario: hacer avanzar el tiempo, engendrar más malentendidos, multiplicarlos y hacerlos más eficaces, hacer de ellos verdades que sirvan para vivir y crear. El niño vive en el sobreentendido; el adulto en el malentendido. Pero debería haber algo más que esos dos viejos estadios biológicos y sociales. Quizás lo hay, y en ese caso yo le daría por nombre «lo nuevo». O por el momento, lo incomprensible.

 

martes, 14 de diciembre de 2021

Jacques Derrida, Soberanía y derecho internacional

 

Soberanía y derecho internacional

Jacques Derrida

Filósofo francés; autor -entre sus publicaciones más recientes traducidas al español- de: Espectros de Marx (1995), Mal de archivo (1997), Políticas de la amistad (1998) y Ecografías de la televisión (1998).

 

POSICIÓN Y OPOSICIÓN

¿Quién pretendería (¡y en dos páginas!) trazar la genealogía de esta oposición, “derecha/izquierda”, y la historia de lo que ha podido significar, desde la Revolución Francesa, más allá de alguna circunstancia olvidada de la topología parlamentaria, una “oposición” política, toda oposición, el principio mismo de una oposición, es decir, de una posición, en régimen republicano y en democracia? ¿Puede haber política sin posición, sin guerra de posiciones, sin dialéctica?

Tomo entonces el riesgo, solamente por hoy, de dirigir a mis amigos chilenos tres suposiciones y una lista no cerrada de proposiciones.

 

SUPOSICIONES

 

1) Primeramente inscrita en un concepto de lo político ya desligado de la politeia griega y ya inseparable de la proto-forma “partido” en su representación parlamentaria, esta oposición “derecha/izquierda” ha acumulado desde entonces, pero de manera acelerada después de las dos últimas guerras mundiales y de la “guerra fría”, los efectos de un terremoto generalizado. Terremoto que amenaza siempre con hacerle perder sus fundaciones más seguras. Terremoto porque se trata de tierra humana y del mundo de la mundialización más allá de lo humano, terremoto finalmente porque desestabiliza el territorio mismo, el suelo, la localización terrestre que hasta ahora enraizaba lo político (la polis, la ciudad, el Estado-nación) en un topos nacional y le daba así a la soberanía su lugar y su razón de ser: su acontecimiento y su justificación, su hecho y su derecho.

Por encima o a través de las estructuras de partido, más allá de su representación electoral y sobre todo más allá de los límites de la soberanía del Estado-nación, y por lo tanto de la soberanía del ciudadano como tal, el sismo ha afectado todas las apuestas (políticas, económicas, jurídicas, tecno-científicas) en las cuales esta oposición se reconocía o adquiría sentido. Este sismo afectó todo lo que regía los enfrentamientos, las estrategias, pero también las alianzas, las alternancias, las contaminaciones y combinatorias que, hasta ahora, al menos parecían funcionar entre lo que se llamaba apaciblemente la derecha y la izquierda.

2) Ser de derecha o ser de izquierda son, sin embargo, expresiones que continúan, pese a este sismo, marcando una referencia legítima a un modo histórico de existencia, a un compromiso ético-político, a una topología, a un auto- o hetero-posicionamiento del sujeto soberano (ciudadano o no). Este modo de ser, esta posición de existencia no se agota en la secuencia que finaliza. El ser-de-izquierda o el ser-de-derecha sigue intentando justificarse en un nuevo juego histórico y mundial de lo político, es decir, interpretar (teóricamente y prácticamente) el origen y el sentido del sismo en curso. Podemos seguir queriendo ser de izquierda o ser de derecha allí donde las mutaciones topolitológicas de la soberanía que acabamos de evocar han radicalmente desplazado, al menos en apariencia, los datos y las condiciones de esta alternativa. 

3) Por consiguiente, esta “oposición” está llamada a perdurar. Tiene la vocación de sobrevivir al mencionado sismo. Esta oposición compromete ya, describe un compromiso a encontrar en la herencia del frente tradicional (orden/progreso, orden/justicia, tradición/invención, conservación/ cambio, propiedad/justicia social, capital/trabajo, etc.: serie grosera, por definición discutida de ambos lados y sin clausura posible). Esta oposición nos compromete a salvar el principio de una memoria o de una fidelidad, a reafirmarlas en una situación fundamentalmente nueva, allí donde lo “político” mismo ha cambiado radicalmente de sentido.

He aquí entonces una paradoja entre otras: existe una tradición del ser-de-izquierda que debe ser protegida fielmente. El ser-de-izquierda tiende a conservarse. Y es en nombre de estos ideales y de estas figuras pasadas de la izquierda que buscaremos inventar una “política de izquierda” que esté a la medida del “sismo”, de su interpretación y de los nuevos compromisos a los que llama. Otra manera de decir de antemano que si ser de izquierda es, entonces, aceptar o re-afirmar el cambio, el porvenir, el acontecimiento, la diferencia o la alteridad de lo que viene, no cerrar los ojos, no negar la novedad inaudita de lo que llega, es también intentar ajustar, justamente, de manera tan justa como sea posible, otra política pero primero un otro concepto de lo político. Ser de derecha, sería, al contrario, negar el sismo o contentarse con reconocer y seleccionar en él únicamente aquello que recuerda o reproduce el pasado (el viejo concepto de lo “político”, todo lo que depende del modelo antiguo de la soberanía Estado-nación, la ciudadanía nacional, las fronteras, la sangre y el suelo, el derecho de propiedad y la ley del capital, la ley del “mercado”, la hegemonía del derecho nacional e internacional de la tradición europea, etc.).

  

PROPOSICIONES

Si ser de izquierda consiste en no enceguecerse respecto de la mutación en curso y reafirmar en ella aquello que amenaza con afectar el sentido mismo de lo político, entonces, varias consecuencias son derivables:

1) habría que pensar y luego poner en obra las condiciones de una democracia futura por encima de la ciudadanía. No negar ni destruir la ciudadanía cuyo valor permanece –los que se encuentran privados de este derecho deben legítimamente luchar para conquistarlo–, pero actuar en vista a una internacional (alianza, hospitalidad, solidaridad) más que cosmopolítica, si por “cosmopolítica” entendemos un orden regulado por la pertenencia del ciudadano a un Estado-nación (cf. Kant).[1]
 

2) debería tomarse en cuenta la transformación de las leyes del capital y del mercado, de las nuevas hegemonías (u homo-hegemonizaciones) que se dibujan en ella (a veces en ayuda y beneficio de algunos grandes Estados soberanos y muy poderosos, a veces en su desmedro y en provecho de nuevos poderes internacionales a los que un poder de Estado puede aún y a veces útilmente resistir). Debería ajustarse a ella una nueva forma de acción política y de solidaridad internacional sin  demagogia ni encantación mágica. 

3) deberíamos, sobre todo:

a. luchar por la transformación efectiva del derecho internacional y de las instituciones que lo representan; 

b. “deconstruir” la filiación de sus conceptos, el origen de su poder y de sus modos de organización o de intervención, sea que se trate de instituciones gubernamentales o no gubernamentales, políticas, económicas o monetarias;

c. favorecer la reflexión crítica y el compromiso militante en favor de todo aquello que concierne los nuevos conceptos del derecho internacional en el enigma de su historia reciente (crimen contra la humanidad, genocidio, nuevos derechos del hombre-y de la mujer, instalación y confirmación del nuevo Tribunal Penal Internacional y de toda instancia análoga, suspensión de la inmunidad nacional frente a ese tipo de Corte y de recursos (por ejemplo, el caso Pinochet que, pese a su fracaso, continuará señalando la buena vía a seguir), etc.; 

d. no descuidar todo lo que sigue constriñendo, limitando o determinando el nuevo derecho internacional (el capital, el concepto teológico de la soberanía del Estado-nación, etc.) pero, a la vez, afirmar o exigir la conquista de la necesaria autonomía de ese derecho (¡tarea infinita!);

e. reafirmar los “derechos del hombre” y la historia abierta de su perfectibilidad sin abstenerse de las preguntas radicales sobre lo que se supone constituye la humanidad del hombre. Inmensa pregunta de lo que se llama lo animal (¡chocante singular plural ¡ Nunca hubo “lo animal”, proyección oscurantista de un humanismo metafísico y violento, sino los animales. Me atrevería a decir que ser de izquierda hoy, es también replantear radicalmente y prácticamente la pregunta de los humanos y de los animales. Y del trato de éstos por aquéllos). 

Ya me pasé de las dos páginas acordadas, y la lista de las proposiciones está muy lejos de haberse cerrado. ¿Me atreveré a declarar que bastaría con desarrollar la lógica interna o implícita de estas proposiciones y, sobre todo, con deconstruir, en su origen teológico e incluso en su descendencia democrático-humanista, con todas sus implicaciones y consecuencias, el motivo de la soberanía?

La tarea es difícil, casi imposible o impensable. Se trata así de inventar una política, un sentido de lo político que, afirmándose más allá de la posición, más allá de la auto-posición soberana, más allá de la oposición derecha/izquierda (la afirmación no es positiva, afirmar, decir sí, no es marcar posición), siga negociando y continúe pese a todo trabajando en una nueva posición de izquierda (ver más arriba), en una otra estrategia postsísmica, sobre lo que sigue siendo un frente y en todo lo que todavía queda de político en el sentido tradicional. Negociación entre lo que no es aún político (politizado, politizable, lo que parece transpolítico) y lo que es ya político.

Más allá de la posición, más allá de la oposición (izquierda/derecha), a través de ella, me atrevería a decir que esta afirmación no dialéctica es –todavía, ya– de izquierda. En esta transacción política, ella se coloca más bien a la izquierda que a la derecha. En tal sentido, la izquierda no es, no debería ser solamente una categoría “política” en el sentido tradicional del término. Pero, o bien entonces, sólo hay por-venir a la izquierda. 

 

Jacques Derrida, “Soberanía y derecho internacional”, trad. Nelly Richard, en Revista de crítica cultural, n° 20, Dossier “Ser de derecha, ser de izquierda”, 2000, pp. 34-35.

 



[1] Me permito remitirles aquí a L’autre cap (París, Editions de Minuit, 1991); Spectres de Marx (París, Galilée, 1993), Politiques de l’amitié (París, 1994) y Cosmopolites de tous les pays, encore un effort! (París, Galilée et Parlament International de Ecrivains, 1997).