Soberanía
y derecho internacional
Jacques Derrida
Filósofo
francés; autor -entre sus publicaciones más recientes traducidas al español-
de: Espectros de Marx (1995), Mal de archivo (1997), Políticas de la amistad (1998) y Ecografías de la televisión (1998).
POSICIÓN
Y OPOSICIÓN
¿Quién pretendería (¡y en dos páginas!) trazar
la genealogía de esta oposición, “derecha/izquierda”, y la historia de lo que
ha podido significar, desde la Revolución Francesa, más allá de alguna
circunstancia olvidada de la topología parlamentaria, una “oposición” política,
toda oposición, el principio mismo de una oposición, es decir, de una posición,
en régimen republicano y en democracia? ¿Puede haber política sin posición, sin
guerra de posiciones, sin dialéctica?
Tomo entonces el riesgo, solamente por hoy, de
dirigir a mis amigos chilenos tres suposiciones y una lista no cerrada de
proposiciones.
SUPOSICIONES
1) Primeramente inscrita en un concepto de lo
político ya desligado de la politeia
griega y ya inseparable de la proto-forma “partido” en su representación
parlamentaria, esta oposición “derecha/izquierda” ha acumulado desde entonces,
pero de manera acelerada después de las dos últimas guerras mundiales y de la
“guerra fría”, los efectos de un terremoto
generalizado. Terremoto que amenaza siempre con hacerle perder sus fundaciones más seguras. Terremoto
porque se trata de tierra humana y
del mundo de la mundialización más allá de lo humano, terremoto finalmente
porque desestabiliza el territorio
mismo, el suelo, la localización terrestre que hasta ahora enraizaba lo político
(la polis, la ciudad, el
Estado-nación) en un topos nacional y
le daba así a la soberanía su lugar y su razón de ser: su acontecimiento y su
justificación, su hecho y su derecho.
Por encima o a través de las estructuras de
partido, más allá de su representación electoral y sobre todo más allá de los
límites de la soberanía del Estado-nación, y por lo tanto de la soberanía del ciudadano como tal, el sismo ha afectado
todas las apuestas (políticas, económicas, jurídicas, tecno-científicas) en las
cuales esta oposición se reconocía o adquiría sentido. Este sismo afectó todo
lo que regía los enfrentamientos, las estrategias, pero también las alianzas,
las alternancias, las contaminaciones y combinatorias que, hasta ahora, al
menos parecían funcionar entre lo que se llamaba apaciblemente la derecha y la izquierda.
2) Ser
de derecha o ser de izquierda son,
sin embargo, expresiones que continúan, pese a este sismo, marcando una
referencia legítima a un modo histórico
de existencia, a un compromiso ético-político, a una topología, a un auto- o hetero-posicionamiento del
sujeto soberano (ciudadano o no). Este modo de ser, esta posición de existencia no se agota en la secuencia que finaliza. El
ser-de-izquierda o el ser-de-derecha sigue intentando justificarse en un nuevo
juego histórico y mundial de lo político, es decir, interpretar (teóricamente y
prácticamente) el origen y el sentido del sismo en curso. Podemos seguir
queriendo ser de izquierda o ser de derecha allí donde las mutaciones
topolitológicas de la soberanía que acabamos de evocar han radicalmente
desplazado, al menos en apariencia, los datos y las condiciones de esta
alternativa.
3) Por consiguiente, esta “oposición” está
llamada a perdurar. Tiene la vocación de sobrevivir al mencionado sismo. Esta
oposición compromete ya, describe un compromiso a encontrar en la herencia del frente tradicional (orden/progreso,
orden/justicia, tradición/invención, conservación/ cambio, propiedad/justicia
social, capital/trabajo, etc.: serie grosera, por definición discutida de ambos
lados y sin clausura posible). Esta oposición nos compromete a salvar el
principio de una memoria o de una fidelidad, a reafirmarlas en una situación
fundamentalmente nueva, allí donde lo “político” mismo ha cambiado radicalmente
de sentido.
He aquí entonces una paradoja entre otras:
existe una tradición del
ser-de-izquierda que debe ser protegida fielmente. El ser-de-izquierda tiende a
conservarse. Y es en nombre de estos ideales y de estas figuras pasadas de la
izquierda que buscaremos inventar una “política de izquierda” que esté a la
medida del “sismo”, de su interpretación y de los nuevos compromisos a los que
llama. Otra manera de decir de antemano que si ser de izquierda es, entonces,
aceptar o re-afirmar el cambio, el porvenir, el acontecimiento, la diferencia o
la alteridad de lo que viene, no cerrar los ojos, no negar la novedad inaudita
de lo que llega, es también intentar ajustar, justamente, de manera tan justa
como sea posible, otra política pero primero un otro concepto de lo político.
Ser de derecha, sería, al contrario, negar
el sismo o contentarse con reconocer y seleccionar en él únicamente aquello que
recuerda o reproduce el pasado (el viejo concepto de lo “político”, todo lo que
depende del modelo antiguo de la soberanía Estado-nación, la ciudadanía
nacional, las fronteras, la sangre y el suelo, el derecho de propiedad y la ley
del capital, la ley del “mercado”, la hegemonía del derecho nacional e
internacional de la tradición europea, etc.).
PROPOSICIONES
Si ser de izquierda consiste en no enceguecerse
respecto de la mutación en curso y reafirmar en ella aquello que amenaza con
afectar el sentido mismo de lo político, entonces, varias consecuencias son
derivables:
1) habría que pensar y luego poner en obra las condiciones de una democracia
futura por encima de la ciudadanía. No negar ni destruir la ciudadanía cuyo
valor permanece –los que se encuentran privados de este derecho deben
legítimamente luchar para conquistarlo–, pero actuar en vista a una
internacional (alianza, hospitalidad, solidaridad) más que cosmopolítica, si
por “cosmopolítica” entendemos un orden regulado por la pertenencia del
ciudadano a un Estado-nación (cf. Kant).
2) debería tomarse en cuenta la transformación
de las leyes del capital y del mercado, de las nuevas hegemonías (u
homo-hegemonizaciones) que se dibujan en ella (a veces en ayuda y beneficio de
algunos grandes Estados soberanos y muy poderosos, a veces en su desmedro y en
provecho de nuevos poderes internacionales a los que un poder de Estado puede
aún y a veces útilmente resistir). Debería ajustarse a ella una nueva forma de
acción política y de solidaridad internacional sin demagogia ni encantación mágica.
3) deberíamos, sobre todo:
a. luchar por la transformación efectiva del derecho
internacional y de las instituciones que lo representan;
b. “deconstruir” la filiación de sus conceptos,
el origen de su poder y de sus modos de organización o de intervención, sea que
se trate de instituciones gubernamentales o no gubernamentales, políticas,
económicas o monetarias;
c. favorecer la reflexión crítica y el
compromiso militante en favor de todo aquello que concierne los nuevos
conceptos del derecho internacional en el enigma de su historia reciente
(crimen contra la humanidad, genocidio, nuevos derechos del hombre-y de la mujer, instalación y
confirmación del nuevo Tribunal Penal Internacional y de toda instancia
análoga, suspensión de la inmunidad nacional frente a ese tipo de Corte y de
recursos (por ejemplo, el caso Pinochet que, pese a su fracaso, continuará
señalando la buena vía a seguir), etc.;
d. no descuidar todo lo que sigue constriñendo,
limitando o determinando el nuevo derecho internacional (el capital, el
concepto teológico de la soberanía del Estado-nación, etc.) pero, a la vez,
afirmar o exigir la conquista de la necesaria autonomía de ese derecho (¡tarea
infinita!);
e. reafirmar los “derechos del hombre” y la
historia abierta de su perfectibilidad sin abstenerse de las preguntas
radicales sobre lo que se supone constituye la humanidad del hombre. Inmensa
pregunta de lo que se llama lo animal (¡chocante singular plural ¡ Nunca hubo
“lo animal”, proyección oscurantista de un humanismo metafísico y violento,
sino los animales. Me atrevería a
decir que ser de izquierda hoy, es también replantear radicalmente y
prácticamente la pregunta de los humanos y de los animales. Y del trato de
éstos por aquéllos).
Ya me pasé de las dos páginas acordadas, y la
lista de las proposiciones está muy lejos de haberse cerrado. ¿Me atreveré a
declarar que bastaría con desarrollar la lógica interna o implícita de estas
proposiciones y, sobre todo, con deconstruir, en su origen teológico e incluso
en su descendencia democrático-humanista, con todas sus implicaciones y
consecuencias, el motivo de la soberanía?
La tarea es difícil, casi imposible o
impensable. Se trata así de inventar una
política, un sentido de lo político que, afirmándose más allá de la posición, más allá de la auto-posición
soberana, más allá de la oposición derecha/izquierda (la afirmación no es positiva,
afirmar, decir sí, no es marcar posición), siga negociando
y continúe pese a todo trabajando en una nueva posición de izquierda (ver
más arriba), en una otra estrategia postsísmica, sobre lo que sigue siendo un frente
y en todo lo que todavía
queda de político en el sentido tradicional. Negociación entre lo que no es aún
político (politizado, politizable, lo que parece transpolítico) y lo que es ya
político.
Más allá de la posición, más allá de la
oposición (izquierda/derecha), a través de ella, me atrevería a decir que esta
afirmación no dialéctica es –todavía, ya– de izquierda. En esta transacción
política, ella se coloca más bien a la izquierda que a la derecha. En tal
sentido, la izquierda no es, no debería ser solamente una categoría “política”
en el sentido tradicional del término. Pero, o bien entonces, sólo hay
por-venir a la izquierda.
Jacques Derrida, “Soberanía y derecho
internacional”, trad. Nelly Richard, en Revista
de crítica cultural, n° 20, Dossier “Ser de derecha, ser de izquierda”,
2000, pp. 34-35.